Esto nos plantea dos desafíos muy importantes a las actuales generaciones de Estados Miembros. Por un lado, cómo encontrar una salida humanitaria a la actual masacre que se lleva a cabo en Gaza y cómo hacer de las Naciones Unidas un organismo que merece y merecemos los habitantes del planeta, tenga reglas acordes con nuestro tiempo.
Dos años atrás, ¿quién hubiera dicho que íbamos a despedir el 2023 con dos conflictos bélicos muy cruentos sin resolver? De hecho, el último de ellos nos tomó tan de sorpresa que ha terminado opacando el primero.
Israel fue la primea víctima. Los atentados del grupo terrorista Hamas no tienen justificación ni admisibilidad posible. Costaron la vida de 1.500 civiles israelíes y la captura de alrededor de 200 rehenes, algunos de los cuáles permanecen cautivos.
Condenable sin peros, el ataque terrorista. Ello no justifica una reacción del Estado de Israel, por decisión del gobierno de ultraderecha que dirige Benjamín Netanyahu. La Franja de Gaza es territorio Palestino donde su autoridad Nacional no ejerce control, como tampoco lo puede hacer sobre los territorios palestinos ocupados por Israel.
La reacción israelí conllevó bombardeos (incluyendo un hospital) e incursiones territoriales. El gobierno de Israel, con cada vez menor respaldo popular, intimó a autoevacuar el Norte de Gaza (hacia el Sur) para luego decir que iba a ir “por todo” en el territorio del Sur también. El saldo ha llegado a más de 20.000 palestinos muertos.
Dos terceras partes de los mismos son mujeres y niños. En una de las incursiones Israel mató dos de los rehenes que pretendía rescatar.
Si no logramos que las Naciones Unidas ponga un alto a esta impune matanza de civiles inocentes, perderá credibilidad para interceder en este o en cualquier otro conflicto. Esta es la primera asignatura que tenemos pendiente. Alto el Fuego como primer paso en Medio Oriente.
Palestina e Israel fueron creadas en un mismo acto de la ONU, hace 75 años con una intervención determinante de Uruguay, en la pluma de su Embajador Enrique Rodríguez Fabregat.
Aún cuando la ONU encuentre un camino para mediar en el conflicto del Medio Oriente la Comunidad Internacional se debe sí mismo una adaptación de sus normas de funcionamiento multilateral. Las mismas como hemos dicho, fueron hechas para un mundo muy distinto al éste en el que vivimos.
Los cinco países “ganadores” de la II Guerra Mundial son miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Como tales tienen derecho a veto de las resoluciones de éste. Ellos son: Gran Bretaña, Francia, EEUU, Rusia y China.
Hoy, por ejemplo, ¿podemos pensar en Alemania unificada como el país gobernado por el Führer y derrotado en el 45? Hoy, junto a Francis integra el Consejo de la Unión Europea, un país un voto. Pero en la ONU teóricamente Francia puede vetar una resolución presentada por Alemania. O aún una propuesta de EEUU o Rusia, también miembros permanentes.
Un ejemplo del absurdo de las actuales reglas, lo demuestra el caso de China. Desde la fundación de la ONU se le considera un Estado miembro permanente. Pero durante muchos años, desde la fundación de la ONU en el 45 se reconoció como su gobierno legítimo, al de la pequeña Isla de Taiwán ignorándose al instalado en Beijing que gobernaba sobre unos 1.400 millones de China.
En 1945, los nuevos vientos que comenzaban soplar en el mundo (hace casi 50 años y 30 después de su fundación) la ONU reconoció al gobierno de la República Popular China. Automáticamente de no tener voz ni voto en ninguno de sus órganos pasó a tener derecho a veto en el Consejo.
A la Inversa, Taiwán pasó de tener derecho a veto a no tener vos ni voto, ya que ninguno de los dos Estados, que se reconocen como titulares de la soberanía china, permiten el doble reconocimiento.
Todo ello demuestra que solucionado lo antes posible el tema del Alto el Fuego la primera tarea deberá ser tener mecanismos aptos de nuestra máxima instancia multilateral. El Mundo, Y sus organizaciones, debe ser más confiable.