Si las noticias falsas buscan engañar y crear otra realidad, entonces casi todos los historiadores y cronistas griegos y romanos son culpables, en algún grado, de semejante desacierto. No existían los juicios por difamación e injurias en aquellos tiempos, aunque se recurriera a procedimientos un tanto más feroces para acallar a las malas lenguas. Pero esos historiadores y cronistas lograron despacharse a su gusto contra casi todos los personajes, no digamos de su propio tiempo, pero sí de un siglo atrás, por lo menos, y para hacerlo, fantasearon, deformaron y, por qué no, mintieron.
Tácito, Dion Casio, Suetonio y muchos otros presentan a casi todos los emperadores como una manada de depravados capaces de los mayores crímenes y vicios. Julio César y sus Comentarios a la guerra de las Galias son un excelente ejemplo de lo que puede la deformación histórica. A través de esos libros, que enviaba a Roma por entregas, César se presentó a sí mismo como un héroe, se ganó la admiración de la plebe y preparó su llegada al poder absoluto. ¿Mintió acaso? No se sabe. Lo único seguro es que deformó a su gusto los hechos. Del mismo modo, Octavio, hijo adoptivo de César y futuro emperador Augusto, lanzó una campaña destructiva contra su rival Marco Antonio, leyendo en público el supuesto testamento de este, por el cual designaba herederos a los hijos habidos con Cleopatra. Así fue acusado de alta traición a Roma.
La persecución de Nerón a los cristianos, a quienes señaló como autores del gran incendio de Roma en el verano del 64, es otro buen ejemplo, lo mismo que las cazas de brujas en la Edad Media y las calumnias contra los judíos, a quienes se imputaba la realización de sacrificios de niños y quemas de crucifijos. Pietro Aretino, un escritor renacentista especializado en versos lujuriosos, escribió por encargo unos sonetos difamatorios contra todos los candidatos que podían competir contra sus patronos, los Médici, y los colgó en la Piazza Navona, en Roma.
Los canards o gacetillas populares, por ejemplo, eran en Francia libelos plagados de invenciones que recorrían las calles y que prepararon en buena medida la revolución francesa, no en su lado libertario, sino en el más oscuro, el que desata el impulso de la venganza, la violencia popular y la destrucción generalizada. Estas gacetillas, reducidas a veces a simples trozos de papel que eran dejados en bancos de plaza o al pie de monumentos, eran imposibles de controlar, lo mismo que hoy lo son, en buena medida, las fake news de internet.
A María Antonieta no la guillotinaron solamente por ser el símbolo de la monarquía absoluta, sino por el reguero de noticias falsas o de exageraciones con que apuntalaron su figura. En 1784, un pasquín inglés publicó una noticia titulada ‘El prostituto de la reina’, en la que se decía que “la reina gala tiene querencia por los ingleses” y que “la mayoría de sus favoritos proceden de este país”. Marc Bloch señala que “el error no se propaga, ni se amplifica ni vive si no se cumple una condición: encontrar en la sociedad en la que se expande el caldo de cultivo favorable. En ella los hombres expresan sus prejuicios, sus odios, sus temores, todas sus emociones fuertes. Sólo […] los grandes sentimientos colectivos tienen el poder de transformar una mala percepción en una leyenda”.
De este modo, para combatir a las famosas fake news deberíamos comenzar por interpelarnos a nosotros mismos, en tanto lectores, intérpretes y reproductores de información o desinformación. Se cree con frecuencia lo que abona los prejuicios propios, lo que se quiere o lo que se necesita creer. Antes de que Roma destruyera Cartago, vendiera a todos sus habitantes como esclavos, la arrasara y sembrara sal en su territorio (¿otra noticia falsa?), Catón el Viejo, senador romano, terminaba todos sus discursos, fueran del asunto que fueran, con esta sentencia: “¡Hay que destruir a Cartago!”. Así fue abonándose en el pueblo romano la idea, transmitida de generación en generación, de que lo único posible, sensato, necesario y razonable era destruir a Cartago. Punto final. Lo mismo sucedió en vísperas de las dos guerras mundiales. Cada nación se convenció, envenenada hasta la médula por la propaganda oficial y por las falsas noticias circulantes, de que su única salvación residía en aniquilar a la nación contraria y a todos sus aliados o cómplices.
Vuelvo a Marc Bloch, para quien ninguna falsa noticia es fortuita. Está siempre preparada de antemano, adobada, delineada en sus más profundas regiones por las representaciones colectivas preexistentes a su nacimiento. Sólo es fortuita en apariencia o, mejor dicho, lo único fortuito es su aparición, llegada o estallido, vinculado siempre a algún incidente más o menos real, cosa de dotarla de cierta verosimilitud. “La falsa noticia es el espejo en el que la conciencia colectiva contempla sus propios rasgos”.
¿Podemos combatir las fake news? Difícil que el chancho vuele, como decía mi padre. No tanto porque el chancho no posea alas, sino porque viene a representar, al menos en este caso, el conjunto de nuestros prejuicios humanos, que son el verdadero detritus de nuestra historia personal y colectiva. El chancho de nuestros miedos y desconfianzas, de nuestras ansias de evitar el mal, de nuestro afán por evadir la amenaza de aquello que no vemos, pero que presentimos. De ese detritus nacen las mentiras y también los males que tanto nos oprimen. Corresponde a cada uno, en el silencio de sus reflexiones personales, hacer algo medianamente racional frente a tanta alevosía del temor y del cálculo.