Con esta realidad lo que le queda a la población africana no es un camino distinto que el de huir. Ahí los africanos tienen en común con los desplazados del Medio Oriente o los de Centroamérica la decisión de trasladarse hacia donde ven que sus condiciones pueden mejorar. Aquí no media mayor análisis pues cualquier cosa es mejor que permanecer donde se está.
Por otro lado, es claro que los muros y las vallas impiden la entrada o la salida de personas o cosas, pero las ondas electromagnéticas no tienen fronteras tan fáciles, las imágenes y sonidos de una vida mejor llegan a los infaltables receptores que en medio de la miseria son una necesidad casi primaria para paliar la dura realidad en que se vive.
El marketing, que tiene como razón de ser la venta, no sólo de productos, sino de ideas de vida basadas en necesidades creadas, hace que aquellas personas que viven en casas de chapa y madera vean cómo, del otro lado del mar, la vida es otra, las casas son amplias, las calles prolijas y se tiene dinero suficiente para -por lo menos- comer, luego de eso conseguir tal vez algún otro objeto deseado.
A partir de ahí lo que sigue es no sólo tomar la decisión de emigrar, sino saber cómo. En los lugares más golpeados por las sequías, las enfermedades y las guerras, se consolidan con mucha velocidad las mafias que se encargan de gestionar los traslados de quienes tengan con qué pagar; sin garantía alguna de por medio, claro está.
Hasei aceptó conversar con Caras & Caretas bajo la condición de usar un nombre ficticio y no ser fotografiado, pues a pesar de ser un medio del Uruguay, según dice en un español ya muy fluido: “La internet es un poco peligrosa”.
Las condiciones para llegar a España varían según el lugar de partida. En el caso de Hasei, logró llegar a Marruecos por sus propios medios vendiendo agua en varios campamentos durante meses; según él, muchos han logrado librarse así de las mafias.
Los lugares de embarque son variados y los de destino igual, este tipo de factores son los que determinan el precio a pagar a las mafias si estas se hacen cargo de todo el transporte desde los países al sur del Sahara; estos pueden oscilar entre los 2.000 y los 7.000 euros según el caso. ($ 72.000 y los $ 266.000) que son fortunas que la gente logra reunir con enormes esfuerzos, siendo tal vez el único capital que sean capaces de juntar en toda una vida de trabajo de varios miembros de una familia.
El objetivo de estos es que uno de ellos emigre, logre sortear las dificultades propias del tráfico de personas hacia Europa, llegue, se establezca y envíe por ellos; todos se someterán al tráfico, pero la diferencia en las condiciones del viaje las determina el precio pagado a las mafias.
Existe para esto otra modalidad aún más macabra de tráfico de personas. Algunas mafias reclutan migrantes que llevan en su travesía “al debe”; es importante anotar que muchas veces estos viajes duran años; dos, tres, o hasta cinco años ha invertido una persona en llegar desde el África subsahariana hasta España. Un viaje de este tipo puede hacer que la deuda adquirida con la mafia llegue hasta los 20.000 euros ($ 760.000) que los jefes de las bandas pueden cobrar como les parezca.
Ahí entra en escena otro mal, el de la trata de personas con fines de explotación laboral o sexual, muchas veces la demora en los trayectos se debe a que varias personas son víctimas de las mismas mafias que retienen a viajeros y viajeras, obligándoles a prostituirse en cualquier lugar o trabajar en fábricas en Argelia mientras “pagan su deuda”. Muchos no soportan el trato y buscan regresar, prefieren perder todo el tiempo y dinero invertidos, pero no continuar bajo esas condiciones; es contra ellos contra quienes más se ensañan las mafias.
Tan pronto el rumbo se ha definido, se determinan las posibles rutas de entrada a Europa, la primera es desde Libia a Grecia; fue una de las primeras rutas de esta ola migratoria moderna, es una por las que más gente pasa, pero los fuertes controles impuestos al arribo de las embarcaciones hace que muchos lleguen, pero pocos se queden.
Por otra parte, de Libia a Italia el flujo es menor, el trayecto es el más largo y se ha convertido en una ruta apetecida por los migrantes que viajan en embarcaciones de pequeño calado; sin embargo, no alcanza a tener el flujo de la ruta por Grecia.
Finalmente está la ruta desde Marruecos a España, que se ha convertido de lejos en la más peligrosa desde 2017, cuando la inversión de la guardia costera griega e italiana aumentó con el fin de evitar que los barcos salgan de las costas de Libia. A partir de ahí la migración se empezó a trasladar a las rutas de occidente, con la diferencia de que ya no son los grandes barcos llenos de gente, sino pequeñas embarcaciones, en algunas ocasiones hechas a mano llamadas “pateras”, que muchas veces no resisten más de tres o cuatro horas de navegación.
Pero la ruta entre España y Marruecos tiene un componente adicional, y es que existen dos ciudades que hacen parte del bloque continental marroquí en la costa norte de África: Ceuta y Melilla, pero estas en realidad son parte de España desde hace siglos, e incluso Ceuta es considerada, junto a Barcelona, una de las grandes representantes de la arquitectura moderna española; sin embargo estas dos ciudades son fortalezas separadas de Marruecos por vallas triples de seis metros de alto, con cuchillas, sensores, cámaras y tendido eléctrico con el fin de evitar que quien viene de Marruecos o el resto del continente pueda acceder a esas dos ciudades que son territorio español y tiene un constante flujo de transporte mucho menos controlado hacia la España del otro lado del Mediterráneo.
Una vez sorteada la travesía por África, en la costa de Marruecos hay varios campamentos en que los viajeros esperan el mejor clima para zarpar, a veces deben esperar meses; existe también la posibilidad de viajar escondidos en coches que atravesarán el Mediterráneo en ferry; sin embargo, el riesgo es muy alto. El viaje en patera es la salida más recurrente, las pateras se fabrican a última hora para no levantar sospechas en las autoridades marroquíes, que se han convertido algo así como en la guardia de entrada de España.
Las pateras se pueden utilizar sólo una vez, esa es la razón por la que nunca llevan motores nuevos, sino de segunda y tercera mano; incluso algunos van rotos, medio funcionando. Ninguno de los miembros de la mafia viaja en ellas. Se les dan algunas instrucciones a los viajeros y serán ellos mismos quienes deberán sortear la conducción de la embarcación, y el viaje desde este punto cuesta entre 1.500 y 2.500 euros.
Hasei tuvo suerte, logró pagar realmente poco, junto con otros dos jóvenes que conoció en Marruecos, pagaron 1.500 euros entre todos y lograron pasar en un viejo auto Zodiac, donde no tuvieron mayor dificultad, pero él sabe que esa es la excepción a la norma, la gran mayoría paga mucho y sufre más para llegar.
El viaje por mar suele durar entre cuatro y cinco horas para alcanzar las costas de Málaga, Granada o Almería; es ahí donde se pierde la mayor cantidad de vidas, la inexperiencia de quienes “voluntariamente” conducen las embarcaciones, la mala fabricación de las pateras, que son barcos de seis metros que albergan a veces a más de 20 personas o las vicisitudes propias de alta mar, que muchas veces dan al traste con el intento y arrojan al mar a sus ocupantes.
Si este es el caso, lo mejor que puede pasar es que esto ocurra antes de cumplir una hora de haber salido o que sea ya cerca de la costa española, en esos dos casos los servicios de guardacostas tienen mayores posibilidades de localizar el naufragio y recuperar a la mayoría de las personas con vida; si el naufragio ocurre en el medio del trayecto, es mucho más difícil que les localicen y el riesgo de muerte se dispara. Según Acnur, de las 27.600 personas migrantes que entraron en España entre enero y julio de 2018, 3.800 lo hicieron por tierra y los 23.800 restantes por mar (434 por Canarias, luego de un viaje de más de 20 horas en patera); los muertos o desaparecidos en el mar durante este mismo período fueron 318 personas.
La llegada de los inmigrantes a España resuelve una parte del riesgo, al menos la parte que amenaza directamente su integridad física. Lo que sigue es buscar las condiciones que principalmente impidan que sean deportados o expulsados de España.
Casi siempre quienes arriban llegan con algún referente en España, un familiar o algún amigo que les recibe y ayuda a adelantar los primeros pasos para ubicar un alojamiento y los primeros acercamientos a lo que han decidido que será su hogar por un largo tiempo.
La mayoría de los africanos que arriban de Camerún, el Congo, Guinea o Costa de Marfil, entre otros países, no saben comunicarse en español, la mayoría habla francés, otros hablan inglés y algunos solo se saben comunicar en sus lenguas maternas tribales.
La primera vez que Hasei se pudo comunicar con su madre fue tres años después de su partida y dos después de haber llegado a España; no fue fácil para ella saber las condiciones que debió pasar para llegar allá, pero le alivió tener noticias de él.
Una vez en España existen organizaciones de voluntarios que les ayudan a ubicarse en varios centros de atención que les permiten tener un lugar donde pasar las noches y recibir una alimentación básica. Esta es una alternativa viable, sobre todo para madres con niños pequeños, quienes a partir de ahí son tomados bajo la tutela del Estado hasta que cumplen los 18 años.
Luego de cumplir 18, los jóvenes entran en un limbo pues ya no están al amparo estatal, pero tampoco son ciudadanos legales, así ya lleven años viviendo allí; una de las situaciones más comunes dentro de esta realidad es que muchos inmigrantes africanos deciden abandonar España con rumbo a otros países como Bélgica, Francia o Suiza, lo que en mucho convierte a la península ibérica como un destino temporal.
La cotidianeidad de los africanos en Europa a partir de ese momento no se distancia sustancialmente de la de los demás inmigrantes, los empleos que pueden alcanzar son los que los europeos hacen cada vez menos y tienen una menor remuneración comparada con otros trabajos que requieren el mismo tiempo de dedicación. Las viviendas a las que pueden acceder son casi siempre en barrios periféricos o a las afueras de las ciudades.
Es común ver inmigrantes africanos dedicados a la economía informal como parte de la solución inmediata a sus necesidades básicas, venden lentes de sol o guantes según las estaciones, venden palos para selfies en los lugares turísticos, venden cigarros o dulces en las entradas del metro de Madrid, buscan a toda costa incorporarse lo más pronto que sea posible a la dinámica económica local.
Uno de los principales enemigos que tiene hoy la inmigración, no sólo en España sino a lo largo del mundo entero, está en el reascenso de un discurso xenófobo que se ha mezclado con “argumentos” de carácter economicista, donde se responsabiliza a la población migrante de ser la destinataria de enormes recursos producto de las políticas sociales en varios países a los dos lados del Atlántico.
Esta situación se refleja fundamentalmente en dos escenarios, por un lado, los ataques directos de grupos neofascistas que lentamente van dejando las sombras y salen a la calle a cometer actos de odio que ponen en riesgo la integridad física de quienes se conviertan en su objetivo. Por otro lado está la consolidación de este tipo de expresiones en la esfera política por medio de propuestas electorales que van tomando fuerza y logran escaños y representaciones en diferentes espacios y tienen como uno de sus principales objetivos de gobierno perseguir, deportar, expulsar o marginar a los inmigrantes.
A pesar de todos los riesgos posibles en el camino, el flujo de migración africana hacia Europa continúa, varía y se adapta a los nuevos retos que los controles de países cada vez más conservadores les imponen.
Hasei hoy atiende un quiosco frente al mercado central de Alicante, poco a poco va regularizando su situación y espera poder viajar pronto a Guinea a visitar a su madre, dice que definitivamente no va a regresar a vivir a África y que por ahora no tiene una fecha para esa visita; desde que llegó no ha salido de España, pues dice que aún siente algo de temor por su estatus migratorio.
De igual manera afirma que ha sentido el cambio del comportamiento de muchas personas hacia los migrantes en los últimos meses: “A veces es como si nos tuvieran rabia, a mí no me han hecho nada, pero un amigo senegalés en Valencia sí fue golpeado, no fue nada grave, pero esas son las cosas de las que huimos, y es triste venir a encontrarlas de nuevo aquí”.
Por ahora, a pesar del ascenso del fascismo y el ultranacionalismo español y de otros países de Europa, la migración continúa, ya que es una situación que, como bien lo ha dicho Sani Ladan, vocero y activista por los derechos de los migrantes africanos, no se debe a cosa diferente que la miseria generada por la expoliación y el saqueo que el primer mundo, o como se plantea ahora, el centro, ha causado sobre la periferia africana.