La economía de la IA requiere enormes centros de datos, infraestructura energética, chips especializados y servicios de computación en la nube. Estas inversiones demandan contratos de largo plazo, financiamiento multimillonario y operaciones que, en gran medida, se negocian y valoran en dólares. A medida que la inteligencia artificial se incorpora a la actividad cotidiana de empresas, gobiernos y personas, el acceso a capacidad de cómputo deja de ser una inversión puntual para transformarse en un insumo estratégico permanente. Si ese insumo se comercializa mayoritariamente en dólares, también aumenta la necesidad de utilizar la moneda estadounidense en un volumen creciente de transacciones.
Este fenómeno no se limita a la infraestructura física. La expansión de la inteligencia artificial también podría acelerar el desarrollo de nuevos sistemas de pagos digitales. En ese contexto cobran protagonismo las stablecoins, criptomonedas cuyo valor se mantiene vinculado al dólar. Los autores plantean que, en un futuro donde agentes de inteligencia artificial puedan contratar servicios, comprar capacidad de procesamiento o realizar pagos de forma automática, estas monedas digitales podrían convertirse en el mecanismo natural para esas transacciones.
Aquí aparece un segundo efecto de gran importancia. Las empresas que emiten stablecoins necesitan mantener reservas líquidas y seguras para respaldar cada unidad emitida. Actualmente, esos recursos se invierten principalmente en bonos del Tesoro de Estados Unidos. En consecuencia, cuanto mayor sea el uso de stablecoins asociadas al crecimiento de la inteligencia artificial, mayor podría ser también la demanda internacional de deuda pública estadounidense, fortaleciendo nuevamente el papel del dólar dentro del sistema financiero global.
Se configura así un círculo que se retroalimenta. El crecimiento de la inteligencia artificial impulsa nuevas inversiones en infraestructura tecnológica; esa infraestructura genera una mayor demanda de servicios de computación; los pagos asociados a esos servicios utilizan crecientemente instrumentos vinculados al dólar; las reservas que respaldan esos instrumentos se canalizan hacia activos financieros estadounidenses y, como resultado, el dólar consolida su posición como moneda dominante. Lo llamativo de este proceso es que no responde a un acuerdo internacional ni a una estrategia coordinada entre gobiernos, sino que surge de decisiones adoptadas por empresas tecnológicas, proveedores de servicios en la nube y plataformas globales de pago.
Este escenario también plantea desafíos para el resto del mundo. Mientras Estados Unidos concentra buena parte de las principales empresas de inteligencia artificial, los grandes proveedores de servicios en la nube y el mercado financiero más profundo del planeta, otros países corren el riesgo de quedar integrados a un ecosistema donde la infraestructura tecnológica, los sistemas de pago y el financiamiento dependan crecientemente del dólar. Por ello, algunas regiones comienzan a explorar alternativas mediante el desarrollo de centros de datos propios, sistemas de pagos digitales en monedas locales y nuevas estrategias para fortalecer su autonomía tecnológica.
Para América Latina el desafío es especialmente relevante. La región necesita incorporarse rápidamente a la revolución de la inteligencia artificial para mejorar su productividad y competitividad, pero al mismo tiempo deberá evaluar cómo hacerlo sin profundizar nuevas dependencias tecnológicas y financieras. La discusión ya no pasa únicamente por el comercio internacional o por las reservas de los bancos centrales; también involucra quién controla la infraestructura digital, dónde se almacenan y procesan los datos, en qué moneda se pagan los servicios tecnológicos y cuáles son los activos que respaldan ese nuevo ecosistema digital.
La inteligencia artificial podría estar inaugurando una nueva etapa en la geopolítica económica mundial. Si durante décadas el petróleo fue uno de los pilares del liderazgo monetario estadounidense, en el futuro la capacidad de procesamiento podría desempeñar un papel similar. El denominado "dólar del cómputo" no reemplazaría al petrodólar, sino que añadiría una nueva fuente de demanda estructural para la moneda estadounidense. Si esta tendencia termina consolidándose, el liderazgo del dólar dependerá cada vez menos únicamente del tamaño de la economía de Estados Unidos y cada vez más de su capacidad para liderar la infraestructura tecnológica sobre la que funcionará la economía digital del siglo XXI. En ese escenario, la competencia por la inteligencia artificial será también una competencia por el liderazgo monetario global.