Con diferentes planteos estéticos y técnicas, el llamado arte callejero se ensambla con el paisaje urbano y lo redefine hasta límites críticos. Desde sus primeras manifestaciones locales, en los años sesenta y principios de los setenta, estas expresiones han convertido los muros, las paredes, monumentos, portones, en soportes para comunicar críticas sociales, generar comunidad, conmover y activar otras formas de percepción y significación estética en estrecha interacción con el contexto.
Para los comisarios de la corrección y los buenos modales urbanos, tales intervenciones son manifestaciones de vandalismo, son prácticas que ameritan la persecución policial y la condena de la Justicia. Y, para algunos “buenos vecinos” estos artistas de los muros se han convertido en delincuentes -o pseudodelincuentes- a los que, ante la menor actitud “sospechosa”, como la contemplación de su propia obra, se los puede reprimir con balas. ¿Les suena conocida la referencia? El trágico final del joven creador Felipe Cabral, que firmaba como Plef, es prueba de esas acciones que privilegian la violencia más bestial en nombre de la seguridad.
Ante semejante polarización se han dejado de lado otras discusiones y análisis sobre las distintas líneas estéticas y sus técnicas que hacen a este complejo fenómeno del arte callejero. La represión, la repintada de muros y cortinas metálicas para devolverles la decencia y la corrección más insulsa, han desvelado a vecinos e instituciones, mientras la academia y otros campos de reflexión guardan el debido silencio. Por otro lado, en los últimos años algunas asociaciones comerciales y entidades oficiales han desplegado estrategias para captar a los cultores más conocidos de estas prácticas artísticas para ¿disciplinarlos?, y cederles fachadas para que, ahora sí, sus intervenciones no se consideren vandálicas. Con permisos todo es diferente; otros grafiteros no van a destruir lo que sus colegas han hecho.
¿Cuál es el límite entre el vandalismo y las artes callejeras? ¿Quién o quiénes discuten sobre ese límite sinuoso, delicado? ¿Todo vale en este campo? ¿Para definir esto alcanza con apelar a las constricciones del arte culto, “superior”, para definir lo bello y lo válido? ¿Quién o quiénes generan pensamiento en torno a lo efímero de estas expresiones y sobre las posibles formas de mantenimiento y recuperación?
Toda manifestación artística opera con una doble condición. Está la condición estética, una forma de construcción de significados que se diferencia de los lenguajes cotidianos a partir de movilizar una correlación a la vez intensa y abierta -de extensión inespecificable- entre significantes, referencias y redes de interpretaciones. Por otro, se activa la capacidad para ser un marcador de la diferencia social, un tópico sobre sobre el que hay ríos de tinta con discusiones, análisis, investigaciones sobre los comportamientos del gusto y sus nexos con los contextos sociales y los capitales culturales.
La creación del circuito de murales en Villa Española y Unión está atravesada, inevitablemente, por estas discusiones. Estas obras, algunas de elogiable valor, como la de David de la Mano en el Paseo Miró, antes que actuar como meras decoraciones urbanas son dispositivos que interpelan otras formas de apreciación y apropiación. No funcionan como las obras que se exponen en los circuitos de galerías y museos. El contexto edilicio, vial y humano hacen que la contemplación detenida se superponga y se revuelva con el pasaje distraído de otros peatones, con el ruido del tránsito, con un improvisado puesto de venta de ropa, con el hurgador de contenedores. Al mismo tiempo, cada obra resignifica su entorno y moviliza otras acciones sobre las construcciones más cercanas, y establece otras vías de contacto y compromiso entre los ocasionales paseantes, los vecinos y los artistas que se instalaron en el lugar.
¿Estas creaciones son expresiones del disciplinamiento de la forma artística? ¿Cómo son las nuevas formas de interacción significante entre el barrio y los murales? La discusión está abierta, y ojalá que trascienda la constatación de que quedó lindo -que ya es muy importante-, para ahondar en esas apasionantes tensiones entre arte y sociedad.