En este contexto, los motores tradicionales de la economía muestran señales de desaceleración. El consumo privado y la inversión pierden impulso, mientras que sectores como el agro y el turismo sostienen parcialmente la actividad, aunque enfrentan dificultades asociadas al tipo de cambio.
Uno de los factores centrales que condiciona el desempeño económico es el llamado “atraso cambiario”. El peso uruguayo se ha mantenido fuerte, con el dólar cotizando en niveles relativamente bajos durante el primer cuatrimestre del año, en torno a los 38 a 40 pesos uruguayos.
Esta situación genera un doble efecto. Por un lado, contribuye a contener la inflación y abarata los bienes importados, beneficiando a los consumidores. Por otro, afecta directamente la competitividad de los sectores exportadores, industriales y turísticos, al encarecer los costos en dólares y reducir los márgenes de rentabilidad.
Desde el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) y el BCU se ha reconocido esta tensión. En respuesta, se han implementado medidas orientadas a moderar la apreciación del peso, como intervenciones en el mercado cambiario y ajustes en la política de tasas de interés.
En paralelo, la inflación ha alcanzado niveles históricamente bajos. En marzo de 2026, la variación anual se ubicó en torno al 3%, incluso por debajo del rango meta establecido por el gobierno.
Sin embargo, esta mejora en términos nominales no se traduce necesariamente en una percepción de menor costo de vida. Por el contrario, el país mantiene precios elevados en dólares, lo que genera una sensación de encarecimiento para los residentes y estimula el turismo emisivo, con uruguayos optando por consumir en el exterior.
Esta “paradoja” —baja inflación pero alto costo relativo— se ha convertido en uno de los principales desafíos para la economía en el corto plazo.
De cara a los próximos meses, se espera un leve repunte de la inflación hacia el centro del rango meta, en torno al 4,5%, a medida que la política monetaria busque estimular la actividad sin desanclar las expectativas.
El desafío para las autoridades será encontrar un equilibrio entre tres objetivos que hoy aparecen en tensión: reactivar el crecimiento económico, mantener la inflación bajo control y recuperar competitividad cambiaria
Uruguay enfrenta en 2026 un escenario de bajo crecimiento, costos internos elevados y tensiones cambiarias que afectan la competitividad. Si bien la estabilidad macroeconómica se mantiene, el margen para impulsar la actividad sin generar desequilibrios es acotado. La evolución de la economía dependerá, en gran medida, de la capacidad de la política económica para gestionar estas tensiones y de la evolución del contexto internacional, en un año que se perfila como clave para definir el rumbo de mediano plazo.