Bien se ha dicho que el Paraná fue su Rubicón, y al modo de Julio César y sus legionarios, pudo haber exclamado: alea jacta est. Entre las dimensiones de lo desconocido, entre sus irrenunciables esperanzas y un futuro que se abría como una desmesurada incógnita, una nueva vida lo aguardaba en la tierra paraguaya, gobernada por José Gaspar Rodríguez de Francia; una vida todavía no develada, pero ya trazada en sus derroteros secretos, que bien podría ser objeto de los más profundos estudios filosóficos. La existencia de Artigas en Paraguay, larga, oscura y embozada en el horizonte de la interpretación histórica, representa un enigma que ha sido objeto de interés por parte de muchos estudiosos, ya desde 1830.
Las primeras noticias sobre su nueva vida se hicieron esperar, y solo se conocieron gracias al testimonio de viajeros que por diferentes conductos, y mucho tiempo después, lograron encontrarse con él. Daniel Hammerly Dupuy, en su obra Rasgos biográficos de Artigas en el Paraguay (en Artigas. Estudios publicados en El País como homenaje al jefe de los Orientales en el centenario de su muerte, 1850-1950, coordinada por Edmundo Narancio), planteó una serie de preguntas disparadoras, a su vez, de subsiguientes reflexiones. ¿La entrada al Paraguay se produjo como el final de un ciclo, o se trató de un “repliegue táctico”? ¿El caudillo oriental pretendía una alianza militar con el dictador supremo del Paraguay, con quien, por otra parte, no lo unía el mejor de los vínculos? ¿Aspiraba a regresar a la Provincia Oriental, apoyado por fuerzas paraguayas, para continuar la lucha? O, por el contrario, ¿se consideraba derrotado? Todavía otras dudas surgen, puesto que su estancia en Paraguay no duró tres días ni tres meses, sino treinta largos años: ¿Por qué no quiso retornar jamás a “su patria”? ¿Era la República Oriental del Uruguay, a partir de 1830, su patria, o había mutado en otra cosa, en una entidad totalmente desnaturalizada, degradada y desvirtuada en sus rasgos y estructura más profunda?
Para todas estas preguntas no existe una respuesta certera, ni siquiera aproximada. Muchas fueron, además, las circunstancias supervinientes, y mucho se transformó el mapa político de lo que una vez fue el escenario de sus desvelos y trabajos. Por eso, estas interrogantes nunca podrán ser realmente contestadas. Artigas en Paraguay sigue siendo un misterio, un silencio acusador, una imagen inquietante. Algunos titulares sobresalen. Estuvo, al principio, confinado (metido a fraile, dirían sus enemigos) en el convento asunceño de La Merced. Fue enviado luego a la villa de San Isidro de Curuguaty, la Siberia paraguaya, por veinticinco largos años. Y finalmente, pasó su último lustro de existencia en las afueras de Asunción bajo la protección de Carlos Antonio López. Daniel Hammerly Dupuy considera que nuestro caudillo pasó por tres etapas. Durante la primera continuó trazando proyectos de vasto alcance político, lo que queda demostrado por su insistencia de los primeros tiempos en tener un encuentro cara a cara con el dictador Francia. Pero este jamás lo recibió y tampoco respondió a ninguna de sus misivas. Comenzó entonces la segunda etapa, de acomodamiento a las circunstancias, signada por las tareas agrícolas y el auxilio a los menesterosos. La tercera y última fase consistió en la simple y descarnada vejez (Hammerly habla de una declinación biológica y una elevación espiritual). En Curuguaty, Artigas llevó una existencia apacible, y sólo fue visitado por Aimée Bonpland (1831). En Ibiray, por el contrario, recibió la visita de su hijo José María y de personalidades como Alfredo Demersay, José María Paz, Enrique Beaurepaire-Rohan y Rómulo Yegros, entre otros. Lo que pasó por su alma durante esas tres décadas, allí se quedó, entre la tierra y el cielo, más acá y más allá de todas las traiciones, miserias humanas y mezquindades varias que intentaron, entonces y ahora, destruir su ideario y devorar su sombra.