Debo confesar que odio la palabra “civilización”, no por lo que ella misma supone (ciudad, civitas) sino por el uso y el abuso que se ha hecho del término en aras de justificar el sometimiento, la violencia y la dominación de unos seres humanos sobre otros. El término se presta además a confusiones varias. Tradicionalmente se ha vinculado civilización con progreso. Pero tal idea es peligrosamente falsa. Es como si la inteligencia y la tecnología fueran términos equivalentes. Y no es así. ¿Son menos inteligentes los afganos, o los etíopes, o los esquimales, por no haber desarrollado la misma tecnología de otros pueblos? Rousseau fue de los pocos en proclamar que la ciencia, la técnica, las instituciones políticas y el paquete entero de lo que llamamos civilización suelen acarrear efectos más malos que buenos; no han contribuido a mejorar al ser humano, sino más bien a degenerarlo.
Nadie niega la virtud de los adelantos científicos en sí mismos, pero convengamos en que, en buena medida, esos adelantos se han convertido en instrumentos de la desigualdad, de la infelicidad y de la corrupción. El mismo muchacho al que la ciencia salva mediante un trasplante de corazón (piénsese en Favaloro) marcha a la guerra y es reventado por un fusil con mira infrarroja (piénsese en las Malvinas). El logro científico es ensalzado. Su uso, no tanto. Ernesto Sábato proclamó, en 1994, ser enemigo del mal llamado progreso. El alma humana, dijo, no “progresa ni se estanca”; pasa por otra dimensión, y por eso es la misma desde Sócrates a nuestros días. El alma humana es búsqueda y contemplación, emociones y creencias, contradicciones y pasiones. No ha de ser la ciencia la que nos libre de la angustia existencial. No ha de ser la lógica la que nos explique por qué amamos a alguien. No ha de ser la técnica la que responda las preguntas eternas.
La civilización, tan mal usada como lo es, enmascara y anestesia, deforma y miente; promete la inmortalidad y la juventud eterna. Y la naturaleza, tan violentada por la civilización, ¿dónde se queda? No planteo falsas oposiciones, sino complejidades. La vida en la tierra es una película delgada, una danza de hormigas, como dijo Gorki. Sumidos en un consumismo brutal, vamos construyendo una existencia condenada en el fondo a la esclavitud.
No podemos construirnos a nosotros mismos y no nos detenemos a reflexionar en el asunto. El pasto bajo los pies va quedando demasiado lejos; solo se concibe como una salida de fin de semana, y un fin de semana -ya se sabe- no alcanza ni para empezar a sentir. El perro en el parque -raro lujo de afecto natural que nos damos- no pasa de ser un paseo apurado, mientras pensamos en las fastidiosas tareas que nos aguardan; una obligación que cumplimos bolsita en mano. Y las fogatas de las hojas secas, que a mí siempre me recuerdan al campo, son contempladas como una inmundicia que desata insultos y provoca alergias.
Sin embargo, mientras corremos detrás de los espejos de colores del consumismo, la vida se nos va como agua entre los dedos. Rodeados de todos esos objetos más o menos inútiles y más o menos ridículos, que hemos adquirido a pulso, a sudor y a pura cuota, estamos más solos que nunca. Aun cuando diéramos por buenos los portentos de la ciencia y de la tecnología, basta un virus, un accidente, una bala para detener nuestra patética carrera. Como dice Arturo Pérez-Reverte, “todo lo que amas, y todo lo que fuiste, lo que eres y lo que podrías haber sido, se va al diablo y desaparece para siempre sin que vuelva nunca jamás. Somos tan frágiles que te temblarían las manos si lo supieras”. Por eso prefiero evocar a la salvaje que fui, a esa que en cierta época creí haber perdido, pero que cada noche vuelve a rondar mi ventana, allá afuera, en la oscuridad.