Su último disco, Simple, lanzado a través del sello Ayuí/Tacuabé hacia fines del año pasado, lleva las trazas de esas búsquedas orientadas hacia una idea clave: simplificar, simplificarse.
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Dice Cabrera: “He perseguido la simpleza en mi vida como una utopía, como algo inalcanzable. Y me he pasado la vida trabajando para simplificarme, para hacer más sencillo el acercamiento a la gente de lo que yo hago. Evitar, sacar, facilitar. Hacer puentes en vez de trincheras”.
Lo simple en este contexto es lo opuesto a lo banal. Buscar, descartar, despojar, incorporar, son acciones que Cabrera encara con vocación poética. Es una exploración para potenciar la carga comunicativa y estética con pocos elementos. Una nota, un timbre, una palabra actúan para hacer posible un mundo imposible, en los bordes de la imaginación.
Y en este trabajo, que apenas dura 28 minutos, fue concebido y parido sin más artífices que el propio Cabrera. Fue un proceso largo, en el que munido de guitarra, voz, piano, bajo, armonio, piano y muy poca cosa más, compuso una obra breve -10 canciones-, contundente, que fascina por su arte para desarmar y volver a armar, para conjugar letra y música para urdir tramas mínimas. “Se trata de entregar lo mismo, la misma profundidad, en los dos terrenos, para formar esa tercera cosa maravillosa que es la canción. A mí me preocupa tanto la palabra como los sonidos. Le dedico tanto tiempo a uno como a otro, y a la yuxtaposición de ambos. Mis letras no son algo que salen así al azar caprichoso. Me juego por entero ahí”, dice Cabrera.
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Dice Cabrera: “Simple es, probablemente, el más extraño y particular, porque por primera vez no hay músicos invitados, no hay banda, no hay camaradas de ninguna especie. La única persona que entró al estudio, desde el primer día hasta el último, fui yo. Rompe un poco con la característica de todos los discos de mi vida, que siempre fueron orquestados, con bandas, con coros, con arreglos”.
Lo “extraño” quizás no sea tan extraño. O al menos no debería serlo. Una de las marcas estilísticas que atraviesa la obra de Cabrera es -ya fue dicho- la búsqueda, no como “raro” experimento que culmina en una obra esnob, efectista, sino como acción poética, una ficción que se construye con sonidos y palabras en plan simple para tender puentes, una comunicación directa. Lo “extraño”, claro, es que no suena como una obra dentro de los cánones de la industria, lo que provoca un fuerte dolor de cabeza a los inventores de etiquetas.
¿Cómo se clasifica “El liceo”? ¿Qué pasa con “Creo que te amo” o “Estaba en otra vida”, o “50 años de Horacio”, o “Mañana será otro día”, o “Soy un hombre”? ¿En qué categoría “calzan”? Cierto, no son canciones para cantar en un fogón, ni silbar en el boliche. No van a pegar “alto” en la lista de hits radiales o de “exitosa” demanda en las plataformas digitales. Pero van a conmover, van a jugar con referencias, con lugares que quizás resulten familiares. Lo simple disparará recorridos significantes complejos, que demandarán la disposición a dejarse llevar, a explorar la imaginación. Y esa simplicidad -dice Cabrera- termina siendo una pintura, una descripción del momento que vive, en el que juega todas las fichas a que su música suene viva, sin fórmulas, sin repeticiones, y que cada canción se exponga como es, sin maquillajes.
En fin, ¿no es eso lo que se espera del arte?
* El título de esta nota es uno de los versos de la canción “Creo que te amo”, incluida en el disco Simple de Fernando Cabrera.