La demorada igualdad, que junto a la fraternidad y libertad es lema oficial de la República de Haití y de su histórica colonizadora y opresora consuetudinaria, la francesa (desde la segunda República en 1848, aunque provenga de la propia revolución de 1789) recién comienza a ser recuperada como ideario en estas últimas décadas, no sin luchas y sangre desde los mismos orígenes, como lo atestigua la biografía de Olimpia de Gouges, guillotinada en 1793 por haber redactado dos años antes la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”, parafraseando el texto fundamental de la revolución francesa de 1789, antecedente inaugural de la actual concepción de los derechos humanos, la “Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano”.
Tuve ocasión de escribir en años previos sobre el chantaje tácito y explícito del capital y el Estado para el desarrollo de la huelga convocada, cosa nada sorprendente. Pero sí merece triste asombro que no sean las centrales sindicales las que la convoquen y defiendan, no sólo de mujeres asalariadas sino de todos los trabajadores de todos los géneros (razones literarias me impiden utilizar, salvo en el título, el llamado lenguaje inclusivo). Me refiero a una huelga general, recordando además el origen de la conmemoración en la cruenta incineración de 140 trabajadoras textiles de Nueva York en 1911. Cuando el internacionalismo proletario parece ya ser objeto exclusivo de investigación historiográfica, el feminismo viene hoy a derribar las aduanas ideológicas nacionales y recordarnos que, además de la igualdad, la fraternidad forma parte del ideario (tan sólo consecuentemente burgués).
El llamamiento a una huelga (que varios creíamos originada en una propuesta de las españolas, pero que un reciente artículo de Justa Montero, de la coordinadora estatal de organizaciones feministas de España, atribuye a Argentina, donde el feminismo carece paradójicamente de vinculación militante por insignificancia de las izquierdas) resulta un salto cualitativo relevante. Sin excluir la dimensión cultural de la opresión la resitúa en los cimientos de la explotación que no es otro que la vida laboral, no exclusivamente asalariada sino de la producción y reproducción de la fuerza de trabajo: la insustituible fuente de producción de plusvalía y motor de la acumulación de capital. Sin necesariamente reproducir la esquematización del feminismo marxista de los 70 y 80 o el actual feminismo materialista francés de nula traducción a nuestra lengua, es indispensable situar la división sexual y de género del trabajo en la producción demográfica, único insumo insustituible de la explotación capitalista. Se trata de explicar su alianza con el patriarcado.
Pero a la vez será necesario -en particular en el feminismo uruguayo- poner en cuestión la propertización naturalizada de la afectividad que exhibe su versión conservadora. Por caso, cuando en la sólida rendición de cuentas del presidente Vázquez se explicitó la conquista de la garantía estatal de alquiler “para las parejas jóvenes”, me fue imposible eludir la pregunta acerca de si la pareja es el único modo de emancipación del hogar parental, o inclusive si este formato es la única forma de vivencia del amor.
Por estas y muchas otras razones, hoy vamos todes.