Esos tres libros -y algunos más que andan en la vuelta, todos inspirados en estos dos personajes shakesperianos- me han sido de enorme utilidad para mostrar a mis estudiantes varias paradojas y ambivalencias del pensamiento, de la filosofía y del ser latinoamericano. La primera de todas es la siguiente: dos personajes literarios surgidos de la mente de un inglés hace cuatrocientos y pico de años han constituido una de las bases para que el mundo latinoamericano se mire a sí mismo, ponga en cuestionamiento sus modelos y arquetipos, y se plantee nuevas concepciones y objetivos.
Durante mucho tiempo, por lo menos desde que en 1900 Rodó publicara Ariel, pocos se habían atrevido a decir francamente, tanto en América como en Europa, que Calibán era el verdadero y auténtico ser del Nuevo Mundo. Roberto Fernández Retamar fue uno de los que lo dijeron. Su obra del año 1971 empezó a concebirse en su mente cuando un periodista europeo le preguntó, durante un evento académico en La Habana: “¿Existe una filosofía latinoamericana?”, y él, más que molestarse, se quedó horrorizado y hondamente preocupado por semejante pregunta, que le sonó a algo así como: “¿Existen ustedes?”.
Hay, en efecto, preguntas tan absurdas o tan monstruosas en sus significaciones últimas que no pueden siquiera ser respondidas de una manera aproximadamente racional. La respuesta requiere mucho más que una simple frase, en todo caso. Para elaborarla, Retamar decidió internarse en los vericuetos de Calibán, quien era en La tempestad una especie de monstruo repulsivo -aunque jamás idiota- nacido en una isla del Nuevo Mundo, hijo de la bruja Sycorax y, como él mismo lo proclama, el verdadero amo del lugar. A esa isla, siempre de acuerdo a la obra de Shakespeare, han llegado Próspero, el duque de Milán, y su hija Miranda. En cuanto a Ariel, era un espíritu del aire aprisionado en el interior de un árbol por la bruja Sycorax. Próspero, quien practica también artes ocultas y goza del “poder que se esconde en los libros”, libera a Ariel a cambio de que lo sirva y cumpla todas sus órdenes, por brutales y arbitrarias que estas sean. Ese es el cuadro general de la obra.
Durante siglos se ha enaltecido a Ariel como espíritu del aire y de la inteligencia, como alma superior cuyo único anhelo es ascender, apartarse de la tierra y sus miserias, y tornar a perderse en el éter. Calibán, en tanto, siempre fue mirado como la bestia bruta, el terrón y el pedazo de estiércol, el salvaje del Nuevo Mundo, abyecto, malvado, cargado de pecados e incapaz de la menor superación, en cualquier sentido. Fácil es advertir el paralelismo entre Calibán y el indio americano, primero, y el criollo y habitante de América después.
Para Rodó, la figura de Ariel es la quintaesencia de la elevación, del talento y del ser superior. Calibán, aunque jamás lo nombra como tal, viene a ser Estados Unidos, país ahogado por el utilitarismo, el consumismo y la fuerza bruta. Y llegamos así a Fernández Retamar para quien José Enrique Rodó había sido muy certero al señalar el verdadero peligro que amenazaba a América: la figura de los Estados Unidos, ese “gigante de las siete leguas” contra el que ya nos había prevenido José Martí.
Dos tesis expresa Retamar en la obra mencionada. La primera es que existe una cultura latinoamericana con características propias. La segunda, que dentro de esa cultura hay dos tradiciones, una que ha renegado sistemáticamente de su identidad, y otra que la ha reivindicado. Así lo dice: “Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán. Esto es algo que vemos con particular nitidez los mestizos que habitamos estas mismas islas donde nació Calibán. Próspero invadió las islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Calibán y le enseñó su idioma para poder entenderse con él”. Y agrega: “¿Qué otra cosa puede hacer Calibán sino utilizar ese mismo idioma -no tiene otro- para maldecirlo, para desear que caiga sobre él la roja plaga? No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad”.
Además de cultivar el ensayo y la disquisición filosófica sobre el ser latinoamericano, su devenir histórico y sus posibilidades, Retamar fue un gran poeta, de auténtica cosmovisión humana. Cierro entonces esta breve semblanza con unos versos suyos que están entre los más potentes y viscerales de su obra.
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Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.