No se trata de una patología individual ni de una supuesta incapacidad para “elegir mejor”, como a menudo se simplifica en discursos de autoayuda o en ciertos medios. Más bien, responde a una trama cultural donde el afecto —y el reconocimiento emocional— sigue profundamente ligado al vínculo con lo masculino. Aun sabiendo que ese vínculo puede doler, muchas mujeres no logran, o no quieren, romper con él. En palabras de Garnett: “Estoy harta de los hombres, pero quiero uno que me abrace mientras le cuento esto”.
El deseo y sus trampas
La dinámica que Garnett describe no es ajena a millones de mujeres en el mundo: vínculos donde la expresión emocional recae casi exclusivamente en una parte de la pareja, mientras la otra se repliega, gestiona distancia y rehúye al compromiso. En este desequilibrio, ellas interpretan, contienen, esperan. Ellos se demoran, se incomodan, se ausentan.
Esta asimetría emocional ha sido también teorizada como hermeneutic labor —el trabajo interpretativo que hacen muchas mujeres para dar sentido a las señales ambiguas, los silencios o las contradicciones de sus parejas varones—. Una suerte de esfuerzo emocional cotidiano, no reconocido, pero agotador.
Más aún, este fenómeno se vincula con lo que Seresin denomina alexitimia normativa masculina: la dificultad —cultural, más que biológica— que tienen muchos hombres para identificar y verbalizar sus emociones. Esta falta no sólo limita la posibilidad de construir relaciones saludables, sino que perpetúa la idea de que es la mujer quien debe hacerse cargo de sostener el vínculo emocional a toda costa.
Heterofatalismo no es un destino ineludible
Garnett no propone una salida clara. Tampoco ofrece soluciones instantáneas ni recetas para “amar mejor”. Su texto —mezcla de diario íntimo, ensayo crítico y manifiesto contemporáneo— apuesta a algo más modesto pero fundamental: nombrar el malestar.
Porque si bien ponerle nombre no lo elimina, sí puede hacerlo visible. Y en ese reconocimiento, muchas mujeres encuentran alivio, validación y, quizás, una puerta de salida del bucle afectivo en el que se sienten atrapadas.
El heterofatalismo, entonces, no es un destino ineludible, pero tampoco algo que se resuelva con voluntad individual. Es un síntoma de una cultura que todavía asocia el amor con el sacrificio femenino, y que sigue construyendo el deseo sobre la base de relaciones desiguales.
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