Esos mismos encuestadores dan hoy una diferencia abismal de 20 puntos para el ballotage, algo reversible sólo milagrosamente, cosa que sabremos este fin de semana, cuando estas líneas estén ya impresas. Aún si tal milagro produjera una nueva vuelta ideológica de campana, el escenario político estará muy lejos de ser alentador, aunque ahuyente algo el pánico.
Por caso, el insignificante PSL de Bolsonaro que en la elección pasada sólo obtuvo una banca en la cámara baja del Congreso se alzó ahora con 52 de ellas (10% del total) sólo superado por el PT que a pesar de su debacle resulta la primera fuerza con 56 escaños. De la totalidad de legisladores electos, 32 provienen de las fuerzas de seguridad, 18 de los cuales son policías, pero más ampliamente un total de 70 militares obtuvieron algún tipo de cargo, incluyendo dos senadores. En 3 estados, un militar podría aún ganar la gobernación a través del ballotage. No debe excluirse del panorama aterrador los 30 diputados que obtuvo el PRB, expresión de la industria evangélica llamada “Iglesia Universal del Reino de Dios”.
La tesis que sostiene que este resultado expresa el hartazgo de la ciudadanía ante la corrupción de sus representantes expuesta en el “Lava Jato” y exaltada por la uniformización informativa, merece varios reparos o al menos mediaciones. Si bien la renovación de figuras es la mayor de la historia parlamentaria reciente y muchos de los salpicados (87) por denuncias judiciales se postularon para no perder sus fueros, 35 de ellos resultaron reelectos.
Algo más potente y verosímil resulta la enfatización del papel de las “fake news” en el resultado, al punto que luego de la investigación del diario Folha de São Paulo, Ciro y otros candidatos ingresaron un recurso judicial impugnando las elecciones por la doble razón de que empresas amigas de Bolsonaro hicieron uso de la “caixa2” (en nuestro medio la caja negra de la que deriva el lavado), y de haberla invertido en la distribución de toda clase de disparatadas mentiras, fotos trucadas y calumnias contra Haddad, el PT y los adversarios políticos en general, adecuadamente segmentadas según el perfil de los destinatarios.
Estas maniobras tendrán a Brasil a lo sumo como primer experimento masivo, pero están muy lejos de detenerse allí y no deberían ser motivo de sorpresa. La posibilidad de injerencia directa o indirecta de los oligopolios del capital informacional no es novedosa ni en la política ni en el espionaje. De las muchas cosas que debemos al exiliado Edward Snowden, la principal fue la denuncia del programa “Prism” donde empresas como Facebook (dueña de WhatsApp), Twitter, Google, Apple, etc. entregaban sus bases de datos a la National Security Agency (NSA) estadounidense. La expresidenta Rousseff y la Petrobras fueron objeto de espionaje por este medio. Si sus datos son entregados al poder militar, ¿qué puede impedirles su comercialización para uso de opciones políticas alineadas con los intereses norteamericanos?
El próximo primer día del nuevo año tendrá fuegos más reales que artificiales. Como la realidad con la que concibieron Tom Jobim y Vinicius de Moraes la extensión de la tristeza.