La actitud del presidente Lacalle Pou y del ministro García, que además declara con una petulancia sorprendente, constituye una clarísima presión a la Justicia de un caso que está en curso y sobre el cual no hay todavía sentencia y, mucho menos, cosa juzgada. Se inscribe en el contexto de una permanente presión proveniente del Parlamento, donde por segunda vez los senadores de Cabildo Abierto utilizan su media hora previa para cuestionar las resoluciones judiciales, aunque esta vez agregando la advertencia de que están dispuestos a cambiar leyes, organismos e instituciones para consagrar la impunidad de sus camaradas de armas. Así las cosas, tenemos un presidente solidario con la causa de la impunidad, capaz de pronunciar públicamente su preocupación por la actuación judicial en medio de su trámite en un caso aberrante en el que ni siquiera hay dudas de la autoría de la ejecución, como pudo haberse planteado en otros casos. Pero, además, un presidente que se contradice, porque hace apenas unos días, consultado por Ignacio Álvarez en una entrevista dominical y a propósito de la media hora previa de Manini Ríos, dijo que al presidente solo le cabía respetar a la Justicia y no tenía por qué pronunciarse en todos los casos y ante todos los temas.
Observemos esto: cuando la media hora previa de Manini Ríos, prefirió hacer silencio, en lugar de repudiarla y se defendió diciendo que él no tenía que hablar de todos los temas, pero dejando claro que era respetuoso de la Justicia. Pocas semanas después, ante la formalización de Vidal, abandona su tesitura de no pronunciarse y ventila su preocupación y presiona al Poder Judicial. La conclusión evidente es que el primer silencio fue una concesión propia de una sintonía intelectual con el planteo de Manini, pero convenientemente callado, como para no pagar los costos del exabrupto. En el segundo caso, cuando se produce la formalización de Vidal, el presidente se expresa a través del ministros porque el costo que de ninguna manera quiere pagar es el que le puede cobrar el sector nostálgico de su coalición, cada día más volcado hacia su variante ultraderechista y convertido en vocería oficiosa de los militares del proceso dictatorial.
En las últimas horas se hace pública la restitución de la placa de Víctor Castiglioni en el Departamento de Inteligencia, pese a todas las violaciones a los derechos humanos que se le imputaron y a su responsabilidad en la tortura y desaparición de personas. Mucha gente puede opinar que, nuevamente, nos estamos sumergiendo en una discusión sobre los hechos ocurridos hace más de 30 o 40 años, pero en realidad ni siquiera son los opositores los que están poniendo el tema sobre el tapete, es el propio gobierno, dispuesto a enfrentarse con la Justicia para defender y reivindicar a torturadores, represores y asesinos por los que, hasta hace poco tiempo, no se atrevían a levantar la voz. Simultáneamente, las fuerzas políticas del gobierno y aliados instalan en redes sociales permanentemente tendencias sobre los tupamaros, motorizadas mayormente por cuentas truchas y dan rienda suelta a un fascismo desde el anonimato que llama poderosamente la atención, sobre todo cuando a la primera oportunidad son capaces de homologar crímenes de hoy con acciones de la guerrilla de hace cincuenta años y sembrar todas las suspicacias posibles, enturbiando el clima, para convencer a la ciudadanía de que hay una amenaza latente, para la cual hay que prepararse, mientras aprueban leyes en el Parlamento para criminalizar la protesta social a un punto tan extravagante, que hasta los relatores de la ONU sobre Derechos Humanos ya pusieron el grito en el cielo. Van solo unos meses, pero hace rato que este gobierno mostró la hilacha y es una hilacha tenebrosa y amenazante.