Con una molestia y una impaciencia absolutamente improcedentes, que empañan su función y acaso su propia imagen, el Presidente acusó no una sino muchas veces a la población entera, de no haber ejercido adecuadamente la libertad responsable. Es un absurdo por donde se lo mire. Con esa lógica, ni existiría la ley (por ejemplo, la ley penal, que castiga delitos de personas que no se han hecho responsables de sus actos) ni tampoco existiría el gobierno (porque si todos hacemos exactamente lo correcto y lo debido, ¿para qué querríamos instituciones?). El absurdo cobra proporciones gigantescas, además, cuando se considera que quien se da el lujo de despotricar contra la gente es nada menos que nuestro primer mandatario, que está obligado a gobernar, y que hasta ahora sólo ha tomado medidas erráticas, contradictorias y claramente insuficientes.
La pandemia no es una gripecita (como dijo el inefable Bolsonaro y como sus acólitos vernáculos no cesan de repetir, entre nosotros), y frente a sus estragos naturales existe un amplio abanico de valoraciones y decisiones humanas. Y son justamente esas decisiones humanas las que pueden producir el aumento o la disminución de los casos en una sociedad, aunque nada tenga que ver la voluntad con las leyes causales de la naturaleza y con los procesos de reproducción y trasmisión viral. Porque una cosa es la conducta del virus, y otra muy distinta es la valoración que hacemos de sus estragos, así como las medidas que tomamos para minimizarlos. Dicho de otra manera: aquí hay decisiones que se toman minuto a minuto y segundo a segundo. Por ejemplo, la decisión de dejar todo como está sigue siendo una decisión. La decisión de no soltar un vintén, también sigue siendo una decisión, y hay que decirlo con todas las letras.
Uruguay es en estos momentos uno de los peores países del mundo en materia de trasmisión de Covid. Esto puede deberse a múltiples causas, pero sin duda una de tales causas es la ineficiencia y la inoperancia del gobierno, que no desea poner un peso (nos referimos a pesos de verdad y no a limosnas ocasionales y efímeras) arriba de la mesa. En un mundo regido por el dinero, sin dinero no se sale del fondo del pozo. Eso es a estas alturas otra paradoja, de entre las muchas que podríamos enumerar. Es como si, frente a la oportunidad de contratar un oneroso rescate para sobrevivir, los pasajeros del Titanic prefieran morir con todas sus joyas y sus chequeras encima. Por eso no se atiende a la ciencia. Por el contrario, el discurso científico, al llegar a la casa de gobierno, se convierte en políticas públicas que dependen de cálculos políticos y económicos.
Todos estos cálculos están pautados por una sola consigna. Defender a muerte a los malla oro y al gran capital, y poner el pulgar para abajo frente al resto de la población. Que se los coman los leones, parecen querer decir, por más que el virus no distingue por colores partidarios ni caudal en patrimonio o en cuentas bancarias. Pero un poco es cierto. Los leones de cabeza roja coronada de antenitas, suelen diseminarse más a gusto entre los más vulnerables, los que tienen que andar apretujados en los ómnibus, los que no pueden darse el lujo de mantener distancia social con sus congéneres, los que medran en ambientes húmedos y mal ventilados, los que pasan hambre si no salen a hacer el vintén cotidiano. Las advertencias del GACH en el sentido de tomar medidas más contundentes y más drásticas (el famoso blindaje de abril y otras) quedaron en la nada. Cayeron en la tierra pantanosa y pútrida de la ceguera, la soberbia, la vana demagogia que nada dice y mucho menos hace. El discurso de la ciencia está condenado a muerte, lo mismo que el destino de tantos compatriotas, porque es tamizado por los compromisos morales e ideológicos de los políticos, de sus partidos y de sus asesores. Una vez más se trata de valoraciones y decisiones humanas.