Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
coronavirus | pandemia |

Trump, el presidente que atiende la pandemia con una guerra

Estados Unidos ordenó a inicios de abril, el despliegue de una gran operación militar en el Caribe. El objetivo, de acuerdo con la Casa Blanca, es evitar que los carteles latinoamericanos “llenen de drogas las calles estadounidenses durante la pandemia”.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

Esta operación, ha sido lanzada de manera mucho más abierta, contra el gobierno de Nicolás Maduro y aunque el mundo todavía está lidiando con la pandemia, Trump claramente pretende, de cara a su posible reelección, mover el ojo de la opinión pública de su país lejos de la debacle interna que generó su actitud relajada con los efectos del Covid-19.

La sucesión de acontecimientos que involucran al gobierno de Donald Trump, profundiza la sensación de improvisación que ha ido forjando a pulso desde que subió a la presidencia. Sus decisiones, que incluyen sanciones económicas provenientes de razones poco claras hacia China, han generado una confrontación cuyas dimensiones se han sentido con fuerza en la economía mundial desde hace meses.

Retirar a Estados Unidos del tratado sobre armas nucleares de alcance intermedio, ha sido otra decisión polémica que ayuda a la sensación de que Estados Unidos quiere consolidar una hegemonía solitaria basada en la imposición más que en la habilidad diplomática. El resultado ha sido todo lo contrario, su hegemonía es cada vez menos clara y su aislamiento diplomático va creciendo en la medida que sus decisiones afectan de una u otra forma a los aliados que ya no están prontos a su defensa, sino que prefieren guardar un distante silencio.

Parte de el nuevo – viejo estilo colonial y de apropiación que ha tomado nuevos bríos durante la administración Trump, es el de la recolonización de Latinoamérica y sus riquezas, sobretodo si esas riquezas incluyen las mayores reservas de agua y petróleo del planeta. Sin duda la caída del precio del petróleo WTI producto de la desaceleración que ha generado la pandemia, sacude los cimientos de este rubro, pero está lejos de ser el fin del modelo extractivista de energía basada en combustibles fósiles, y de quién quede con las reservas petroleras luego del fin de las cuarentenas, dependerán varios factores de la reconfiguración del poder en la etapa post-covid.

Pero para que ese plan pueda seguir avanzando precisa de la conducción política de su principal representante, que es el mismo Trump. Sin embargo, la imagen del presidente ha sido muy criticada por el manejo que le ha dado a temas que mueven la opinión de la crítica electoral en Estados Unidos, incluso más que las guerras de invasión, a las que parece haberse acostumbrado ya la población. Las nuevas discusiones sobre protección medio ambiental, el trato a la migración y principalmente la debacle del sistema de salud, que junto con unas políticas laxas desde el punto de vista preventivo y un liderazgo federal nulo, han convertido a Estados Unidos en el nuevo foco de la pandemia a nivel mundial, superando en cifras a la maltrecha Italia, que había dejado atrás hace semanas a China, donde inició todo.

La reelección de Tump no está muy clara, y las circunstancias actuales no están a su favor, es ahí cuando se hace uso del poder para generar un escenario que le sea más favorable. El presidente de Estados Unidos no tiene la intención de intervenir desde ninguna perspectiva el sistema sanitario de su país, basado en la visión de la salud como mercancía a la que se puede acceder o no, según la capacidad adquisitiva bajo el modelo de cobertura prepagada. Lo que le queda es buscar un factor de cohesión fuera de sus fronteras, algo que despierte ese primitivo sentimiento supremacista y nacionalista que lo puso originalmente donde está.

El mensaje parece ser: “Este gobierno no puede evitar que la gente muera por la pandemia, pero puede evitar que se droguen mientras mueren”. Entonces lanza una campaña con la que pueda atender simultáneamente sus dos mayores preocupaciones: la expansión colonial y su reelección por encima de la crisis interna. La fórmula no es nueva, Bill Clinton la usó cuando su reelección se vio amenazada por el sórdido Escándalo Lewinsky, que terminó opacado por la intervención, OTAN de por medio, en Kosovo.

La diferencia que tuvo Clinton, es que su “conducta inapropiada”, como se le bautizó en aquel tiempo, no les costó la vida a miles de personas en pocas semanas. Trump la tiene un poco más complicada por el costo humano que está generando la pandemia en Estados Unidos, sobretodo porque la mayor parte de los fallecidos los está poniendo la comunidad afro latina, y eso trae aparejadas otra serie de discusiones estructurales que seguramente Trump no está dispuesto a dar.

La vieja bandera de la lucha contra el narcotráfico ha sido sacada del cajón donde reposaba desde el 11 de setiembre de 2001. La situación en Medio Oriente y los constantes desatinos cometidos por Estados Unidos en los últimos 20 años, han hecho que la moneda de la lucha contra el terrorismo esté bastante devaluada. Por otro lado, ya han tratado de generar el discurso de que Venezuela es un país que amenaza la seguridad de Estados Unidos con muy poco éxito; es difícil construir el imaginario de la existencia de comandos de venezolanos armados convirtiendo la Gran Manzana o Manhattan en un campo de batalla.

Siempre se puede inventar algo, al fin y al cabo, no hay manera de que nada se compruebe con seriedad en este momento, y el único estrado que se precisa es el de los grandes medios que están para eso. Si luego se descubre que nada era verdad, no importa, será otro “error a favor de la estrategia”, ya se supo del montaje del ataque contra la armada norteamericana en Tonkín, que significó la entrada de EEUU en Vietnam o las inexistentes armas de destrucción masiva que sirvieron como excusa para el ataque sobre Irak. La falsa bandera es una vieja amiga de la Casa Blanca.

Primero han ambientado un escenario en que el presidente de Venezuela, justo ese que conduce un país que lleva dos décadas contraponiéndose a sus políticas de control económico y comercial, y que lleva el infortunio de ser el poseedor del mayor yacimiento de petróleo a nivel mundial, resulta ser el jefe mismo de un cartel de tráfico de cocaína desde Suramérica hasta Estados Unidos. De acuerdo con la versión del fiscal Willam Barr, Maduro combina sus funciones como presidente de un país, con la coordinación de la exportación de cientos de toneladas de coca al año.

Esa razón hizo que el gobierno norteamericano ofreciera 15 millones de dólares por la entrega de Maduro y 10 millones por varios de los altos funcionarios del gobierno venezolano, incluido Clíver Alcalá, que desertó de Venezuela hace años, y a quien pocos días antes del anuncio de las recompensas, le fue incautado abundante material militar en Colombia, según sus propias palabras, como parte de un contrato con asesores norteamericanos para la realización de acciones armadas en Venezuela.

El siguiente movimiento en el ajedrez de Trump, fue ordenar el desplazamiento de una parte de la cuarta flota desde EEUU al Caribe, con el fin de “avanzar en la lucha contra el narcotráfico” en un movimiento coordinado con la participación de 22 países más. Sin embargo, ha sido imposible encontrar una fuente que liste cuáles son esos países. No sería difícil adivinar que Colombia o Chile, entusiastas miembros del grupo de Lima y declarados enemigos de Maduro hagan parte de esa fuerza multinacional; sin embargo, en ninguno de esos dos países, el congreso ha autorizado sumar tropas y dedicar recursos a unas maniobras de esa naturaleza, y ni siquiera hay resoluciones presidenciales en esa vía.

Por ahora sólo se sabe del movimiento de dos barcos, uno proveniente de Inglaterra y otro de Francia hacia la zona, aunque, según las declaraciones de sus respectivos gobiernos, estos han sido enviados con el fin de apoyar la lucha contra la pandemia en los territorios de ultramar de esos dos países. Por otro lado, se sabe que, en Colombia, la zona limítrofe con Venezuela está teniendo un inusual movimiento de militares, y varios marines norteamericanos han sido vistos patrullando con uniforma cerca de Cúcuta y en La Guajira.

El portal Infobae, publica el 22 de marzo un informe, según el que existe una profunda relación entre el cartel de Sinaloa y el gobierno venezolano, y a su vez muestra un mapa que describe la ruta que recorre la droga antes de su destino final en Estados Unidos. Aquí empiezan a tambalear los argumentos al chocar con la realidad, pues, en primer lugar, Venezuela no es un país productor de coca, su geografía no lo permite, es decir, la coca viene de otro lugar.

Para un cartel que distribuye la coca pero no la produce, las opciones son dos: la procesa en su etapa final o la compra ya procesada. En Venezuela tampoco hay laboratorios de procesamiento de coca, el único precursor que tienen en abundancia es la nafta, el resto los tienen que importar por alguna vía, el bloqueo no lo permite y traerlos de contrabando harían poco rentable el negocio. La opción es sólo una, deben comprar la coca procesada y transportarla. Si se tiene en cuenta que de cada 100 kilos de coca que hay en el mundo, 70 vienen de Colombia, no es difícil deducir que ahí están las respuestas a todas las inquietudes anteriores sobre la producción de la coca que supuestamente comerciaría el cartel de los Soles.

Según el mapa publicado en Infobae, la coca sigue una ruta que va de Venezuela a Colombia, de ahí viaja a Honduras, luego a México y finalmente a Estados Unidos. Entonces, ¿la coca va de Colombia a Venezuela sólo para regresar a Colombia de camino a Honduras? Esa es una cosa que ni en el tráfico de droga ni en ningún otro escenario tiene mayor sentido, por otro lado, el origen de toda la cadena de producción no está en Venezuela, está realmente en Colombia, y es el presidente de Colombia y no el de Venezuela, quien está relacionado con financiadores en su campaña vinculados al narcotráfico, como el caso del “Ñeñe” Hernández, conocido narcotraficante del norte colombiano y que aparece en infinidad de espacios junto a Iván Duque. Esto sin pasar por alto que el embajador de Colombia en Uruguay, Carlos Sanclemente, debió renunciar a su cargo debido al escándalo en que está involucrado al haber sido descubierto un laboratorio de procesamiento de coca en una finca de su propiedad.

Finalmente, en todo proceso comercial que implique productos materiales, existen los productores, los comerciantes y los vendedores, la cacareada lucha contra el narcotráfico en el mundo lleva décadas poniendo en el ojo de la opinión pública a los productores y los comerciantes. Sin embargo, es claro que, si 5 toneladas de coca salen de México o de Colombia con rumbo a California o Florida, hay alguien que las debe recibir, y ese alguien será el que se encargue de introducirlas al mercado interno. Ahí está la otra punta de la misma cuerda, que es la que ha pasado desapercibida en todo este proceso. Mientras tanto la atención al consumo en Estados Unidos no pasa de ser un tema marginal de un reducido grupo de activistas.

El despliegue de tropas norteamericano en Caribe, por ahora está en silencio, pero las elecciones se aproximan y la presión irá subiendo en Estados Unidos en la medida que la pandemia cobre más víctimas y estas dejen de ser inmigrantes y afros. Cuando esta se extienda empezará a hacerse sentir en los suburbios de la clase media que tiene condiciones para cuidarse un poco más, pero no es inalcanzable. Será, posiblemente en ese momento, en que la presión política interna lleve a Trump a dar el paso que lleva dos años preparando, y que puede arrojar a la región a un conflicto que, junto con la pandemia, puede tener unas consecuencias muy serias para varios países de por sí, bastante débiles.

 

 

 

Dejá tu comentario

Forma parte de los que luchamos por la libertad de información.

Hacete socio de Caras y Caretas y ayudanos a seguir mostrando lo que nadie te muestra.

HACETE SOCIO