La izquierda uruguaya, en particular el Frente Amplio, porque lamentablemente es difícil que el Gobierno lo haga, debe extraer enseñanzas de estas gestas: en ello le va el futuro.
La campaña de Lula en Brasil, sobre todo en la segunda vuelta, cuando parecía todo perdido, reunió innovación en la comunicación, movilización en la calle y medidas económicas y políticas profundas. Con la misma radicalidad se desarrolló la campaña de la izquierda del Partido Demócrata de Estados Unidos, liderada espiritualmente por Bernie Sanders, y protagonizada por una nueva generación maravillosamente representada por el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y el senador electo por Michigan, Abdul El-Sayed.
Detrás de los cientos de triunfos progresistas que permitieron arrebatarle las dos cámaras del Congreso y estados enteros al trumpismo, hay un movimiento creciente de la juventud que se forjó en la lucha militando la denuncia del genocidio de los palestinos y poniendo sobre la mesa el costo de vida y las dificultades que enfrentan las personas reales para enfrentar la vida en un mundo atravesado por una desigualdad creciente, y sometido a los caprichos de un puñado de billonarios que no paran de enriquecerse. Pero también hay una comunicación distinta, que llega a la gente y conecta con los jóvenes, no en el vacío de estrategias de marketing que hacen lo posible por no decir nada, por aproximarse a un “centro” teórico y no ser categórico en ningún asunto, sino que, por el contrario, expresan una mirada jugada sobre los temas que duelen, sin concesiones ni tibieza.
El mundo cambió. El mundo es mucho peor de lo que era hace unos pocos años. Trump es una manifestación de un mundo apocalíptico, de un sálvese quien pueda, de la voracidad y la inmoralidad de ultrarricos y estados supremacistas. Trump expresa esa tendencia que no se va a agotar por esta derrota, porque sus artífices están ahí y controlan la economía mundial. Milei o el colombiano De la Espriella son meros instrumentos extravagantes de ese poder. Pero hay muchos más, entre los que gobiernan y los que están agazapados, dispuestos para la ignominia.
Nuestra izquierda tiene que recuperar una prédica de cambio que se imponga sobre la tecnocracia y sobre los burócratas, una mirada que conjugue profundidad e imaginación de futuro. El destino del Uruguay no puede ser discutir sobre nimiedades, mientras esperamos inversiones extranjeras que nos dejen un vuelto. No puede ser una autocomplacencia sobre nuestra excepcionalidad democrática mientras nos crecen territorios enteros de desintegración social. No debe ser esa pereza ni esa jactancia. Hay que volver a las raíces transformadoras antes de que nos termine gobernando un empate, un promedio, una IA.