Ese voto cruzado es la primera oportunidad de Lula: su figura sigue por encima del desgaste de su partido.
Una elección distinta
En la segunda vuelta, el lastre de los candidatos locales desaparece. El domingo nadie votará a un gobernador ni a un diputado del PT: la boleta se reduce a una sola pregunta, Lula o la familia Bolsonaro.
Ahí aparece la segunda oportunidad. El apellido Bolsonaro despierta un rechazo que pesa en una elección polarizada. A comienzos de año, Quaest registraba que el 46 % de los brasileños temía más el regreso de la familia Bolsonaro al poder, frente a un 40 % que temía más la continuidad de Lula.
Lula, además, conoce este terreno. En 2022 le ganó el balotaje a Jair Bolsonaro por 1,66 puntos y 1,9 millones de votos, una diferencia de magnitud similar a la que hoy necesita revertir.
La remontada ya empezó
La tercera oportunidad está en los votos que no se emitieron. Los 2,2 millones de votos que separan a los candidatos son una fracción de los casi 39,5 millones de brasileños que se abstuvieron o votaron en blanco o nulo. Para medios como Brasil de Fato, esa abstención es una reserva en disputa, y la campaña de Lula salió a buscarla.
El oficialismo leyó rápido el mensaje del 4 de octubre. Volvió al territorio con la movilización nacional "¡Vamos Lula!", que llevó a miles de personas a las calles de todo el país junto a movimientos sociales y organizaciones civiles. Reforzó su presencia digital con videos cortos y redes de activistas en WhatsApp, el terreno donde la derecha tenía ventaja. Y puso sobre la mesa medidas concretas: el Senado aprobó la reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales, y Lula prometió ómnibus gratuitos los fines de semana en las grandes ciudades.
También disputó el tema que más rédito le daba a la derecha, la seguridad, al admitir bajar a 16 años la edad de imputabilidad para delitos atroces. Las encuestas registran el efecto: en Quaest, Flávio bajó de 46 % a 45 %, mientras Lula se mantiene en 44 %.
Lo que está en juego
La cuarta oportunidad es el propio adversario. Si Flávio gana, el bolsonarismo concentraría un poder sin precedentes en la democracia brasileña: la presidencia, la mayoría del Senado, la primera bancada de Diputados y la mayoría de las gobernaciones. Esa perspectiva puede movilizar a los votantes moderados que en la primera vuelta repartieron su voto.
El programa económico de Flávio también le abrió flancos. Su propuesta de privatizar el 95 % de las empresas estatales generó tanto rechazo que, según el sociólogo Emir Sader, tuvo que aclarar que no venderá Petrobras, el Banco do Brasil ni la Caixa Econômica.
Para la región, el resultado es decisivo. Brasil es el principal socio del Mercosur, y un triunfo de Lula sostendría un eje de cooperación regional con peso propio. Un triunfo de Flávio, en cambio, dejaría a gobiernos como el de Uruguay en una posición más aislada.
Los obstáculos
La remontada es posible, pero no está asegurada. Flávio sigue primero en todas las encuestas principales, aunque dentro del margen de error, y en Brasil ningún candidato que salió segundo en la primera vuelta ganó un balotaje. Casi todo el 8 % que votó a otros candidatos se identifica con la derecha, y movilizar en masa a los abstencionistas sería un hecho excepcional. A eso se suma un malestar real por la inflación, los salarios y la inseguridad.
Por eso, la elección del domingo se define en el margen. Lula llega con impulso, frente a un adversario que todavía no logró ampliar su base, y con dos preguntas sencillas sobre la mesa: qué Brasil quieren los brasileños para los próximos cuatro años y cuál garantiza la defensa de los derechos políticos, económicos y sociales de las mayorías eternamente postergadas.