En ese sentido, el presidente fue más allá de la crítica coyuntural y apuntó al diseño mismo del sistema internacional. “No está fallando: está respondiendo exactamente para lo que fue diseñado”, afirmó, en una lectura que cuestiona la arquitectura surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Su planteo introduce un matiz relevante en el debate global: defender el multilateralismo no debería implicar conservar intacto el statu quo de 1945, sino reformarlo para incorporar a actores históricamente relegados.
La intervención también incorporó una dimensión económica clave: la energía como eje de la geopolítica contemporánea. Orsi anticipó que la disputa por un nuevo orden mundial estará fuertemente condicionada por este factor, y advirtió sobre los riesgos de una transición energética desigual. “No puede significar que los que llegaron tarde al desarrollo paguen los costos de los que llegaron primero”, señaló, alineándose con una crítica recurrente del sur global frente a las políticas climáticas impulsadas por las potencias.
Orsi y la situación de Uruguay
El cierre del planteo reforzó el anclaje doméstico de su discurso. Orsi vinculó las decisiones globales con sus efectos concretos en Uruguay: desde el impacto en el productor exportador hasta las consecuencias en el empleo y el ingreso de las familias. La idea de representación aparece así como eje político: asistir a estos foros no es solo un ejercicio diplomático, sino una instancia donde se juega, según el presidente, la defensa directa de intereses nacionales.
Con este posicionamiento, Orsi no solo marcó distancia de los consensos más previsibles de la cumbre en Barcelona, sino que también intentó instalar una agenda crítica sobre el funcionamiento del orden internacional, en la que los países pequeños reclaman dejar de ser espectadores de decisiones que, inevitablemente, terminan pagando.