La película ha sido producida en Estados Unidos, el mismo país en el que se han alcanzado en los últimos setenta años sucesivos pináculos de agresividad (recordaré tan sólo la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima y Nagasaki), discriminación y abuso rampante contra el planeta entero, en especial por dos vías: la fuerza de las armas y la perversión capitalista. Dije al comienzo de este artículo que el animal humano se ha perfeccionado en eso de carecer de empatía para con sus semejantes; y cuando somos azotados por diversos fenómenos, entre ellos una pandemia, interminables guerras y pésimos gobiernos, cuyo único objetivo es muchas veces saquear a las naciones que gobiernan, uno se pregunta: ¿Por qué nadie reacciona? Parece que se ha perdido la capacidad de prudencia, de reflexión previa, de ponderación de las probables consecuencias de nuestra conducta presente. Solo se actúa, al parecer, en función de dos grandes móviles: los intereses particulares (entre los que se encuentra la insaciable sed de poder y de riquezas), y el odio al eventual enemigo, ése que puede conspirar de alguna manera contra el logro del primer objetivo.
La película No mires arriba encarna, en buena medida, una nueva distopía. Me refiero a la utopía negra, o amenaza de destrucción parcial o total del mundo que conocemos, por la vía de algún mal poderoso que siempre -esto no falla- se expresa a través de una ideología. Y, como la serpiente que se muerde la cola, volvemos ahora a los comienzos.
Si la ideología necesita negar la evidencia, o sea la verdad, lo hará sin que le tiemble el pulso. De hecho, lo hace todos los días de nuestra vida, bajo las más diminutas y sutiles formas. Se niegan (y negamos) evidencias mientras dormimos y mientras permanecemos despiertos. Muchos pensadores, a lo largo de la historia, se han ocupado de este asunto de imaginar un mundo feliz o uno terrible, por contraste, o un cielo con su correspondiente infierno, o de pro. Lo hicieron Dante en su Divina Comedia, Aldous Huxley en Un mundo feliz, Suzanne Collins en Los juegos del hambre, Ray Bradbury en Farenheit 451 (y en otras obras), Anthony Burgess en La naranja mecánica, George Orwell en 1984 (con su Gran Hermano) y en Rebelión en la granja, Alan Moore en V de Vendetta, Stephen King en La larga marcha, Joanne Ramos en La granja (desde el punto de vista de la maternidad) y Margaret Atwood en El cuento de la criada, entre muchos otros ejemplos.
Coronaría, sin embargo, este breve racconto de obras literarias con Elogio de la locura, de Erasmo de Rótterdam, quien en este breve ensayo de 1511 se despachó a fondo contra la estupidez humana, a través de la personificación de la moria, o necedad, tontería, insensatez y locura. Se trata en definitiva de la estulticia, que de entrada hace un elogio a la ceguera y a la demencia. Erasmo escribió esta obra, en una semana, durante su estancia en casa de su amigo Tomás Moro, y ambos se habrán divertido de lo lindo, y enfurecido también, con el contenido de esas páginas. Los invito, simplemente, a leerlas. Y también a ver la película No mires arriba. Galileo, entre tantos, estaría encantado.