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Internacionales | Lula

Brasil: La ultraderecha no pudo romper el dique brasileño

El PT se renovó, combinó calle y redes y disputó la vida cotidiana: así Lula remontó la primera vuelta y volvió a ganar en Brasil.

El Partido de los Trabajadores de Brasil se ha quedado con la presidencia de la República por 4 años más. El octogenario Lula da Silva, contra viento y marea, logró un suceso único en la historia política de Brasil desde el regreso a la democracia en 1985: remontar la derrota de una primera vuelta. ¿Cómo se gestó la épica?

Una coyuntura de avance regional de la ultraderecha da un tufo histórico al triunfo de Lula. Sin embargo, más allá de la coyuntura, el triunfo del pasado 25 de octubre es un espaldarazo a la transformación organizativa y política del PT en estos últimos años. La diferencia, nada pequeña, con respecto a sus candidaturas desde 1989 es que en esta oportunidad logró anteponerse un candidato que contaba con un respaldo transnacional en lo diplomático, tecnológico, político y mediático que le había permitido aventajar en primera vuelta.

A las 9 de la noche de Brasil se extendieron las celebraciones más allá de las fronteras del gigante latinoamericano y toda la izquierda de la región celebró como propio un nuevo mandato del que fuera obrero metalúrgico de São Paulo. Las explicaciones se fueron acumulando en posturas tecnosolucionistas que daban la razón a una estrategia digital; otros daban sentido al pragmatismo político de la alianza Lula-Alckmin[1]. Por el derecho a la épica que tiene el triunfo de Lula, es necesario reconocer la magnitud de su estrategia.

En primer lugar, no podemos perder de vista la trayectoria política del Partido de los Trabajadores: un partido que a lo largo de 40 años ha logrado construir un proyecto político de país y ha aprendido a ser una maquinaria electoral capaz de aceitar su estructura con el fin de materializar su programa. Desde el regreso a la democracia siempre ha sabido estar en la opinión pública y, desde 2003, ha sido sinónimo no solamente de poder, sino de un programa que logró lo prometido por Lula al pueblo brasileño —y en especial a los empresarios— en aquella época: «Hay otro camino posible. Es el camino del crecimiento económico con estabilidad y responsabilidad social. Los cambios que sean necesarios se llevarán a cabo de manera democrática, dentro del marco institucional. Pondremos en orden las cuentas públicas y las mantendremos bajo control. Pero, sobre todo, asumiremos un compromiso con la producción, el empleo y la justicia social»[2].

Sus dos primeros mandatos (2003-2010) lograron el control de la inflación, la disminución de la tasa de pobreza, pobreza extrema y desempleo, el aumento de las divisas y de la inversión en gasto social, la modernización de la administración pública y la inauguración de programas sociales que fueron bandera de la última campaña. Aunque ha existido una discusión alrededor de si Lula es sinónimo de un modelo posneoliberal, lo cierto es que su gobierno aprovechó las circunstancias económicas de las materias primas y logró construir un nuevo consenso social alrededor del desarrollo, el crecimiento económico y la redistribución de la riqueza bajo un paradigma político de conciliación y estabilidad social. Esto le permitiría quedarse también con las elecciones de 2010 y 2014 en cabeza de Dilma Rousseff.

Diferente fue la segunda mitad de la década de 2010, que asestó varios golpes al PT: la destitución de Dilma Rousseff en un golpe blando, el gobierno impopular de Michel Temer, el encarcelamiento de Lula, el ascenso del bolsonarismo y la inexistencia de un líder capaz de retomar las riendas del gobierno brasileño. Fue una serie de obstáculos que, no obstante, terminaron tras el fin del primer gobierno de Jair Bolsonaro con sus consecuencias desastrosas en medio de la pandemia. Las elecciones de 2022 dieron una resurrección política a Lula, quien llegaría de nuevo a la presidencia por tercera vez.

Un partido para gobernar: congresos y renovación

La experiencia organizativa del PT en su larga trayectoria le permite una reflexión constante de sus aciertos y desaciertos. Por lo tanto, no es casualidad que sus últimos dos congresos se hayan dado en circunstancias asociadas a la disputa electoral. Así, en 2019, tras la excarcelación de Lula, el partido se reunió en su 7.º Congreso para discutir la ruta que permitiera la posibilidad de retomar la conducción del país.

Las conclusiones de dicho congreso permitieron una renovación de la dirección del PT al reconocer la necesidad de dar una mayor participación a la juventud, las expresiones étnicas y una democratización que permitiese mayor participación de las tendencias; aceptaron la necesidad de conservar y fortalecer las relaciones con los movimientos sociales bajo el respeto a la autonomía de los mismos; construyeron toda una propuesta frenteamplista para hacer contrapeso a Bolsonaro y, sobre todo, aceptaron superar el distanciamiento con los sectores que en otra época eran sus mayores aliados, como las mujeres, la juventud y los trabajadores, entre otras cosas.

En esta última disputa electoral, el PT volvió a reunirse en su 8.º Congreso Nacional del 23 al 26 de abril. De nuevo, los más de 500 delegados del partido volvieron a discutir sobre su programa, sus banderas y las tácticas y estrategias necesarias para conservar el gobierno, en una elección que no solamente disputaba la presidencia, sino que se enmarcaba en una disputa de los bloques globales de poder, dejando en una disyuntiva a la sociedad brasileña en su conjunto: soberanía o intervencionismo.

De esta forma, se dieron definiciones clave que marcan las estrategias que permitieron realizar la épica que daría la reelección a Lula. A grandes rasgos, el partido definió en su manifiesto aprobado la necesidad de sacar adelante la reducción de la jornada laboral 6×1; la necesidad de un consenso nacional alrededor del desarrollo soberano en las más diversas áreas (tecnológica, digital, comunicativa, energética, industrial y ambiental) con garantía universal de los derechos sociales, y una serie de reformas que permitan superar brechas en el plano judicial, tributario, agrario, tecnológico y comunicativo que ponen en riesgo la democracia y la soberanía del país.

Frente a sus estructuras, se definieron una serie de acciones orientadas a una urgente renovación generacional de los cuadros, limitando así los periodos de responsabilidad política al interior del partido y estimulando el posicionamiento y fortalecimiento de cuadros jóvenes, así como una paridad de género en dichos espacios. A su vez, reconocieron la importancia de combinar una estrategia territorial y digital, así como la obvia decisión de respaldar la candidatura de Lula como opción de contención al bolsonarismo.

Las conclusiones del PT ofrecieron una línea ideológica que permitió construir una serie de acuerdos alrededor del programa del presidente y candidato Lula. Así, aunque Bolsonaro tuviera el respaldo de un bloque de derecha transnacional, del sector evangélico[5] y del voto antipetista en el capital brasileño, ha existido un reconocimiento a Lula y al PT alrededor de un modelo de desarrollo que brinda generosas ganancias para los empresarios y capacidad de consumo a las clases populares. Aunque se dieron varias dudas en los últimos cuatro años frente a su responsabilidad fiscal, el acompañamiento de Alckmin logró despejarlas y dar el último voto de confianza.

De esa manera, el voto de lo que podríamos considerar como la élite empresarial de los nodos industriales de Brasil se orientaba por conservar un gobierno que, con aciertos y desaciertos, ha brindado un aumento de las ganancias, así como una ambiciosa apuesta de neoindustrialización beneficiosa para el capital nacional. No obstante, esto también plantea retos frente a las contradicciones propias de un modelo de crecimiento que genera brechas: la vivienda sigue siendo un problema central en las grandes ciudades, por ejemplo.

Recuperar a los sectores históricos: trabajadores, jóvenes y mujeres

Desde la derrota de Haddad en 2018, el PT vio cómo los sectores históricamente aliados de la sociedad brasileña terminaron por abandonarlo en las disputas electorales. Los trabajadores se encuentran en una dinámica de uberización que los deja al acecho de discursos de empoderamiento distanciados de un partido en el que la ampliación de derechos era vista por ellos como una «victimización» promovida por la izquierda. Mientras tanto, la juventud, bajo una nueva cartografía neuronal, encontraba un agotamiento de ideas y el envejecimiento de una estructura política que decía representarla.

Frente a las mujeres, el discurso identitario del feminismo de izquierda se vio superado por el emprendedurismo y la cooptación territorial de las iglesias evangélicas en los barrios más empobrecidos de Brasil. Finalmente, tras la crisis del milagro neoliberal de «todos pueden ser ricos», los sectores más vulnerables perdieron el horizonte y la izquierda no supo brindar un proyecto de futuro.

En ese escenario, para esta última campaña se cumplieron algunas orientaciones que se venían constituyendo desde el 7.º Congreso. Durante su gestión se buscó recuperar el poder adquisitivo de los trabajadores, se implementó un plan de condonación y salvación para morosos —pues el endeudamiento de la mayoría de la sociedad era un fenómeno económico riesgoso— y se legisló una Ley Nacional de Cuidados. Mientras tanto, en campaña, como presidente logró la reducción de la jornada 6×1 y la prohibición de las apuestas en línea[6], entre otras tantas medidas. Fueron decisiones que llegaron al interior de los hogares brasileños más allá de los resultados macroeconómicos, siempre abstractos para la vida cotidiana. Se entendió que se pierde cuando se deja de hablar de lo que importa: la política que transcurre en el día a día.

Además, la crisis de representación juvenil al interior del partido fue saldada con una especie de semillero pos-Lula tras el 7.º Congreso, llenando las candidaturas de nuevos cuadros que lograron hablar a la juventud en sus propios términos. Tan solo en el Congreso Nacional, el PT rompió casi tres décadas de envejecimiento continuo de su bancada: 16 de los 70 diputados federales totales del PT tienen 40 años o menos. La más joven fue Ana Elisa, de 21 años, electa por Minas Gerais con 524 mil votos, convirtiéndose en la mujer más votada del PT a nivel nacional.

Política sin sonar político: el ecosistema digital y cultural

El escenario político actual obligó además al PT a construir nuevas agendas. De esa forma, reconociendo la necesidad de hablar de política sin sonar estrictamente político, empezó una campaña en torno al descanso, el transporte, el ocio, el cuidado y todas aquellas facetas de la vida diaria que la izquierda había dejado de lado. Por ejemplo, la respuesta a la crisis tributaria se explicó en un lenguaje sencillo: «Impuestos solo a las 3 B: billonarios, bancos y bets (apuestas)», dejando el campo libre a quienes, guiados por el espejismo neoliberal, siguen esperando su turno para ser ricos.

Además, de la mano de cuadros jóvenes, se diseñaron estrategias que consolidaron un sólido enfoque orientado a reconocer en diversas expresiones culturales el marco de referencia para llevar adelante la campaña. El «Ejército de Lula», las canciones de campaña más famosas, los lemas y las respuestas a los ataques del bolsonarismo nacieron de la creatividad del propio partido.

En este punto, contrario a lo que la izquierda tecnosolucionista ha señalado como el secreto de la victoria, el «Ejército de Lula» —un grupo de voluntarios digitales de más de 10 millones de personas— no representaba la columna vertebral de la campaña, sino que formaba parte de todo un ecosistema digital que reconocía la necesidad de disputar a los electores en todas las áreas de la sociedad. Así, encontrábamos manifestaciones digitales en videojuegos en línea como Roblox, al tiempo que cientos de militantes y simpatizantes lo hacían en las estaciones y paradas de autobús convenciendo a los dudosos. Mientras el «Ejército de Lula» contrarrestaba un algoritmo posicionado a favor de Bolsonaro, se construía una red de artistas reconocidos que buscaban convencer a sus seguidores de votar por Lula. Es decir, no se puede desconocer ninguna de las estrategias de campaña ni aislar unas del resto del abanico de acciones.

Hoy el resultado demuestra que la forma de hacer política en nuestras sociedades exige inventiva y una renovación de las envejecidas izquierdas (tanto en la práctica como en la teoría). Del proyecto de país del PT y de Lula conversarán otras personas a su debido tiempo.

Finalmente, tras la derrota de la primera vuelta, es importante resaltar la capacidad del PT para reconocer los límites de la democracia brasileña. A diferencia de otras experiencias en el continente, su participación electoral en la primera vuelta en ningún momento involucró el desconocimiento del resultado, pues, como se afirmaba en los encuentros a los que pude asistir en São Paulo, la desconfianza y el temor al fraude deslegitiman su capacidad de victoria y alejaban a los sectores del centro político. Con esa certeza de por medio, se abocaron por completo a hacer realidad una hazaña nunca antes vista: remontar los resultados de la primera vuelta.

El éxtasis de la victoria no puede convertirse en una neblina que reduzca los aciertos políticos del PT y de Lula a un mantra para la región, ni mucho menos a una simplificación de la campaña a uno u otro elemento que permita esquivar los errores propios. Se trata de reconocer que el PT ha explorado nuevas formas de hacer política en un campo inexplorado para el sector popular en América Latina, no de forma aislada, sino de la mano de una reflexión que proviene de las entrañas de su propio partido, de sus formas de hacer política y de su proyecto de país, el cual aún tiene mucho por resolver, pero avanza a su ritmo y con sus características propias.

Por Sebastián Delgado para Rebelion

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