Pero, del modo como fue comunicada por la dupla políticos-prensa, la humanidad reaccionó desde su primer y más arcaico cerebro, el encéfalo, paleo-cerebro, que matriza los impulsos, instintos y emociones más primitivas, la personalidad primera; esa personalidad primera es sobrepujada por un neoencéfalo o corteza cerebral, heredada desde los mamíferos por evolución desde los reptiles, órgano de la percepción consciente y de la acción voluntaria, que, obsérvese bien, más que nada implementa lo sentido por el encéfalo primitivo. Quienes planifican la publicidad mediática hace mucho que saben todo eso, como las neurociencias, de modo que el impacto inicial es en el antiguo encéfalo primitivo, primer cerebro humano, preconsciente y prevoluntario, solo capaz de impulsos instintivos, emocionales. Pero los humanos avanzamos luego hacia un tercer cerebro, la neocorteza, relacionada o locus de las más elevadas actividades mentales del hombre, especialmente las simbólicas, las de mayor especificidad sistémica para definir lo humano. Toda la manipuladora publicidad contemporánea de nivel, la usada por los grandes actores sociales, industriales, comerciales, extractivos, multinacionales, políticos de gravitación geopolítica, nos manipula como paleohumanos, de encéfalo primitivo, con impulsos primitivos, que luego son implementados por nuestros cerebros superiores supervinientes. Los más avanzados seres, cerebrados al nivel de neocorteza, usan su desarrollado tercer cerebro para manipularnos como paleohumanos, a lo más como mamíferos reptilianos, que después ejecutaremos esas primitividades inducidas con el equipamiento de los segundo y tercer cerebros; nos hacen percibir de modo primitivo, por obsesión hipnótica y reiteración, no nos dejan pensar más allá de la catarata de impresiones introyectada, nos reconvierten en paleohumanos para manipularnos como tales, más fácil; la publicidad y propaganda actuales, los más científicos y manipuladores, ni siquiera dejan funcionar a nuestro segundo cerebro, el de la conciencia reflexiva y la acción voluntaria, peligrosa subversiva; pero después nos llevan a ejecutar evolucionadamente ese primitivismo impuesto, ahora sí, con los cerebros de la corteza y neocorteza. ¡Brillante!, pero nos llevan al bombo, como ratas de laboratorio.
El deterioro psíquico de la pandemia, peor que físico
Los deterioros psíquicos esperables no son tan fáciles de cuantificar y usar de modo terrorista por los medios, que tan bien usan falsos y verdaderos totales de hisopados, positivos PCR, en CTI, fallecidos, tasas teóricas de contagio, etc. Pero los daños psíquicos, en particular a nivel de patología clínica, ni son fáciles de obtener, ni mucho menos de calibrar en su gravedad por quienes pudieran acceder a ellos. Veamos qué nos dicen los más recientes, comparativos de los niveles de patología clínica precovid y poscovid de Psicología de Udelar.
- El porcentaje de patologías clínicas detectadas en muestras con seguimiento de su evolución durante la pandemia, aumenta en todas las afecciones estudiadas, en un comparativo 2015-2020, y en comparativos precovid-poscovid.
- En dolencias como la depresión moderada, el síndrome de desesperanza, ansiedades y fobias, en todas aumentó, casi duplicándose en niveles de patología clínica. En las depresiones desarrolladas hasta nivel clínico, los aumentos fueron (en %): de 20 a 37,5 en depresiones moderadas, de 2,3 a 7,2 en depresiones graves, de 6,3 a 1,4 en desesperanza media, de 1,1 a 2,5 en desesperanza alta, y tomando de 2015 a 2020, de 10 a 20,3 en depresiones y de 10 a 24 en fobias. Y también las tasas de hostilidad y de propensión al suicidio.
- Especialmente aterrorizante fue saber que, en estratos socioeconómicos bajos, la paranoia aumentó 5 veces.
- Particularmente asustador fue saber que todos estos porcentajes de patologías clínicas crecen más para los de menor edad, son máximos entre los niños y mínimos -pero dentro de su creciente patologización- entre los ancianos. Quizás una explicación plausible también está en la investigación: todos los niveles de patología clínica aumentan a mayor rigidez del encierro pandémico, a mayor tiempo de encierro y a mayor continuidad del encierro. Y a medida que bajamos en la escala social, también crece. Estamos patologizando a nuestros niños y adolescentes a galope tendido. Que no se quejen los padres a futuro de las ansiedades, depresiones, bullying, adicciones, fobias, hostilidades, paranoias, suicidios, rapiñas, criminalidad violenta, que tendrán que bancarse como consecuencia de medidas que, para prevenir (poco y mal) una pandemia magnificada y dramatizada, liquidarán psíquicamente a la población joven. Cuánto preferiría yo que los niños y adolescentes tuvieran covid pero no todas estas morbilidades psíquicas que ya están registradas como en explosivo desarrollo, mucho mayor y más veloz que la morbilidad viral. Pero mientras que la lógica médica, la paranoia hipocondríaca y los intereses de la big pharma y los magnates de la comunicación se sigan imponiendo, estamos fritos; no creo que sea posible un lobby similar en poder a cargo de los psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, neurocientíficos y científicos sociales, que es lo que se precisa ante tanta demencia construida a futuro inmediato.
A nivel agregado, es otro espectacular éxito predictivo del Émile Durkheim de fines del siglo XIX. Pero ya lo hemos visto en otras columnas. Siempre vuelve, como un bendito corcho salvador por sobre un hundimiento teórico mayoritario.