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Columna destacada | Lula

La épica del obrero presidente

El octogenario obrero metalúrgico jubilado, quien padeció un encarcelamiento arbitrario, logró derrotar, en un épico balotaje, al miembro de una familia de multimillonarios que gastó una fortuna en publicidad electoral y tecnología

En 1971 se estrenó en nuestro país el docudrama italiano “La clase obrera va al paraíso”, del cineasta izquierdista Elio Petri, que denuncia las paupérrimas condiciones laborales de una fábrica. A raíz de un accidente de trabajo en el que pierde un dedo, el protagonista, encarnado por el magistral actor comunista Gian María Volonté, quien actuó también en la no menos emblemática película “Sacco y Vanzetti” recreando a un gremialista anarquista que fue ejecutado por un crimen que no cometió, asume la urgencia de afiliarse a un sindicado que lo cobije en el ejercicio de sus legítimos derechos y le permita enfrentar el inmoral abuso patronal.

Aunque esta es una historia de ficción testimonial, se parece mucho a la peripecia de Luis Inácio Lula Da Silva, quien, con 81 años de edad, fue electo presidente de Brasil por cuarta vez, un hito histórico absolutamente inédito, fruto de su descollante gestión de gobierno y de su sensibilidad social que, en sus primeros dos mandatos, le permitió abatir radicalmente la pobreza y ensayar un monumental salto cualitativo en materia económica y de desarrollo humano, que fue detenido por el retroceso que supuso el gobierno del fascista militar retirado Jair Bolsonaro, hoy privado de libertad por liderar un complot tendiente de concretar un golpe de Estado.

El octogenario obrero metalúrgico jubilado, quien padeció un encarcelamiento arbitrario, logró derrotar, en un épico balotaje, al miembro de una familia de multimillonarios que gastó una fortuna en publicidad electoral y tecnología y tenía el apoyo del imperialismo norteamericano y de su presidente, el emperador Donald Trump, quien incurrió en deleznables injerencias en el proceso electoral brasileño, con aumento de aranceles a la exportación de productos hacia la potencia del Norte, a los efectos de castigar la influencia de Lula en la región, que combatió en todos los foros internacionales los desbordes de poder del megalómano inquilino de la Casa Blanca, tanto en la hoy colonizada Venezuela como en otros países latinoamericanos y en Medio Oriente.

Este pernambucano de nacimiento nacido en una familia numerosa padeció inenarrables penurias en su infancia y adolescencia y el alcoholismo de su padre, fue lustrabotas y trabajó como tornero en la industria metalúrgica, donde perdió un dedo de una mano, al igual que el personaje de ficción del film “La clase obrera va al paraíso”.

Flávio Bolsonaro, que fue derrotado en forma contundente por más de cuatro millones de votos y al perder su condición de senador deberá enfrentar a la Justicia bajo la acusación de evasión y lavado de activos, ahora pide la anulación del acto electoral, invocando un eventual fraude, pese a que él también solicitó la ampliación del horario de votación por razones climáticas que habían impedido que muchos sufragantes se avecinaran a los circuitos para cumplir con su obligación cívica. Obviamente, quiere ensayar la misma jugada que su padre delincuente, que intentó un golpe de Estado para evitar que Lula asumiera su tercer mandato en 2022.

Realmente está desesperado, porque sabe que se le viene la noche, al igual que a su aliado Donald Trump, que seguramente perderá el control de la Cámara de Representantes y puede perder la mayoría en el Senado en las elecciones de medio término previstas para el próximo martes.

Es fácil imaginar la ira del multimillonario emperador, quien fue desafiado por un obrero que le puso coto a sus abusos de poder y a su tentación de apropiarse de los recursos del país con mayores riquezas de Sudamérica, que, en caso de haber ganado Bolsonaro, hubiera sido saqueado con privatizaciones a granel. Gracias a la sabiduría del pueblo brasileño, como lo proclamó Lula en su discurso triunfal, “Brasil no es el patio trasero de nadie”, en alusión a una añeja expresión de la Guerra Fría, que proclamaba que América Latina era “el patio trasero” del norte desarrollado e imperialista.

Al igual que el Frente Amplio en Uruguay, el Partido de los Trabajadores corroboró, una vez más, su músculo militante, a lo cual se sumaron marchas de jóvenes y mujeres, logrando revertir un panorama electoral complejo, luego de que el candidato ultraderechista, quien, ya sintiéndose ganador, había comenzado a definir su gabinete ministerial, lograra superarlo en la primera vuelta. Empero, nuevamente las urnas frustraron el intento entreguista del clan oligárquico militar.

El burgués y vástago del golpista Jair Bolsonaro pagó caro los horrores cometidos en los dos debates televisivos, como mofarse de Lula por haber perdido un dedo en un accidente laboral y tener que disculparse por no haber votado en el senado la extensión de la licencia maternal, haciendo una opción clara por el empresariado y no por las mujeres trabajadoras, que votaron masivamente el presidente brasileño.

Incluso, luego de haberse negado a apoyar la enmienda constitucional que limita la jornada laboral a 40 horas semanales, cambió su voto, en forma oportunista, porque advirtió que estaba perdiendo terreno con su adversario. Por supuesto, su postura inicial también era favorable a las patronales, que, al igual que en Uruguay, se niegan a concederle este beneficio a los trabajadores, afirmando que afecta la productividad y los costos laborales.

Naturalmente, la actuación del líder opositor en los dos debates televisivos, que sí movieron la aguja electoral, fue lamentable. Mintió a cara de perro, al igual que la derecha uruguaya, se mostró inseguro, se mofó de su adversario y cayó en permanentes contradicciones. Que el lobo se vista con piel de cordero no siempre rinde sus frutos. En un país tan nacionalista como Brasil, aliarse a un líder extranjero no es redituable, y menos aun prometer la privatización de la mayoría de las empresas estatales.

Como es lógico, en Uruguay las reacciones fueron dispares. Mientras el Frente Amplio celebró el triunfo de Lula, la derecha experimentó un fuerte cimbronazo. El secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, proclamó: “Derrotados son los que dejan de luchar”, como en su oportunidad lo afirmó el expresidente y líder de la izquierda José Mujica. Por supuesto, en 2024, aunque en la primera vuelta electoral de octubre el FA fue el partido más votado, fue superado por la suma de los partidos de derecha. Sin embargo, en el balotaje de noviembre Orsi aventajó a Álvaro Delgado por casi cien mil sufragios.

En tanto, el impresentable senador blanco Sebastián Da Silva lamentó el desenlace electoral, instando a su conglomerado de derecha a poner las “barbas en remojo” y a no menospreciar la capacidad de la izquierda para recuperar terreno, con el horizonte puesto en las elecciones de 2029. En tono más moderado y disimulando su desazón se expresó el diputado colorado Felipe Schipani.

Tiene razón el legislador nacionalista. A tres años de la convocatoria a las urnas, no hay nada definido. Incluso, el triunfo de Lula constituye una motivación adicional para encender a pleno los motores de la militancia izquierdista y evitar el regreso al poder de la derecha apátrida, hambreadora y corrupta.

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