Seis puntos más lejos de la ultraderecha venezolana
Por Germán Ávila
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Por Germán Ávila
Una de las principales características de la oposición venezolana ha sido que pertenecen a ella varios sectores políticos que, mayoritariamente, defienden intereses sectoriales muy marcados. Estos sectores estuvieron siempre de acuerdo en la idea de establecerse como oposición, pero los mecanismos para el ejercicio de dicha oposición no siempre ha sido un acuerdo entre ellos.
Como es cada vez más claro en este escenario, la lucha por el poder en Venezuela ha mostrado una faceta descarnada, en que los representantes más radicales y violentos de la política tradicional parecían haberse tomado la vocería general de la oposición; conociendo un poco la condición humana era difícil imaginar que todos los actores políticos que se contraponen al gobierno estuvieran impulsando la realización de las violentas acciones que terminaban en gente decapitada por cables atravesados en las vías o personas quemadas vivas.
Era claro que entre la gran prensa y los sectores más proclives al derrocamiento violento del gobierno de Maduro, lo que se mostraba hacia afuera eran ese tipo de manifestaciones que quisieron venderse al mundo como desbordantes y mayoritarias expresiones sociales, que eran violentamente aplacadas por las fuerzas leales al gobierno, pero la realidad siempre fue otra. El mayor escenario de confrontación hoy está en el campo ideológico y las acciones de violencia desestabilizadora en Venezuela o Nicaragua eran actos de heroísmo para los mismos medios que acusaban de subversivos y terroristas a quienes realizaron exactamente las mismas acciones en Guatemala, Haití o Colombia.
Entonces, poco a poco y a fuerza de repetición, se fue edificando el axioma de la dictadura venezolana, en la que hasta la verdad terminaba reforzando un mito que buscó llegar al punto más bajo de la perversión en la democracia moderna: que un gobierno electo deba ser reemplazado por otro debido a razones exclusivamente ideológicas.
Pero la forma como los intereses externos a Venezuela entraron a jugar. Sobre todo durante la última etapa, han sido determinantes en la suerte de ese país caribeño; la figura del ultrademócrata Barack Obama, que con su desenvuelta y espontánea figura saluda a los encargados de barrer los pasillos de la Casa Blanca, muestra que la dominación también puede tener rostros amables y distendidos.
No hay que olvidar que fue el gobierno demócrata el primero en declarar a Venezuela como un “peligro para la seguridad de Estados Unidos”, una afirmación inverosímil, por decir lo menos. Es difícil imaginarse al Ejército Bolivariano recorriendo las calles de Washington en el desarrollo de una invasión, que terminaría izando la bandera de las 8 estrellas en el punto más alto de la cúpula que corona el Capitolio.
Entonces, lo más rancio de la oposición venezolana encontró amparo en la política exterior de un país que a lo largo de la historia no ha mostrado el menor recato a la hora de tomar posesión sobre bienes que no le pertenecen, pero los precisa para mantener el estilo de vida que tiene, así como dicha oposición tampoco ha tenido el menor recato en hacer lo que desde Estados Unidos se les ordena, firman lo que les permiten firmar, se sientan donde les permiten sentarse y no se comprometen a nada, porque no saben si lo podrán cumplir, y en ese escenario nace la figura de Juan Guaidó, un producto comercial hecho con mucho marketing pero poca calidad.
La oposición terminó plegada alrededor de Guaidó en una apuesta que, como las anteriores, llevaba una fuerte dosis de incertidumbre, pero que tenía un apoyo mucho más frontal de la Casa Blanca, con el retorno al gobierno de la ultraderecha colombiana, el secretario general de la OEA como funcionario de tiempo completo contra el gobierno venezolano y la gran maquinaria mediática trabajando 24/7 para legitimar cualquier cosa, se cerraba un círculo perfecto que puso toda la carne en el asador.
Del otro lado ha estado la siempre presente sombra de una posible intervención militar, posibilidad que no ha logrado concitar las mayorías políticas y de opinión necesarias para realizarse con cierto margen de legalidad, ya que no queda mucha legitimidad. El último movimiento en esa dirección ha sido la activación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que tampoco ha tenido gran entusiasmo ni siquiera entre los detractores de Maduro en Latinoamérica, pero que debe ser tomado con seriedad.
En realidad, son muy pocos los gobiernos que están dispuestos a asumir los costos de una confrontación armada que traería unas consecuencias gravísimas para toda la región, sin embargo y a pesar de toda lógica, la presión desde el norte es más fuerte que el sentido común y esa posibilidad continúa sobre la mesa, al fin y al cabo ya está comprobado que para Washington el petróleo lo vale todo.
Pero a la oposición venezolana el peso de sus decisiones le terminó pasando factura y la figura de Guaidó no solo se desinfló por su falta de contenido político, sino que sus actos y cercanías terminaron aislándolo, pues no toda la oposición venezolana está en la lógica del “todo vale” y la cercanía de este con la criminal ultraderecha colombiana ha sido la frutilla en el helado de los desatinos políticos.
Las fotografías que relacionan a Guaidó con el narcoparamilitarismo colombiano no tienen presentación; el capítulo se trató de maquillar bajo la excusa tipo rock star de “en la fiesta todos se quieren sacar fotos conmigo”, pero no toda la oposición es ingenua y sabe con claridad que lo que se le cuestionó al autoproclamado mandatario interino no es “la foto, sino la fiesta”. Para que esas fotos fueran posibles, Guaidó tuvo que estar físicamente en el mismo lugar donde se encontraban al menos tres personas que en ese momento eran buscadas por las autoridades judiciales colombianas y tenían órdenes de captura vigentes, de las cuales una se entregó y otra fue herida en combate y capturada. Es decir que los mismos mecanismos que tenían a estas personas en la clandestinidad fueron los utilizados para que Juan Guaidó llegara a ese lugar.
Han sido este tipo de situaciones las que hicieron que una parte importante de la oposición venezolana se sacudiera y que decidiera hacer uso de los mecanismos autónomos de concertación que el gobierno tenía dispuestos tiempo atrás. Se establecieron escenarios de diálogo que parten de una cosa que el sector de Guaidó y sus aliados en el exterior no han querido hacer, y es el simple hecho de reconocer al gobierno de Nicolás Maduro como interlocutor; a partir de ahí todo es susceptible de ser conversado.
Los primeros resultados ya se vieron y el 16 de setiembre se dieron a conocer los primeros acuerdos preliminares, que parten de seis puntos claves para continuar en la búsqueda de una salida concertada, pero fundamentalmente autónoma, del pueblo venezolano. El regreso a la Asamblea por parte del partido de gobierno, PSUV, la conformación de un nuevo Consejo Nacional Electoral, la instauración de una Comisión de la Verdad que permita avanzar en la búsqueda de soluciones jurídicas alternativas a privación de la libertad para los opositores, el rechazo a las medidas coercitivas unilaterales, el intercambio de petróleo por alimentos y medicinas a nivel internacional y el reclamo conjunto del derecho sobre la Guayana Esequeiba ante la ONU son los primeros acuerdos parciales que profundizan las posibilidades de avanzar en una salida concertada.
El documento que fue firmado por representantes de los partidos de oposición Movimiento al Socialismo, Bandera Roja, Cambiemos, Soluciones y Avanzada Progresista, ha sido minimizado por la ultraderecha internacional, pero es claramente uno de los mayores avances en materia de concertación desde el inicio de la confrontación que tiene a Venezuela en una difícil situación producto de un bloqueo que ya no puede ser defendido por Estados Unidos como medida de fuerza contra un gobierno aislado políticamente, pues, contrario a los planes iniciales, lo que se terminó fracturando fue la oposición y parece, finalmente, que brilla la razón y se abren caminos de paz.
Por otra parte es claro que Estados Unidos y Colombia no variarán su postura sobre el gobierno venezolano, pues de por medio hay un tema de posturas ideológicas representadas en el control territorial y de recursos naturales; sin embargo, cada vez será más difícil sostener el argumento de la falta de legitimidad del gobierno bolivariano y finalmente tendrán que aceptar que esa guerra tampoco la ganaron.