La descompresión en la cabina hizo saltar por los aires la consola de navegación y se bloqueó el control del acelerador, lo que provocó que la aeronave siguiera ganando velocidad a medida que descendía.
Mientras tanto el cuerpo del capitán seguía fuera, congelándose. El asistente de vuelo, Nigel Ogden, pudo cerrar milagrosamente el cinturón de Lancaster. Atchitson no tenía más remedio que comenzar un descenso de emergencia muy rápido, para alcanzar una altitud que ofreciera oxígeno suficiente.
También había que salvar al asistente, que tenía medio cuerpo fuera del avión para sujetar a Lancaster. Ogden estaba sufriendo congelaciones y estaba agotado por el esfuerzo.
En medio de aquella terrible odisea, Atchitson recibió la autorización del control de tráfico aéreo para aterrizar en Southampton (al sur de Inglaterra). Agarrados fuertemente al cuerpo de Lancaster, se prepararon para la maniobra.
El vuelo 5390 de la British Airways aterrizó sin problemas y nadie sufrió lesiones graves. Casi un milagro.