Vuelta del trabajo entre sirenas y misiles
En diálogo con Caras y Caretas, el uruguayo comentó cómo vivió el último bombardeo que lanzó Hezbolá la pasada madrugada de este lunes 12 de agosto que tuvo como objetivo el cuartel general de mando de la 146.ª división en Ga’atun.
Pero algunos de los cohetes Katiusha, lanzados desde el sur del Líbano, explotraon en Kibutz cercanos a la ciudad y otros fueron interceptados por misiles del domo de hierro israelí, como evidencia la imagen de abajo, en una zona residencial de Nahariya.
El uruguayo vive en la zona céntrica de la ciudad y trabaja desde hace nueve años en una fábrica de roscados cerca de Rosh HaNikra, pueblo que se encuentra pegado a la conflictiva frontera con el Líbano. En su trabajo, es normal que los compañeros vayan armados con ametralladoras.
Contó que salió de trabajar a la 1:40 de la mañana (hora local) y dos minutos después empezó a sonar la alarma de misiles, por lo que "me tiré de cabeza contra un muro al suelo", y a los pocos instantes escuchó las fuertes explosiones de los misiles lanzados por Hezbolá.
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Cuando son interceptados por el domo, las explosiones entre misiles "te ponen los pelos de punta" comentó el uruguayo, aunque lo que le queda resonando en la cabeza por varias horas y varias noches es el agudo sonido de la sirena que alerta por los misiles que son lanzados a pocos km de distancia, por lo que no permiten demasiado margen de tiempo para cubrirse en los miklat (búnkers) donde los israelíes se refugian de los bombardeos. Además, ultimamente están llegando drones que hacen que los ataques sean más silenciosos y sofisticados que antes.
El peligro latente y la posibilidad de irse de Israel
Pero la casa donde vive es vieja y no tiene un miklat en dónde esconderse dentro de los doce segundos posteriores al sonido de la sirena que alerta la llegada de misiles.
"Estoy regalado, el más cerca me queda una cuadra y media y tengo 12 segundos para llegar... ni Usain Bolt llega", comentó el uruguayo que, a pesar del miedo y la tensión, no pierde el humor, aunque la esperanza de que triunfe la paz en esa zona se le va apagando poco a poco.
Aún con el ruido en la cabeza, mientras cocina un omelet y toma un vaso de cerveza, se despide para poder conciliar el sueño tras la adrenalina y la tensión que le dejaron las sirenas y los misiles de Hezbolá; mientras sigue latente la amenza de un gran ataque iraní.