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Las dos Agendas 2030

Una es la Agenda 2030 aprobada por Naciones Unidas; la otra es de la que habla Salle, una agenda que no existe.

Denunciar un plan maquiavélico oculto detrás de la Agenda 2030 vende; es decir, da buenos réditos políticos con cierta parte del target electoral. Ahora, ¿podemos tomarnos un momento para analizar seriamente el tema?

Son muchos los que discuten la Agenda 2030 sin saber siquiera de qué se está hablando; es decir, sin haber leído jamás el documento original aprobado en la Organización de Naciones Unidas. Y eso no es menor; porque hoy conviven, en paralelo, dos agendas completamente distintas.

Por un lado, está la Agenda 2030 real: la que aprobó Naciones Unidas el 25 de septiembre de 2015, con el respaldo de sus 193 Estados miembros. No es un documento secreto. Es un documento público, accesible para cualquier interesado en leerlo, discutido durante años, que fija 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas concretas a cumplir hacia el año 2030.

Por otro lado, está la “Agenda 2030” que describe Gustavo Salle: un supuesto plan de dominación global, impulsado por élites, con mecanismos de control social, tecnológico, sanitario y económico. Esa agenda no existe. Sí existen grupos de poder y suprapoder internacionales; pero mezclar ese tema con la Agenda 2030 no tiene fundamento. El problema es que ambas narrativas se superponen en el debate, generando ruido donde debería haber discusión seria.

La Agenda 2030 real no es un tratado secreto ni proviene de un gobierno mundial encubierto. Es un marco de cooperación internacional no vinculante. Cada país decide qué prioriza, cómo lo implementa y a qué ritmo. No hay sanciones automáticas, no hay imposiciones militares ni económicas derivadas de su incumplimiento.

Además, sus objetivos son explícitos:

1. Fin de la pobreza

2. Hambre cero

3. Salud y bienestar

4. Educación de calidad

5. Igualdad de género

6. Agua limpia y saneamiento

7. Energía asequible y no contaminante

8. Trabajo decente y crecimiento económico

9. Industria, innovación e infraestructura

10. Reducción de las desigualdades

11. Ciudades y comunidades sostenibles

12. Producción y consumo responsables

13. Acción por el clima

14. Vida submarina

15. Vida de ecosistemas terrestres

16. Paz, justicia e instituciones sólidas

17. Alianzas para lograr los objetivos

Nada en esta lista sugiere un dispositivo de control global. Todo, en cambio, remite a problemas concretos y medibles.

¿Cómo harían para complotar 193 países con ideologías y culturas diferentes y, en muchos casos, antagónicas?

Negacionistas en campaña

Tomemos un ejemplo central: el cambio climático. En 2024 se registró el año más cálido desde que hay mediciones, con emisiones y concentración de CO en niveles récord. No se trata de una narrativa ideológica: es un fenómeno documentado por la comunidad científica internacional, con impactos visibles en sequías, inundaciones y eventos extremos. Negar ese problema no lo elimina (sólo posterga respuestas); Pero es, justamente, lo que hacen Gustavo Salle y Donald Trump.

En octubre de 2025, Donald Trump desacreditó en la ONU tanto a las políticas climáticas como a las energías renovables, hiriendo de muerte a los ODS. En cuanto a nuestro antivacunas, antiagenda y anticasta criollo, llegó a diputado (y a integrarse con gusto a la “casta” igual que Milei) con gritos como “Métanse la Agenda 2030 por el culo”.

Ahora bien: si la Agenda 2030 fuera el instrumento de control global que se denuncia, cabría esperar una implementación homogénea, disciplinada y coordinada a escala planetaria. La realidad muestra lo contrario. A diez años de su adopción, el balance es contundente: solo alrededor del 17% de las metas avanza al ritmo necesario, y ningún objetivo está en camino seguro de cumplirse para 2030. Dicho de otro modo: el problema no es un exceso de Agenda 2030. Es su incumplimiento.

Esto desarma, por sí solo, la hipótesis conspirativa. Si existiera un plan global eficaz de control, ¿por qué fracasaría en cumplir objetivos básicos como reducir la pobreza o garantizar acceso al agua? La respuesta es evidente: porque no hay tal plan. Lo que hay es, en todo caso, falta de coordinación, voluntad política desigual y conflictos geopolíticos que bloquean avances.

Incluso entre países desarrollados, los resultados son dispares. España, por ejemplo, presenta avances en torno al 58% de los objetivos, mientras que muchas economías en desarrollo están rezagadas.

Otros países nórdicos han liderado rankings de cumplimiento parcial en educación, energía o institucionalidad. Es decir: hay avances, pero fragmentados y desiguales.

Eso confirma el carácter no obligatorio y descentralizado de la Agenda.

Como dijo el Secretario General de la ONU António Guterres: “Los combustibles fósiles son una apuesta perdedora”, y hoy “los subsidios fluyen nueve a uno hacia los combustibles fósiles frente a las energías limpias”, una relación que va en contra de los ODS. Por su parte, Annalena Baerbock, desde la presidencia de la Asamblea, señaló que “no es la Carta la que falla, sino la voluntad de los estados para hacerla cumplir y para financiar lo que declaran”.

Aquí aparece el núcleo del problema en el discurso de Salle: toma preocupaciones reales (la influencia de organismos internacionales, el peso de las corporaciones, la crisis de representación política, etc.) y las combina con afirmaciones sin evidencia, construyendo un relato donde todo encaja en una lógica de conspiración. Claro, para él es fácil, porque si todo es parte de un plan oculto, nada necesita ser demostrado. Y sin evidencia, no hay debate posible.

¿Y qué tiene que ver Davos?

La relación entre la Agenda 2030 y la “cumbre de Davos” es indirecta y muy traída de los pelos. Ésta es el encuentro anual del Foro Económico Mundial (WEF), una organización privada fundada en 1971 que reúne a líderes políticos, empresarios, académicos y referentes sociales. No es un organismo de gobierno ni forma parte de la Naciones Unidas.

Es cierto que el WEF adhiere y promueve muchos de los temas de la Agenda 2030, como sostenibilidad, cambio climático, desigualdad e innovación. En Davos se discuten políticas y se generan alianzas público-privadas que pueden contribuir al cumplimiento de los ODS.

Desde 2015, el WEF ha alineado parte de su agenda (por ejemplo, el concepto de “stakeholder capitalism”) con los objetivos de desarrollo sostenible.

De todas formas, Davos no creó la Agenda 2030: fue adoptada por 193 países en la ONU. Es ridículo pensar que el WEF tenga el poder para imponerla a todos los Estados. No existe una estructura en la que Davos “ordene” y los gobiernos “ejecuten”.

La confusión (muy utilizada en discursos como el de Gustavo Salle) consiste en presentar a Davos como el “cerebro oculto” de la Agenda 2030; pero en los hechos: Davos es un espacio de influencia, no de decisión vinculante y la Agenda 2030 es un acuerdo intergubernamental, público y no obligatorio.

Davos acompaña, discute y promueve ideas alineadas con la Agenda 2030, pero no la dirige ni la controla. Confundir influencia con control es el núcleo del error: una cosa es que actores poderosos participen del debate global, y otra muy distinta es que exista un mando centralizado capaz de imponer una agenda mundial. ¡Claro que les gustaría! Sin embargo, hoy por hoy, carece de tal poder.

¿Qué ocultan los que denuncian cosas ocultas?

Dicho de otra manera, el diputado de Identidad Soberana, abogado, verborrágico y hábil declarante, tiene por costumbre decir 7 u 8 cosas verdaderas para, en la novena, tirarte un pelotazo que te deja con la cabeza dando vueltas como un trompo. De alguna forma se las ha ingeniado para dejar a todos los representantes de los 193 Estados firmantes como conspiradores (que respiran el mismo aire), corruptos y pedófilos. ¿Y quién no odia a un pedófilo? Por eso su discurso rinde en rating y asegura los votos necesarios para alcanzar una o dos bancas en ese Parlamento que tanto ha atacado.

Como sea, y hablando en serio, la Agenda 2030 es un intento imperfecto (y probablemente insuficiente) de coordinar respuestas globales a problemas globales. Puede ser criticada, revisada o incluso rechazada en algunos aspectos; pero no puede ser sustituida por una narrativa paralela amarillista que no resiste el contraste con los hechos y solo busca el escándalo para llamar la atención, ya como la mujer barbuda del circo como quien planta un ataúd y un enano frente a la Torre Ejecutiva mientras se encadena a la estatua de Artigas.

Concedámosle a Gustavo Salle la habilidad para estar vigente en los medios. Si un día no es noticia, sale a la calle y muerde a un perro.

Es más, pese a su virulencia verbal, su sentido del humor lo convierte en un personaje simpático al que muchos invitarían con gusto al asado del fin de semana; porque muchos se podrán calentar, otros aplaudir y otros reír; pero nadie podrá irse diciendo que se aburrió. Claro, lo divertido no le quita lo irresponsable.

Quizá no haya que preguntarse qué hay detrás de la Agenda 2030, sino qué hay detrás de los que están en contra de sus objetivos. Y ahí sí hallamos algunas cosas sin necesidad de buscar mucho. En primer lugar la homofobia, precedida de prejuicios religiosos. Los antiagendistas se oponen a la aceptación de la diversidad sexual. Compartiendo el podio, la oposición a la despenalización del aborto, también precedida de taras religiosas. Para ellos, la mujer debe continuar siendo una máquina incubadora; sin derecho a decidir sobre su cuerpo. Luego, y sin más vueltas, no hay otra cosa que el plan de tirar teorías de complots a diestra y siniestra para juntar votos.

El problema es que, mientras se discute una agenda imaginaria, la agenda real sigue atrasada; y ese atraso tiene consecuencias concretas: más desigualdad, más deterioro ambiental, más vulnerabilidad social. La discusión relevante, entonces, no es si existe una conspiración global. Es por qué, teniendo un diagnóstico compartido desde 2015, el mundo no logra cumplir ni siquiera con objetivos básicos. Esa es la verdadera grieta.

Y esa es la discusión que importa.

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