Solo hasta mediados del siglo XIX un médico húngaro llamado Ignaz Semmelweis llamó la atención sobre el aseo de las manos. Le parecía que era lo mejor, por ejemplo, para atender un parto. Debido a esto tuvo muchos problemas, pero su idea se fue abriendo paso hasta que terminó popularizándose.
Y hablando del lavado de las manos y la higiene, algunos de los siguientes datos podrían interesarte:
- Muchas bacterias pueden permanecer en las manos sin lavar, hasta tres horas.
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Las manos húmedas propagan hasta 1 000 veces más gérmenes que las manos secas. La humedad favorece la retención de virus y bacterias.
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No es necesario que te laves las manos después de tener dinero en ellas. La mayoría de los papeles moneda están tratados de modo que casi ninguna bacteria sobrevive en este.
- La Organización Mundial de la Salud recomienda lavarse las manos al menos 10 veces al día y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades promueven campañas que destacan y fomentan el lavado de manos.
Higiene en la Edad Media
Durante la Edad Media el baño fue considerado un acto pecaminoso. La iglesia prohibió los baños públicos, pues pensaban que la desnudez y el tocarse el cuerpo con las manos eran actos inmorales. Siempre se aconsejaba que, durante una limpieza superficial de rutina, la gente se abstuviera de tocarse los genitales. En definitiva, la higiene no era una preocupación para nadie.
Otro aspecto curioso de los procesos higiénicos es que en aquel entonces defecar se consideraba un acto honorable. Por eso, en la mayoría de los casos, no era privado. De hecho, había sitios en donde se facilitaba una hilera de sillas con un hoyo, que daba a un pozo séptico, y permitían sostener animadas conversaciones mientras se defecaba. El retrete fue un invento del capitalismo que apareció mucho después.
Sin embargo, esto solo sucedía en Europa, pues por la misma época en otros lugares del mundo se actuaba diferente. En América, en concreto, había un manejo diferente: el baño era habitual. El emperador Moctezuma adoraba bañarse. Se cuenta que los nativos quedaron sorprendidos a la llegada de los europeos por el hedor que despedían.
Los aspectos higiénicos diarios nacieron con la Ilustración
Durante el siglo XVII comenzó a extenderse un temor generalizado hacia el agua, en Europa. De hecho, desde el siglo XVI los médicos aconsejaban permanecer lejos del agua, al menos para el baño. Se creía que la peste se podía contagiar por este recurso, así que asumían que bañarse resultaba peligroso.
Esta creencia se extendió y se convirtió casi en una obsesión. Incluso se decía que la mugre ayudaba a proteger la piel de las infecciones. Por eso, entre las clases bajas la costumbre era limpiarse un poco la cara y las manos con un paño seco. Entre la realeza y los más adinerados se empleaban vinagres aromáticos y perfumes para el aseo, cuidando de que no fuera muy profundo.
Con la llegada de la Ilustración las cosas comenzaron a cambiar. Rousseau fue uno de los primeros en aconsejar el baño diario con agua fría. También se abrió un establecimiento con baños calientes en París y, de pronto, el lavado del cuerpo empezó a asociarse con el placer y la salud. Se popularizaron los baños perfumados.
Hasta el siglo XIX la higiene diaria fue privilegio casi exclusivo de las clases altas. Poco a poco se comprendió la importancia de que cada casa, incluso las más humildes, tuviera un baño y acceso al agua. Esto no se ha logrado en su totalidad, ni siquiera en pleno siglo XXI.