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Columna destacada

Ante la muerte de Roberto Fernández Retamar

Por Marcia Collazo.

Ha muerto el poeta cubano Roberto Fernández Retamar. Mucho antes de conocerlo yo hablaba de él en mis clases de Historia de las Ideas en América. Me asomé a su pensamiento hace como veinte años y desde entonces no lo abandoné. Tuve la suerte de que me diera una entrevista en enero de 2013, en la Casa de las Américas, ese sitio que tanto contribuyó a sostener y a enriquecer, y del que formaba parte indisoluble.

Retamar se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, en 1954. Realizó estudios de posgrado en París y Londres. Fue asimismo doctor en Ciencias Filológicas, profesor de la Universidad de La Habana y de Yale, así como profesor honorario de varias universidades extranjeras, dictó cursos y conferencias, escribió numerosos ensayos literarios y filosóficos, y tuvo un rol de activa participación en la Revolución de 1959. Además de haber ocupado algunos cargos políticos, fue un gran poeta y dirigió publicaciones como Nueva Revista Cubana y Casa de las Américas, desde 1965. Obtuvo varios premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Poesía por su libro Patrias en 1951, el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío, el Premio Internacional de Poesía Nikola Vaptsarov (Bulgaria), el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde (Argentina), el Premio de la Crítica Literaria por el libro Aquí en 1996, y la Medalla oficial de las Artes y las Letras otorgada en Francia en 1998.

No deseo que esto se limite a una simple reseña biográfica. Es ardua la tarea de mostrar, en unas breves líneas, el pensador que fue Retamar, pero intentaré al menos dejar una remota idea. Uno de sus libros, Calibán, editado en el año 1971, forma parte de una tríada temática integrada, desde un enfoque centrado en la hermenéutica, por el Ariel de José Enrique Rodó y por la obra de Aimé Cesaire sobre las dos figuras (la de Ariel y la de Calibán), que tuvieron su acta de nacimiento formal en La tempestad, una pequeña obra de teatro escrita por William Shakespeare y representada por primera vez en el año 1611, en Londres.

Esos tres libros -y algunos más que andan en la vuelta, todos inspirados en estos dos personajes shakesperianos- me han sido de enorme utilidad para mostrar a mis estudiantes varias paradojas y ambivalencias del pensamiento, de la filosofía y del ser latinoamericano. La primera de todas es la siguiente: dos personajes literarios surgidos de la mente de un inglés hace cuatrocientos y pico de años han constituido una de las bases para que el mundo latinoamericano se mire a sí mismo, ponga en cuestionamiento sus modelos y arquetipos, y se plantee nuevas concepciones y objetivos.

Durante mucho tiempo, por lo menos desde que en 1900 Rodó publicara Ariel, pocos se habían atrevido a decir francamente, tanto en América como en Europa, que Calibán era el verdadero y auténtico ser del Nuevo Mundo. Roberto Fernández Retamar fue uno de los que lo dijeron. Su obra del año 1971 empezó a concebirse en su mente cuando un periodista europeo le preguntó, durante un evento académico en La Habana: “¿Existe una filosofía latinoamericana?”, y él, más que molestarse, se quedó horrorizado y hondamente preocupado por semejante pregunta, que le sonó a algo así como: “¿Existen ustedes?”.

Hay, en efecto, preguntas tan absurdas o tan monstruosas en sus significaciones últimas que no pueden siquiera ser respondidas de una manera aproximadamente racional. La respuesta requiere mucho más que una simple frase, en todo caso. Para elaborarla, Retamar decidió internarse en los vericuetos de Calibán, quien era en La tempestad una especie de monstruo repulsivo -aunque jamás idiota- nacido en una isla del Nuevo Mundo, hijo de la bruja Sycorax y, como él mismo lo proclama, el verdadero amo del lugar. A esa isla, siempre de acuerdo a la obra de Shakespeare, han llegado Próspero, el duque de Milán, y su hija Miranda. En cuanto a Ariel, era un espíritu del aire aprisionado en el interior de un árbol por la bruja Sycorax. Próspero, quien practica también artes ocultas y goza del “poder que se esconde en los libros”, libera a Ariel a cambio de que lo sirva y cumpla todas sus órdenes, por brutales y arbitrarias que estas sean. Ese es el cuadro general de la obra.

Durante siglos se ha enaltecido a Ariel como espíritu del aire y de la inteligencia, como alma superior cuyo único anhelo es ascender, apartarse de la tierra y sus miserias, y tornar a perderse en el éter. Calibán, en tanto, siempre fue mirado como la bestia bruta, el terrón y el pedazo de estiércol, el salvaje del Nuevo Mundo, abyecto, malvado, cargado de pecados e incapaz de la menor superación, en cualquier sentido. Fácil es advertir el paralelismo entre Calibán y el indio americano, primero, y el criollo y habitante de América después.

Para Rodó, la figura de Ariel es la quintaesencia de la elevación, del talento y del ser superior. Calibán, aunque jamás lo nombra como tal, viene a ser Estados Unidos, país ahogado por el utilitarismo, el consumismo y la fuerza bruta. Y llegamos así a Fernández Retamar para quien José Enrique Rodó había sido muy certero al señalar el verdadero peligro que amenazaba a América: la figura de los Estados Unidos, ese “gigante de las siete leguas” contra el que ya nos había prevenido José Martí.

Dos tesis expresa Retamar en la obra mencionada. La primera es que existe una cultura latinoamericana con características propias. La segunda, que dentro de esa cultura hay dos tradiciones, una que ha renegado sistemáticamente de su identidad, y otra que la ha reivindicado. Así lo dice: “Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán. Esto es algo que vemos con particular nitidez los mestizos que habitamos estas mismas islas donde nació Calibán. Próspero invadió las islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Calibán y le enseñó su idioma para poder entenderse con él”. Y agrega: “¿Qué otra cosa puede hacer Calibán sino utilizar ese mismo idioma -no tiene otro- para maldecirlo, para desear que caiga sobre él la roja plaga? No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad”.

Además de cultivar el ensayo y la disquisición filosófica sobre el ser latinoamericano, su devenir histórico y sus posibilidades, Retamar fue un gran poeta, de auténtica cosmovisión humana. Cierro entonces esta breve semblanza con unos versos suyos que están entre los más potentes y viscerales de su obra.

 

***

Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

 

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