El objetivo de la iniciativa estuvo centrado en “fomentar la cooperación sindical internacional para potenciar la participación de los sindicatos en los acuerdos comerciales UE, con énfasis en las cadenas globales de valor y la defensa de los derechos laborales, en diálogo con la academia, los partidos políticos y las instituciones de integración regional”.
En ese marco, Cristina Faciaben reflexionó sobre los objetivos del seminario, el fortalecimiento de las alianzas entre las organizaciones sindicales y la situación actual del movimiento obrero en un mundo cada vez más convulsionado.
Faciaben destacó la importancia de la cooperación internacional y de las alianzas entre centrales sindicales, pero también abordó algunos de los principales problemas que atraviesan a las sociedades actuales, como la incertidumbre frente al futuro, la situación de los jóvenes, el acceso a la vivienda, las migraciones y el avance de discursos de extrema derecha. En ese contexto, reivindicó la “movilización y la acción colectiva” como herramientas para generar debate y presión sobre los gobiernos.
Cristina Faciaben, dirigente de Comisiones Obreras (CCOO) de España.
Alfredo Percovich
¿Cuál es el cometido de este seminario internacional?
Hemos coorganizado con el PIT-CNT un encuentro sobre acuerdos comerciales, cadenas globales de valor y el futuro del Mercosur. Este seminario se encuadra en una subvención de la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional de España dirigida a los agentes sociales, con la idea de promover el trabajo decente a través de la cooperación sindical. Para ello, invitamos a participar a organizaciones hermanas como la CTA de los Trabajadores de Argentina, la CUT de Colombia, la CGTP de Perú y, por supuesto, el PIT-CNT. También contamos con la presencia de la Confederación Sindical de las Américas (CSA) y la Coordinadora de Centrales Sindicales del Cono Sur (CCSCS). El objetivo fundamental es reforzar estas alianzas y potenciar el trabajo conjunto.
Y en la práctica, ¿cómo se refuerzan esas alianzas más allá de estos encuentros? ¿Cómo se pasa del apoyo mutuo a la acción?
La verdad es que las alianzas se consolidan en el día a día y mediante el contacto estrecho que mantenemos en nuestra labor cotidiana. Por ejemplo, disponemos de espacios más específicos, como REDES, que es una articulación de sindicatos de Europa y América Latina. Por la parte europea participamos Comisiones Obreras (CCOO), con la colaboración de organizaciones británicas y del sindicato italiano CGIL, mientras que por el componente americano están las CUT de Chile y Brasil y la CTA de Argentina, a las que se acaba de incorporar el PIT-CNT. Esta red es una herramienta muy tangible con la que venimos trabajando desde hace tiempo.
Aprovechando que estamos en la sede del Centro de Formación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), cabe recordar que durante años existieron presupuestos específicos para la cooperación sindical. Esos fondos facilitaban enormemente los viajes y los encuentros presenciales. Desde que se recortó esa financiación específica, las reuniones físicas se han vuelto más difíciles, pero eso no ha sido un obstáculo para seguir adelante; simplemente hemos trasladado nuestra dinámica al plano virtual. Además, mantenemos convenios activos entre Comisiones Obreras y nuestra Fundación 1º de Mayo con institutos de investigación hermanos, como el Cuesta Duarte del PIT-CNT o el CIFRA de Argentina. Esto nos permite sostener un trabajo conjunto de análisis y reflexión que considero vital. Cada central tiene sus propios debates locales, pero ponerlos en común a nivel internacional es lo que verdaderamente nos fortalece.
Estamos transitando un mundo en el que nos levantamos un día y nos enteramos de que secuestraron a un presidente en América Latina exclusivamente para apropiarse del petróleo. Y en las Naciones Unidas, el mismo presidente amenaza con aniquilar una nación en una noche. ¿Hasta qué punto vale la pena seguir pensando en cooperación y políticas públicas?
Es muy cierto que vivimos bajo un riesgo que es muy real. No es una amenaza, sino que ya es una realidad.
Lo que está ocurriendo en los últimos tiempos en América Latina el gobierno de Javier Milei en Argentina; la victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia; el posible triunfo, aunque esperamos que no sea así, de Flávio Bolsonaro en Brasil ya está pasando y el sindicalismo ya está sufriendo las consecuencias.
El caso más evidente lo vivimos antes de la presidencia de Jair Bolsonaro, cuando le iniciaron el impeachment a Dilma Rousseff. Las medidas contra los sindicatos en Brasil fueron demoledoras, fueron directas y al centro, porque atacaron el financiamiento, con aquello de eliminar “un día de trabajo es para los sindicatos”. Fueron a demoler eso. Y lo hicieron también en otros países.
La derecha extrema, neoliberal, ya lo hizo. No es nada nuevo. Y esta derecha, que es una extrema derecha, prácticamente fascista en algunos casos, lo está haciendo. Tal vez en Argentina es donde menos. Todos temíamos que Milei iba a arrasar con los sindicatos. Empezó por otro lado; no lo ha hecho por ahora. Tal vez sea porque la fuerza sindical argentina sea especialmente complicada para un gobierno de llevársela por delante. Tiene una muy alta filiación.
Somos conscientes de que el sindicalismo está en el punto de mira porque somos molestos. Hay una cosa aquí, muchas veces, cuando debatimos sobre este tema de las derechas, nos centramos mucho en lo ideológico, en quiénes son sus objetivos principales. Y a veces nos distraemos y pensamos en algo más abstracto. En un porcentaje altísimo de los casos, esa extrema derecha está sirviendo totalmente al capital.
Pero ha logrado persuadir a los trabajadores, a los pobres.
Sí. Eso es muy doloroso. No se puede ser trabajador y votar a la extrema derecha, porque va a ir siempre contra tus intereses. Te puede vender eso, puede intentar enfrentar al trabajador autóctono con el trabajador migrante, pero, en realidad, está utilizándote. No va a mejorar nunca tus condiciones de vida, porque no le interesas.
¿Por qué cree que las ultraderechas sí han logrado persuadir a los pobres y a los migrantes mientras que a las fuerzas progresistas y a los sindicatos les ha costado tanto hablarles a esos mismos migrantes sobre sus derechos y alertarlos de que, solos, van a ser más frágiles, de que estas derechas extremas van a ir contra sus propios derechos migratorios y de supervivencia?
En general, creo que es a la propia izquierda, no solamente al movimiento sindical, sino a la propia izquierda a la que en todo el mundo le está costando mucho. Yo creo que hay muchísimos factores: el desánimo, la falta de certezas, la falta de un futuro. En un mundo en el que no sabes si te vas a despertar y el señor Donald Trump ha decidido invadir, o surge una amenaza nuclear y la gente realmente dice: “Mañana no sé yo qué va a pasar aquí”. Hay una fuerza que está ofreciendo una especie de certezas que no lo son, pero las vende.
¿Las derechas ofrecen certezas y los progresismos no ofrecen un futuro?
Exacto, pero con certezas que son absolutamente falsas. Milei supo captar también ese desánimo que se había producido en la sociedad argentina, sobre todo porque las clases más bajas no sentían que el peronismo, después de tantas décadas, hubiera solucionado su situación. Seguían siendo pobres, seguían estando en la economía informal, malviviendo, viviendo en las “villas miseria”.
Entonces, al final, ante esa falta de futuro, aparece un candidato distinto que está diciendo que la culpa es que se pierde mucho dinero público en mantener estructuras, en burócratas, en la casta. Y mucha gente dijo: “Mirá, estos kirchneristas, estos peronistas no me están ofreciendo una respuesta. Y este señor, con esos cabellos y con esas maneras extravagantes, está ofreciendo ‘algo’, pues vamos a probar a ver qué pasa”. Y es un poco eso. En algunos casos, la desesperación; en otros casos es por un hijo que está en el seguro de paro.
Ahora en España se está viviendo un momento económico bueno, con buen nivel de empleo, pero todavía sigue habiendo gente en el desempleo. Y mucha gente responsabiliza a los migrantes de quitar el trabajo a otros y por eso llegan las derechas que pregonan expulsar a todos los migrantes. Personalmente creo que en el tema de la migración la izquierda se está equivocando de manera grave con la forma en la que habla del tema. Los sindicatos no hemos caído tanto en esa trampa, al menos en España, pero la izquierda está utilizando un “buenismo” que es totalmente contraproducente.
Existe el Pacto Mundial para la Migración, en Europa está el Pacto Europeo y en todos ellos se habla, por ejemplo, de una “migración ordenada”. Sin embargo, hay una gran parte de la izquierda, incluida gente de Comisiones Obreras, a la que le repele oír “ordenada”, pero se trata de un control de fronteras por el propio bien de las personas migrantes y para garantizar sus derechos, la migración tiene que estar un poco planificada. Porque, si no, se genera lo que ha pasado en España.
Ahora se ha hecho una regularización extraordinaria porque había casi un millón de personas que estaban viviendo y trabajando en España en situación irregular. A la regularización han podido acceder unas 700.000 personas. Eso evidencia lo que estaba ocurriendo. Eso ocurre porque la gente viene a buscarse la vida y, en algunos casos, a salvar la vida, porque muchos realmente deberían tener la condición de asilo o de refugio. Otros son meramente migrantes económicos que están buscándose la vida y tienen todo el derecho a migrar y a buscarse la vida.
Pero si lo hacen de manera desordenada, llegando masivamente al mismo país, el país no puede darles oportunidades porque no las hay. Además, por muchos empleos que haya que cubrir, no son exactamente los que pueden ocupar las personas que vienen.
Creo que la izquierda es demasiado “buenista” con la idea de garantizar el derecho. Sí, personalmente creo que, por supuesto, todas las personas tienen que tener derechos, pero también hay que ser realista. Si pretendes gobernar hacer una oposición seria, tienes que ser pragmático, porque puedo tener un discurso estupendo, pero eso después puede chocar con la realidad. Eso pasa con todo. Y pasa ahora, que en España es un hervidero. Con la vivienda también hay que ser realista porque no hay casas para todos, más allá de que todos deseamos que las hubiera.
El episodio de Maricarmen se transformó en un ‘caso testigo’ en el que la sociedad reaccionó. En un mundo donde la gente está desencantada, desilusionada, sin una mirada de futuro, hubo una reacción pensando en hacerse cargo. ¿Fue una señal de esperanza?
Sí, de una sociedad un poco viva. Y además, una cosa importante: España, y en general en Europa, tenemos sociedades muy envejecidas, donde los jóvenes tienen muchas dificultades para acceder al mercado de trabajo. Porque al ser sociedades en las que la gente está trabajando hasta pasados los 60 años, las oportunidades para los jóvenes son pocas y con mucha precariedad.
Y hay una desmovilización impresionante de la juventud. Es todo un “pez que se muerde la cola”, porque si una persona joven tiene trabajos precarios, está cambiando continuamente de empleo, tiene contratos temporales muy cortos, no puede tener un plan de vida. Ya no digo una vivienda, no puede emanciparse. ¡Imagínate pensar en tener hijos! Y eso también lleva a mucha frustración.
Los jóvenes están muy desmotivados, desmovilizados. A los sindicatos nos resulta muy complejo atraer a los jóvenes. Entre que tienen una relación con el mercado de trabajo muy peculiar, porque están entrando, saliendo, cambiando de sectores, ellos tampoco entienden al sindicato como se entendía hace unos años. También creo que son sociedades ya muy individualistas. Las tecnologías llevan a eso. Hay una cuestión colectiva que es jugar con otra persona online.
Pero también hay episodios de indignación que logran trascender el ámbito individual, como, por ejemplo, el caso de la vivienda y los feminismos. Los feminismos han logrado sostener ese espacio de reivindicación y lucha.
Sí, exacto, lo lograron sostener. Y con el tema de la vivienda, pues yo espero que también. En España, que es una cultura de la propiedad, la vivienda también es una inversión. En lugar de invertir en bolsa, se invierte en vivienda porque eso es un valor seguro. El día que eres mayor y ya no puedes seguir viviendo solo en tu casa, si tienes que ir a una residencia, la casa es siempre ese seguro que tienes. Y durante años hubo tipos de interés muy bajos y muchas facilidades para acceder a la compra.
Sin embargo, la gente joven es la que está absolutamente afectada por la cuestión del acceso a la vivienda, porque esas personas pretenden alquilar, no pretenden comprar. También porque la mentalidad de la gente ha cambiado. Si hoy le preguntas: “¿Querrías ser propietario o alquilar?”, con seguridad muchos dirán que no quieren ser propietarios o que les da igual, porque no saben qué va a ser de su vida dentro de diez años. El problema básico en España es el precio del alquiler.
Cristina Faciaben, dirigente de Comisiones Obreras (CCOO) de España.
Alfredo Percovich
Las Naciones Unidas y los organismos internacionales denominan a los migrantes como “personas en situación de movimiento”. ¿No es un tanto frívolo denominar así a mujeres que toman a sus bebés y se suben a una balsa para cruzar el Mediterráneo?
Sí, claro, absolutamente. Fíjate en lo que decíamos: el “buenismo”. No se puede caer en esa percepción naíf de que “todo el mundo tiene derecho”. Sí lo tienen, pero vamos a ver cómo podemos poner eso en práctica y cómo implicamos a todos los países. Pero de ese “buenismo”, mal entendido, a esa inhumanidad con la que se trata el fenómeno de la migración, como si esas personas fueran números o daños colaterales, es complicado. Es un sistema económico que excluye a una parte gigantesca de la población mundial. Y esa gente tiene que emigrar porque en su país se están matando y quiere huir de una muerte segura, o porque tiene que comer, él y sus hijos o los migrantes climáticos, los refugiados climáticos, gente que tiene que huir porque en la zona donde vive no llueve o al contrario, porque se ha inundado. Es decir, tienen que migrar; no lo hacen porque quieren.
También es cierto que toda la vida va a seguir habiendo gente que emigra para mejorar su estatus, por curiosidad o por considerar que su país no tiene futuro y quiere vivir en Europa. Siempre habrá gente así, por supuesto. Es lógico también. Todo el rato que has dicho lo de “movimiento”, estoy pensando en la canción de Jorge Drexler: hemos migrado desde que el mundo es un mundo.
Pero eso no debería ser porque hay un sistema económico totalmente cruel, injusto, que genera desigualdades de tal magnitud que la gente tiene que moverse, tiene que abandonar su país, jugándose la vida en una barca para buscar oportunidades en otro sitio.
Son situaciones totalmente provocadas por el hombre, las que fuerzan a las personas a huir y en cambio, casi que esas personas son culpables de su realidad. Porque se meten cincuenta en una patera en medio del mar. Pero no es su culpa, es su circunstancia. Somos todos responsables de eso y por lo menos deberíamos tener un poco de humanidad.
La Unión Europea, la Comisión Europea y los Estados miembros son igual de culpables de mirar para otro lado. La Unión Europea tiene un problema enorme: lo externaliza a la frontera sur. A los países de la ribera mediterránea por el hecho de tener costas. Está ocurriendo con la migración de Ceuta. También han ocurrido muchas veces en Canarias. Hace tiempo que no pasa, pero ocurrió en Lampedusa, a los italianos y griegos. Por ello, considero que los países deberían autogestionarse en común. Muchos emigrantes llegan a nuestras costas porque es la frontera, pero no quieren quedarse en España, en Italia o en Grecia; quieren moverse por Europa. Eso es una responsabilidad de todos. Y cuando ya la situación es muy problemática, los países realizan acuerdos con terceras naciones a las que no les importa nada si se respetan los derechos humanos de los migrantes, porque se les pagan a esos países por persona, les pagan por “pieza”. Es una de las crueldades más bestiales que se están cometiendo en el mundo.
¿Vamos a cambiar el mundo?
Pues, la verdad, no sé. Es muy difícil. Lo veo complicado porque, además, esto no es de un solo gobierno. No se trata de que Uruguay sea un oasis, que por ahora Brasil y España también lo sean. Los países, por sí mismos, hoy en día ya no tienen capacidad. Pueden mejorar la vida de sus ciudadanos. Y creo que eso, por ejemplo, en España ha ocurrido, la vida de los ciudadanos en España ha mejorado. Los ciudadanos españoles y quienes viven en España han mejorado, el empleo ha mejorado, la economía funciona mejor. Tenemos un Estado de bienestar mejorable, una sanidad pública mejorable, una educación mejorable, pero la tenemos. También tenemos problemas. O sea, esa es la vida de la gente que vive en España o de la gente que vive en Uruguay. Pero el problema es que esto tiene que ser una apuesta global, y entre quienes dominan el mundo actualmente cuesta creer en un futuro.
No vale decir: “Ya está”, porque tenemos que seguir. A veces, en círculos de amigos que no están tan politizados, que no están en el sindicato, me dicen: “¿De qué vale salir a manifestarse? ¿De qué vale ir a acampar en la Puerta del Sol por la vivienda?”. Yo les respondo que quizás automáticamente no, porque no es apretar un botón y que se resuelvan las cosas, pero al menos ha habido una reacción, porque si nos quedamos en casa lamentándonos, no vamos a cambiar nada.