Setenta hombres, tan comunes y corrientes como Dominique, participaron de estos aberrantes hechos; setenta hombres extraños que se contactaron por la web, de todas las clases sociales, de todas las edades, muchos de ellos maridos, padres y abuelos, con vidas corrientes, trabajando en lugares corrientes, fueron capaces de violentar sexualmente a una mujer sometida químicamente bajo la única condición de ser filmados por el esposo. Hombres comunes cometiendo crímenes monstruosos.
Ícono de resiliencia
Gisèle Pelicot, quien decidió conservar el apellido de su agresor durante el juicio para que sus nietos sintieran orgullo de estar emparentada con ella y no vergüenza de la asociación con Dominique, ha sido un gran icono de resiliencia, convirtiendo la vivencia más espeluznante que le ha tocado vivir, en un ejemplo para miles de mujeres que han sido abusadas sexualmente y para las que hoy en día son sometidas químicamente y ni siquiera lo sospechan, como le sucedió a ella durante una década.
En un juicio histórico donde a pedido de la propia Gisèle las sesiones cambiaron su carácter de cerradas -para preservar la intimidad de la víctima-, a públicas para que la gente cambie la percepción social y política de la violencia sexual, donde además por primera vez en la historia judicial francesa se reprodujeron los videos de las violaciones en sala, la figura de esta mujer se fue agigantando y la sentencia “que la vergüenza cambie de bando”, se convirtió en una proclama feminista, que se puede leer en carteles, muros, remeras y redes sociales.
“Llevar esta lucha hasta el final”
Sesión tras sesión, Gisèle ha sido acompañada por decenas de mujeres que llegan al edificio donde se realiza el juicio y le hacen saber cada día que su coraje es inspirador y ella les agradece con una fortaleza excepcional: “Gracias a todos ustedes tengo fuerzas para llevar esta lucha hasta el final. Esta lucha que dedico a todas las personas que en el mundo son víctimas de violencia sexual. A todas esas víctimas, quiero decir hoy, miren a su alrededor, no están solas".
Y aunque Gisèle haya iniciado una cruzada mundial contra la vergüenza que sufren las víctimas de violencia sexual, lamentablemente aún estamos lejos de generar los cambios necesarios para que la sociedad toda asuma este compromiso.
Sin ir demasiado lejos, en tanto en Francia se llevaba adelante el juicio contra los violadores de Gisèle Pelicot, en una sala de espera de un centro de salud en Uruguay, Milagros Chamorro, una joven de 30 años se suicidó mientras esperaba asistencia médica tras un pedido incesante de ayuda en medio de un cuadro de depresión profunda.
Milagros fue violada, fotografiada, filmada y ese contenido fue difundido cuando tenía 15 años. “Esa noche no solo fui violada, fui ultrajada, me arrebataron mi inocencia, me cosificaron y me expusieron como si fuera un trofeo”, contó Milagros cuando comenzó a pedir justicia; justicia que nunca llegó.
Gisèle desde Francia, Milagros desde Uruguay y miles de mujeres a lo largo y ancho del planeta son el faro que iluminan la lucha contra la violencia sexual y “que la vergüenza cambie de bando” tiene que convertirse en ese refugio para que todas las víctimas encuentren la justicia reclamada.