“Los ancianos son sabiduría y me ayudan mucho. Yo también soy viejo, ¿no?, pero los ancianos son como el buen vino que tiene esa historia añeja, y los encuentros con ancianos me renuevan, me rejuvenecen, no sé por qué… son momentos hermosos, preciosos”, manifestó.
Se refirió a su dolor por el horror de la guerra y rememoró sus visitas a los cementerios militares de Redipuglia y Anzio, en la conmemoración del desembarco de Normandía, la vigilia para evitar la guerra en Siria, el conflicto en Ucrania, y aseveró que “detrás de las guerras está la industria armamentística, esto es diabólico”.
“Me duele ver a los muertos, jóvenes, sean rusos o ucranianos, me da igual, que no vuelven. Es duro”, afirmó, y añadió que no esperaba que él, un obispo venido del fin del mundo, “fuera el Papa que dirigiera la Iglesia universal en tiempos de la Tercera Guerra Mundial. Pensaba que lo de Siria era algo singular, luego vino lo demás”.
Enunció las tres palabras que corresponden a sus “tres sueños” para la Iglesia, para el mundo y para los que gobiernan el mundo, para la humanidad: fraternidad, llanto, sonrisa.
“Fraternidad humana, todos somos hermanos, reconstruir la fraternidad. Aprender a no tener miedo de llorar y sonreír: cuando una persona no tiene miedo de llorar y sonreír, es una persona que tiene los pies en el suelo y la mirada en el horizonte del futuro. Si uno se olvida de llorar, algo va mal. Y si uno se olvida de sonreír, es aún peor”.