Me tomo entonces otro desvío, que tiene que ver con historias del pasado y con infancias rotas. La historia que quiero contarte sucedió en mi pueblo, en la Colonia, como le decimos los que nacimos ahí. Una de mis mejores amigas apareció muerta una tarde, colgada de un árbol. Y su hermana melliza, la Gringa, desde esa tragedia familiar no volvió a hablar y desde hace unos cuantos años está internada en un centro psiquiátrico. Entenderás que ese tipo de cosas dejan marcas, secuelas, traumas. No salí ilesa. Hubo además otros ahorcados y ahorcadas en el pueblo. La mayoría muy jóvenes, casi niños, casi niñas. Hubo, se podría decir, una epidemia, o algo así.
Uno de los sobrevivientes, porque así nos consideramos los que logramos salir del infierno del pueblo, publicó hace muy poco un libro que se llama Papeles suizos. Lo acabo de leer. Me lo traje a Bogotá. Te lo recomiendo. No de manera entusiasta, porque no viene a ser ese el término más correcto. Te lo recomiendo en todo caso como una necesidad, como una forma de entrar y conocer sobre el abismo, sobre el horror en estado puro. El libro es muy pequeño y está muy bien escrito. Y lo dice todo. El autor se esconde, que tampoco sería el verbo correcto, detrás de un personaje que es amigo de la Gringa y que comparte con ella la estadía sin mayor esperanza ni futuro en el referido establecimiento de reclusión mental (¿se dice así?). Desde allí escribe. Desde allí lo dice todo. Desde allí ensaya un relato virulento y extremo. Los odia. Nos odia. Que es lo mismo que decir que nos ama hasta la últimas consecuencias. A los que somos amigos y amigas de la Gringa. Él utiliza la palabra como arma. Y es una palabra que sale desde adentro y que pide ser leída en voz alta.
Acabo de leer los Papeles suizos en voz alta. Sola. Sentada en una plaza de La Candelaria, a pocos metros de la casa del poeta y a miles de kilómetros de la Colonia. Es un libro que creo tiene que ver con tus investigaciones sobre la muerte de Vilda. Sobre la muerte de tantos niños y niñas, y sobre todo de todas esas niñas que desaparecen y de las que no se vuelve a saber nada. Que se las traga la maldita tierra del Uruguay y que nos hacen pensar que los terribles relatos de Ciudad Juárez no nos son para nada ajenos. Esas cosas también pasan acá, en Colombia, por supuesto, donde estoy ahora. Y te cuento, para que veas que todo es más o menos la misma historia, y que no importa mucho en qué sitio del mundo estemos, que Fausto publicó hace un rato en Instagram una foto suya, una selfie, con una pequeña gatita sobre su hombro derecho. Dice que se llama la Gringa.
Te vuelvo a escribir dentro de quince días. Entenderás que no me es fácil seguir con todo esto.