Luego de que fue liberada, Agostina se quejó de su detención en Brasil, considerando que fue una injusticia, asegurando que ella «no era racista». Para festejar el regreso de su hija a Santiago del Estero – luego de su detención en Río de Janeiro durante un mes y medio -, su padre, Mariano Páez, repitió la misma «representación del mono» por la que fue detenida Agostina, el 14 de enero de 2026. Fue una humorada, se defendió.
Los portadores de tal disposición suelen naturalizar su ejercicio. No soportan que los pongan frente a un espejo en el que logre descubrirse su interioridad sombría. Suelen sentirse cómodos en lugares donde su desprecio es cuestionado. Donde no se los interpela o donde se les festejan las humoradas de la degradación que dedican a terceros. Los racialistas bucean en la naturalización de un esquema basado en la opresión ancestral, nacida en las prácticas esclavistas, en las coloniales, en las expulsiones de las limpiezas étnicas y en los exterminios en nombre de la civilización.
Los portadores de tal disposición suelen naturalizar su ejercicio. No soportan que los pongan frente a un espejo en el que logre descubrirse su interioridad sombría. Suelen sentirse cómodos en lugares donde su desprecio es cuestionado. Donde no se los interpela o donde se les festejan las humoradas de la degradación que dedican a terceros. Los racialistas bucean en la naturalización de un esquema basado en la opresión ancestral, nacida en las prácticas esclavistas, en las coloniales, en las expulsiones de las limpiezas étnicas y en los exterminios en nombre de la civilización.
Sobrellevan una «ceguera sistémica» que los lleva a multiplicar prácticas y agravios aptos para diferenciarse. De esa manera, creer alejarse de quienes desprecian y al mismo tiempo refrendar la superioridad respecto a las personas que desvalorizan. Sienten el peligro de verse descriptos o asociados con las personas a quienes consideran inferiores. Son portadores de un «miedo absoluto» que reside en el estremecimiento de esa posible confusión con la gente que desdeñan. Se aterrorizan al imaginar que su identidad pueda llegar a estar entremezclada con los sujetos «inferiores» que habitualmente maltratan. Su actuación despectiva – sospechan – los aleja de esa situación traumática: al repetir la humillación contra los racializados, creen estar salvados de ser confundidos con ellos. En su versión más radical y provocadora pueden llegar a señalar, incluso, que «el racismo verdadero es el que sufre la gente blanca…»
Todas las formas de estigmatización se esconden, muchas veces, en pliegues inconscientes. La categoría de «racismo aversivo» remite a que una gran parte de la sociedad cree sostener valores igualitarios, se autopercibe como carente de prejuicios, pese a lo cual alberga sentimientos negativos (incomodidad, miedo, rechazo) hacia otros grupos. Esos portadores instintivos reaccionan con indignación y sostienen que son «buenas personas» que no merecen el calificativo ofensivo de racistas: «Tengo muchos amigos negros, judíos, homosexuales»; «siempre respeté a las mujeres, los adultos mayores, los jóvenes…».
Los que inferiorizan a aquellos que carecen de la blancura esperada aparecen como incapaces de monitorear sus actos discriminatorios. Se sienten limpios de culpa y cargo. Para ellas y ellos «el racismo» es un desperfecto ajeno, lejano, una práctica que nunca los atraviesa. Ellas y ellos no segregan. No necesitan inferiorizar a nadie porque se sienten superiores. En muy contadas oportunidades atraviesan la autopercepción del impacto negativo que tienen sus acciones. Se encolerizan, se sienten atacados injustamente. Perjuran no ser lo que hacen y/o dicen. Se golpean el pecho y lo corean en los salones donde reproducen sus fiestas de la burla.
Cuando se describen sus acciones discriminatorias, los racistas impugnan ese calificativo porque los vinculan al nazismo, al Ku Klux Klan y a sus prácticas violentas y genocidas. Lo que niegan a asumir es que todo fascista o integrante de un grupo supremacista se inició en la cultura del odio a partir de las mismas humoradas – aparentemente intrascendentes – que abonaron las cámaras de gas y el ahorcamiento de afrodescendientes, en las cacerías humanas que prologaron las actuales persecuciones del ICE. La lógica funciona de forma similar a la misoginia: la desvalorización se impone como el trampolín necesario e imprescindible para que después pueda darse el femicidio.
El desprecio hacia diferentes grupos funciona como un lenguaje. Como una estructura cultural sobre la que se asientan los chistes, los estereotipos y las jerarquías del darwinismo social (falaz), acomodada para ubicar a algunos grupos en el pedestal ficticio de la sobrevivencia del más apto. Los victimarios pueden conjeturar que dicho escalafón humano es parte del «sentido común», justificando de esta manera el privilegio gozoso que logran abrigar ante la inferiorización del otro.
Cuando los racistas son desenmascarados, tienden a incomodarse. «¿Me estás llamando racista? Evidentemente dramatizás y sos hipersensible». De esa manera se termina invirtiendo la responsabilidad del suceso: no es el racismo; es la hipersensibilidad. Muy pocas personas asumen que la superación de la práctica racista (gestual, lingüística, emocional) exige la validación de la crítica – aunque duela – y la consecuente capacidad para alojar un automonitoreo reflexivo que permita la modificación de dicha disposición. Las razas no existen. Pero el racismo sí. Y sigue siendo muy peligroso. Haruki Murakami nos recuerda que «sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere».
Por Jorge Elbaum
Tomado de La Tecl@ Eñe