A pesar de la desaceleración generalizada, este año, como todos los anteriores, persiste una amplia disparidad en el crecimiento de las diferentes subregiones. Mientras Centroamérica crecerá un notable 2,9% -tres décimas menos que el año pasado, sin embargo, después de que todos sus países perdiesen fuelle, con la única y ya sempiterna excepción de Panamá, que crecerá casi un 5%-, la expansión de la economía mexicana disminuirá un punto porcentual: del 2% registrado en 2018 a un 1% en 2019, lejos de las promesas del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador -que en campaña proyectó una expansión del 4% anual durante su mandato- y del propio pronóstico de la Cepal en abril, que auguraba un crecimiento del 1,7% para el conjunto del año.
“En Centroamérica y México existirá una recomposición en los componentes de la demanda agregada que explican el crecimiento, pues mientras el consumo privado y las exportaciones continuarán siendo su principal componente, la contribución de la inversión sería negativa”, indica la Cepal en su informe dado a conocer hoy en Santiago de Chile. México ha salvado este miércoles la recesión al crecer un magro 0,1% intertrimestral entre abril y junio, una expansión notablemente inferior a lo que indica su potencial y que obliga a repensar su política monetaria.
“La desaceleración mexicana se inició a mediados del año pasado y se asocia a factores estructurales e históricos, como la situación de Pemex. Pero también a elementos coyunturales, como la incertidumbre respecto a la política comercial con EE UU”, ha explicado la secretaria ejecutiva del organismo de Naciones Unidas, Alicia Bárcena.
“México ha iniciado un proceso de profundas transformaciones en su modelo económico y uno de los cambios estratégicos más fuertes es en el sector energético. Además, se están proponiendo nuevos proyectos y cambiando la dirección de otros –como el aeropuerto de Texcoco o Santa Lucía, proyectos de infraestructura de cierta dimensión– que son de mediano plazo y cuyos efectos no han podido verse en los ocho meses del Gobierno actual”, indicó Bárcena, que estima que la economía mexicana “va a ir retomando fuerza”.
La peor parte se la lleva, una vez más, América del Sur, la subregión latinoamericana más estancada: allí, el crecimiento pasará del 0,4% de 2018 al 0,2% del año en curso, en buena medida por la profunda recesión venezolana (-23%) y los malos datos económicos argentinos, donde pese a los recientes y ligerísimos brotes verdes se proyecta una caída del PIB del 1,8%. Ambos son, junto con Nicaragua -inmerso en una crisis política que se ha cobrado en la economía una de sus principales víctimas-, son los tres únicos países de Latinoamérica y el Caribe que se contraerán en 2019.
El crecimiento de Ecuador y Uruguay será igualmente discreto –0,2% y 0,3%–, mientras para el gigante sudamericano, Brasil, la Cepal proyecta una expansión de apenas un 0,8% para este ejercicio, lejos del discurso de Jair Bolsonaro, que en campaña prometió una fulgurante recuperación económica prácticamente desde el primer día de su mandato. Brasil, que bordea la recesión técnica, evalúa posibles alternativas para escapar del estancamiento, entre ellas una rebaja de tipos.
“Se espera un cuadro menos favorable para Brasil por la [evolución de la] economía internacional, el cuadro recesivo en Argentina –un mercado clave para sus exportaciones– y el consumo de las familias, que se ha reducido por las incertidumbres del mercado laboral”, ha detallado Bárcena. La contracción minera es, además, fundamental para Brasil y “el desastre de Brumadinho tuvo un efecto muy importante en la producción de hierro y sus exportaciones”.
La debilidad del crecimiento en América del Sur responde a un abanico de factores entre los que destacan dos: una demanda interna declinante, que solo alcanzará a crecer un 0,7% este año lastrada por el deterioro del consumo privado y de la formación bruta de capital fijo -el principal componente de la inversión- y por el comercio exterior que -y esto es una novedad en una región tan dependiente de las materias primas- pasará no solo a no contribuir al crecimiento, sino a restarle alguna décima.
En Sudamérica, sin embargo, se observan excepciones. Bolivia volverá a ser una vez más es el país que más crecerá en la subregión: el 4%. También continuarán su trayectoria positiva Perú (+3,3%), Colombia (+3,1%) y, en menor medida, Chile (+2,8%).
En este último caso, sin embargo, para el Gobierno conservador de Sebastián Piñera una cifra por debajo del 3% no es una buena noticia. Tanto el presidente como su ministro de Hacienda, Felipe Larraín, insisten en darle un tinte positivo a la marcha de la economía chilena y proyectan un crecimiento entre un 3% y un 3,5% para 2019, un objetivo cada vez más lejano.
«La diferencia en la intensidad de la dinámica de la actividad económica entre países y subregiones responde no solo a los impactos diferenciados del contexto internacional en cada economía, sino también a la dinámica de los componentes del gasto —principalmente el consumo y la inversión— que ha venido siguiendo patrones distintos en las economías del norte y en las del sur», subrayan los economistas de Cepal.
Entretanto, el Caribe, por mucho la subregión más dinámica, cerrará este año una expansión del 2,1%. Los únicos países que superarían el 5% de crecimiento, de hecho, serán caribeños: Dominica, Antigua y Barbuda y República Dominicana, con 9,9%, 5,9% y 5,5%, respectivamente. Son la otra cara de la moneda del estancamiento generalizado en el que está inmerso el subcontinente.