¿Cuáles son actualmente las principales desigualdades en el medio rural?
Los grandes ejes de desigualdad se observan en el acceso a recursos en general y a la autonomía económica. Las mujeres tienen menor titularidad y menor decisión sobre los bienes: los predios, la tierra, la maquinaria, los animales. También tienen menor acceso al conocimiento y la asistencia técnica que les permite producir. Además, hay una dimensión en lo que tiene que ver con la autonomía política y presencia en los territorios. Que la voz de las mujeres se escuche en los lugares donde se toman las decisiones del modelo de desarrollo. A esto se le suma la violencia basada en género, que forma parte de una limitación para todo lo anterior. Por otro lado, las mujeres rurales tienen una preocupación por lo ambiental, que tiene que ver con cómo estamos socializadas, y esta agenda muchas veces no es tenida en cuenta.
¿Qué implica construir un medio rural y un sector agropecuario con equidad de género?
Lo primero que pensamos cuando nos encaminamos a construir un sector agropecuario con equidad de género es que no podía ser decidido desde un escritorio, sino que hay que construirlo con la población involucrada. Lo que terminamos jerarquizando es el acceso a un empleo agropecuario de calidad y a los recursos productivos, ya que las mujeres ingresan menos al mercado de trabajo y en condiciones de mayor precariedad. Otra dimensión tiene que ver con lograr un sector en el que mujeres y disidencias accedan al conocimiento, que sean parte de la investigación, del diseño del modelo de desarrollo y que tengan un lugar en la producción de conocimiento. Un agro más equitativo es donde las mujeres puedan elegir quedarse, que el medio no las expulse.
En octubre se lanzó la Política de Género Agro y su Plan de Acción 2025–2029, ¿en qué se diferencia este nuevo plan al del periodo anterior?
Venimos de una amplia trayectoria de trabajo con el sector, donde realmente hemos logrado algunos movimientos. Hay una maduración que permite ir perfeccionando las herramientas, organizar mejor la estructura del plan e ir hacia líneas más sustantivas. La primera diferencia es que el plan anterior era un conjunto de compromisos a realizar durante la administración. En esta política, estamos proyectando hacia 2040. No estamos diciendo solo lo que vamos a hacer, sino que estamos discutiendo con la comunidad cuál es el agro que queremos para el futuro. Hay un acuerdo multisectorial policlasista.
Otra diferencia es que el plan de acción 2025-2029 incluye, por ejemplo, un componente ambiental que antes no teníamos. Lo incluimos porque en la ejecución anterior nos dimos cuenta de que era una agenda muy importante para las mujeres. Por ejemplo, capacitación en producción sustentable, campañas sobre normativa y gestión de agroquímicos e incorporar la perspectiva de género en proyectos ambientales vinculados al agro. Este es uno de los seis ejes del nuevo plan para la equidad.
¿Y cuales son los otros cinco ejes del plan actual?
Otro de los ejes tiene que ver con cómo se estructuran los sistemas agroalimentarios. Incluye el fomento de la producción agropecuaria, cadenas de valor, acceso equitativo a la tierra, trabajo con el sector empresarial y asalariado, pasantías para mujeres rurales, acciones para la soberanía alimentaria de las trabajadoras, así como incorporar la perspectiva de género en los sectores de vitivinicultura y pesca. Por ejemplo, dentro de este eje, hay convocatorias a mujeres, colectivas o individuales, a partir de la cual se le transfieren fondos para que impulsen sus proyectos productivos. La meta es alcanzar a unas 1000 mujeres. Es una línea que hemos tenido en distintos momentos, pero que no hemos podido mantener en forma permanente.
La gestión del conocimiento es otro eje que implica la capacitación y formación a mujeres, la promoción de la perspectiva de género en la investigación agropecuaria, la formación de género para 700 extensionistas y funcionarios, involucrar técnicos o técnicas con formación agraria que trabajen con las unidades de producción para que incorporen cambios, procesos y demás. Con respecto a la capacitación agropecuaria nos planteamos una meta ambiciosa de llegar a 3.000 mujeres.
El otro componente es el de participación y cambio cultural. Esto implica el fortalecimiento del rol de liderazgo de las mujeres en el agro, la sensibilización de la población rural en lo que tiene que ver con los derechos y las desigualdades de género, así como campañas de comunicación para el cambio cultural. Creemos que la dimensión del cambio cultural es importante porque el país viene observando algunos retrocesos en materia de concepciones hacia la igualdad. En esta línea, estamos trabajando en un dispositivo específico para facilitar el acceso a la información por parte de las mujeres, ya que muchas veces no les llega o se queda en el varón que actúa como el vocero de la unidad productiva.
La institucionalidad agropecuaria es otro de los ejes. Tiene que ver con fortalecer los ámbitos dedicados a los temas de género y equidad en la interna de la institución, la sensibilización y formación del funcionariado,etcétera.
Por último, tenemos un eje de evaluación y monitoreo. Esto implica que, a través de un acuerdo con Agesic, toda la política esté transparentada y pueda ser monitoreada. Cualquier persona está a un clic de saber qué se hizo y qué no se hizo. Además, la existencia de una comisión de seguimiento, integrada por las nueve organizaciones fundamentales del agro, que se va a sentar a discutir cada dos meses.
¿Cuál es la situación financiera como para cumplir con todos estos objetivos?
A nivel del Ministerio de Ganadería, logramos que se incluyera un artículo vinculado directamente a género. En el contexto general, creo que es un escenario positivo, ya que estamos en un contexto presupuestal desafiante. Obviamente no es suficiente y nuestra aspiración siempre es más alta. Estamos solicitando 5 millones de pesos anuales de refuerzo para poder financiar la línea que tiene que ver con las asalariadas y las convocatorias. Por otro lado, una parte importante de la ejecución de esta política, tiene que ver con incorporar la mirada transversalmente. Por ejemplo, venimos de una trayectoria de trabajar con el sector granja que no se financia de un presupuesto específico de género, sino de un presupuesto de granja. Entonces, no está etiquetado como género. En términos generales, nuestro plan se financia a través de acuerdos con organismos internacionales, acuerdos internos de transversalización y con la ley de presupuesto. El plan anterior, que también tuvo una alta ejecución, tenía incluso menos presupuesto. Lo que es seguro es que lo que tenemos proyectado, es para cumplirlo con el presupuesto ya pedido y con lo que ya acordamos con los organismos internacionales y con nuestras propias instituciones.
Anteriormente mencionó que venían de una trayectoria que logró avances, ¿cuáles son los principales?
Lo primero es que comenzamos a ver a mujeres referentes en institutos agropecuarios designados por la sociedad civil, en juntas directivas o consejos. Ahí se observa un proceso muy claro, que está estudiado: una mayor participación de las mujeres en las organizaciones. Por otro lado, vemos que se comenzó a mover la aguja de otros indicadores importantes: hemos logrado incrementar más de un 10 % la participación de las mujeres en las políticas. Las mujeres están dejando de percibirse como una ayuda o la esposa del productor para concebirse como productoras, que siempre lo fueron. Y desde el Estado también la estamos concibiendo como productoras. En materia de tierra, por ejemplo, según datos preliminares del censo, las mujeres pasaron a representar el 26 % de las explotaciones agropecuarias. En los últimos censos las cifras estaban entre el 19,2 % y 19,7 %. Es la primera vez que se logra romper ese techo del 20 % que parecía inamovible. Eso se construye con la política de tierras de Colonización, pero también requiere movimiento en el mercado y un cambio cultural. También se está incrementando la participación de las asalariadas, pero a la vez más mujeres lo hacen en condiciones de trabajo más zafrales y precarias. Ahí hay una línea para seguir trabajando: está buenísimo que ingresen más mujeres al mercado de trabajo agrario, pero es importante que las condiciones laborales sean óptimas.
Más allá de los objetivos institucionales del plan de acción, y a nivel más personal, ¿qué espera que se logre en este periodo, que desafios considera prioritarios?
Que todas las personas visualicen a las mujeres como trabajadoras del medio rural. Entender que tienen un enorme potencial de trabajo y romper ese mito de que la fuerza es el determinante del trabajo agropecuario, en un sector cada vez más tecnologizado. Eso cambiaría la economía de las mujeres y del país. La segunda es la incorporación de la agenda que están construyendo las organizaciones de mujeres al modelo de desarrollo. Las mujeres tienen una preocupación muy importante por la seguridad y la soberanía alimentaria, por lo que pasa con sus comunidades, los territorios y el ambiente. Al sector le haría muy bien incorporar esa agenda. Otro desafío que entiendo clave es el reconocimiento de la importancia del trabajo reproductivo en el sector agropecuario.