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El "extremo centrismo" devora al gobierno del FA: revolucionar las democracias y democratizar las revoluciones

Olvidarse de la ideología y de la propia identidad, su pasado y su cultura, alejará a la izquierda de su electorado y del triunfo electoral que busca con su “extremismo centrismo”.

Días pasados leí con ayuda tecnológica, dada mi ceguera, un artículo del politólogo Adolfo Garcé con el que insólitamente coincidí en su forma y en su esencia. Casi nunca en el pasado había coincidido con Garcé. Cuando en varias ocasiones me reuní con él en el diario La República, fueron pocas las coincidencias que nos acercaron. Sin embargo, su actual análisis sobre los peligros del oxímoron “extremo centrismo”, así lo definió Garcé, me sorprendió por la coincidencia con lo que vengo diciendo desde que edité mi último video en La Cosa Vostra, un mes antes de las últimas elecciones.

El politólogo, que no peca por sus simpatías por la izquierda, sino todo lo contrario, afirma en su análisis que: “La polarización, el primer riesgo que señaló la ciencia política moderna, ha dejado paso al peligro opuesto: el extremo centrismo, si me perdonan el oxímoron. Si los partidos, en aras de la búsqueda de los tan manidos electores indecisos autoidentificados como centristas, desdibujan (siguen desdibujando) sus tradiciones ideológicas, dejaremos de ser un buen ejemplo de democracia exitosa. Los partidos sin ideología, tarde o temprano, se desploman. Cuando se desploman los partidos, la democracia también. En verdad, no es imprescindible desdibujarse y parecerse a los electores de centro para conquistar su apoyo. Es mucho mejor, y hasta podría ser más efectivo, el camino de persuadirlos. La consigna ‘olvidemos la ideología, hagamos lo que funciona’ tiene otra vertiente muy interesante en términos analíticos y muy potente en Uruguay: el pragmatismo. El pragmatismo fue una escuela filosófica de gran influencia en las primeras décadas del siglo XX, especialmente en EEUU. Según esta escuela, no es posible conocer a priori, es decir, antes de la experiencia, qué es lo que funciona y qué es lo que no. Para conocer hay que hacer”.

Como vemos, Garcé desnuda con eficacia el pragmatismo que tan enérgicamente denuncié en el vídeo número 10 de La Cosa Vostra de noviembre de 2024.

En ese video de noviembre de 2024 , sin saber que el Frente Amplio ganaría las elecciones inmediatas, yo alertaba sobre el peligro del pragmatismo político y la tentación de rendirse a políticas centristas desideologizadas en aras de instalar un retrete electoral que asegurara próximos gobiernos, sacrificando en el altar del poder la esencia de la izquierda nacional, porque es necesario vivir como se piensa; de lo contrario, se terminará por pensar como se ha vivido.

Mi temor está siendo confirmado. El pragmatismo y el extremo centrismo hoy reinan y gobiernan en este nuevo mandato progresista, con las mejores intenciones, pero solo gestionando en piloto automático sin abordar los profundos cambios necesarios para mejorar la vida de la población. Abrazando la “realpolitik”, sometiéndose al sofisma de hacer lo que sale bien, aunque salga mal, intentando seducir a las capas medias, con la obsesión de ganar las próximas elecciones, sin preguntarse la misión encomendada del “¿para qué?” o del “¿por qué del cómo?”. Parecen querer ingresar en la acción sin ideas, que es el inicio del político a diferencia de las ideas sin acción que es el pecado del intelectual.

Por supuesto que está política de “olvidemos la ideología, hagamos lo que funciona” se lleva a cabo con la certeza y el convencimiento de que se favorece a los más necesitados, de que se busca el bienestar del pueblo, y exhibiendo una honestidad muy distinta a la presentada por la corrupción del gobierno anterior.

Es difícil contradecir hoy las afirmaciones de Ricardo Antunes en una entrevista hecha por Daniel Gatti publicada el 30/10/2025 en el semanario Brecha. En dicha entrevista, Antunes afirma: “Lo que un siglo atrás se podía llamar principio de esperanza estaba del lado de la izquierda. Hoy esa izquierda apenas aspira a ganar las elecciones para reducir el daño. Gestiona, no cambia. Y lo hace en nombre de un «realismo» que en los hechos oculta su incapacidad para imaginar nada que se salga del universo del capitalismo”.

Y para peor, todo este esfuerzo pragmático y desideologizante obtuvo resultados contrarios a lo esperado.

Una realidad política que interpela

Las encuestas vaticinan una tragedia electoral que, aclaremos, no es real, porque esa baja radical en la aprobación del gobierno se debe a que solo el 45 % de los votantes del Frente Amplio aprueba la gestión del presidente Orsi, y un 28 % desaprueba sin titubeos la gestión de la izquierda. Ese fuego amigo que grafica el descontento de los votantes de izquierda indudablemente influyó en las encuestas. Pero ese fuego amigo, hay que decirlo, jamás votará a la derecha. Es un fuego de izquierda que quiere más izquierdismo en el gobierno del Frente Amplio. Que no se ilusione la Coalición Multicolor, esos votos los repudian más que los que apoyan al Gobierno. Esos encuestados de izquierda que hicieron bajar los índices de aprobación del presidente Orsi son votos indignados que siguen la consigna milenaria de la izquierda uruguaya: “No perdamos nunca la capacidad de indignarnos no renunciemos jamás al derecho a la indignación”. Lo cierto es que la izquierda uruguaya vive hoy momentos de gran incertidumbre y confusión. La historia está neurótica. La angustia se impuso a la pasión militante.

Coincido con Garcé, olvidarse de la ideología y de la propia identidad, su pasado y su cultura, alejará a la izquierda de su electorado y del triunfo electoral que busca con su “extremismo centrismo”.

Las barbas en remojo

Por otra parte, la geopolítica mundial nos está dando una lección que prueba la existencia de estos temores. Desde Aristóteles, Maquiavelo y Alexis de Tocqueville, los tres más brillantes analistas políticos de todas las épocas nos han señalado los peligros de esta contradicción.

El cambio civilizatorio iniciado por Donald Trump al derogar el derecho internacional, implantando el derecho de los más fuertes, ha resultado ganador en numerosas naciones que un par de décadas atrás era impensable que dieran ese paso, debilitando las democracias representativas.

En todo el orbe se multiplican las extremas derechas que pulverizan el centrismo y el centro derecha que se había adueñado de ese sitio donde el péndulo se detiene un instante.

Son numerosos los ejemplos al respecto. En Argentina fue derrotado el centrismo de Alberto Fernández al alejarse del progresismo de izquierda de Cristina Kirchner. Y también el centrismo de Horacio Rodríguez Larreta, al competir con el radicalismo de Patricia Bullrich, que se impuso y decretó su sepultura política.

En Colombia, los actuales comicios enterraron el centrismo de la centroderecha de Uribe, derrotada por la ultraderecha del trumpista Abelardo de la Espriella.

En Brasil el extremismo de Bolsonaro no dejó espacio alguno a la centroderecha que apoyaba tímidamente a Lula, podríamos decir que casi no existe centroderecha en Brasil.

En Venezuela no hay espacio alguno para el centro político. Es neochavismo o antichavismo.

En Chile triunfó la ultraderecha José Antonio Kast que condenó al ostracismo al centro político, más allá de su debilidad parlamentaria.

En Ecuador, el bukelista Guillermo Lasso hizo desaparecer la centroderecha y se impuso en un empate técnico con la pujante izquierda ecuatoriana.

En Perú, la ultraderecha fujimorista se impuso opacando la presencia de su prima hermana la centroderecha.

En El Salvador, el ultraderechista Nayib Bukele, con su política de mano de hierro contra la delincuencia, se convirtió en el presidente con mayor aceptación electoral del mundo, obteniendo incluso porcentajes importantes de simpatía entre los votantes frenteamplistas, según las últimas encuestas. Hizo desaparecer tanto a la centroderecha como a la izquierda salvadoreña que en otras épocas gobernó con el Frente Farabundo Martí.

En América Latina las excepciones son el pujante y solidario México de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum con un apoyo multitudinario de su pueblo; Paraguay, que desde hace 70 años sigue gobernando la centroderecha; Bolivia, donde se impuso el centroderechista Rodrigo Paz, y nuestro Uruguay, donde la centroderecha de los partidos Blanco y Colorado alterna gobernanza con la izquierda frenteamplista. Estas son las únicas cuatro excepciones importantes que confirman la regla del avance de la ultraderecha.

América Latina y Europa Oriental son formidables ejemplos de lo que está sucediendo, con pocas excepciones, como la derrota de Viktor Orbán, que confirman la regla.

Trump, Milei, Bolsonaro, Kast, Noboa, Fujimori, Bukele, De la Espriella no dejan espacio al centrismo político.

La pregunta estratégica es si el camino correcto es seguir apelando a las veleidades del centrismo o acorazar nuestra identidad y disputar idea contra idea, honestidad contra corrupción, izquierda contra derecha. La tarea no puede consistir simplemente en adaptarse al sentido común dominante, sino en construir un nuevo sentido común de las masas; reconstruir el sentido común de la gente que termina votando al neoliberalismo que la castiga.

Es claro que está instalado un nuevo laboratorio político que exige creatividad constante. Debemos evitar el envejecimiento precoz de la izquierda. O ya no entendemos lo que está pasando o ya pasó lo que estábamos entendiendo. Es necesaria una nueva epifanía para el Frente Amplio. ¿Qué horas marcará el sol de la izquierda?

Pero no tengo duda de que apelar al centrismo en este cambio epocal civilizatorio de polarización constante es desconocer la realidad que nos golpea jornada tras jornada.

De todos modos, cierto es que en nuestro país no ha surgido el fenómeno de las ultraderechas emocionales, ajenas a toda democracia representativa, y que existe una centroderecha que es mayoritaria en nuestra cambiante y veleidosa clase media. También es cierto que la clase media está siendo severamente afectada por las políticas de la centroderecha blanqui-colorada y que el Frente Amplio ha incorporado a la clase media a decenas de miles de ciudadanos que escalaron ese peldaño social.

Incluso esas capas medias quieren definiciones claras para definirse. Quieren saber de qué izquierda estamos hablando y cuál es el rostro verdadero de la derecha uruguaya. Porque, pese a todos los intentos de mimetización, no hay una grieta, sino una cordillera ideológica que nos separa. No sirven afeites improvisados ni ropajes nuevos. Quieren verlos tal cual son. Mimetizarse en lo que uno no es solo produce frustraciones y además pérdida de humor militante y de votantes traumatizados, que apelan a la idiotés griega, a la indiferencia, a la no participación. Esta puesta actual de nuestro Gobierno hacia el centro político me recuerda la advertencia de un estratega que cambió la historia de Argentina con todas sus sombras y el error de no haber logrado que la izquierda fuera su aliada, Juan Domingo Perón, declarando junto con Evita en este tema que “la opinión independiente es igual a indiferencia o estupidez política, los independientes o los centristas son volátiles, 3 días con uno y 3 días contra uno”. Parece reeditar el mensaje bíblico: “¡Ojalá fuese frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

Quizás el desafío de esta nueva época pueda resumirse en una doble exigencia: revolucionar las democracias y democratizar las revoluciones.

Por Federico Fasano Mertens

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