Lo cierto es que Bolsonaro y hasta su vicepresidente, el general retirado Hamilton Mourao, aparecían en primer plano de todas las campañas. Ele nao fue la consigna que -como un boomerang en manos de un imprudente-, lanzaron con muy buenas intenciones algunos colectivos, pero se volvió contra ellos. Así la campaña fue decantando en la figura de Bolsonaro como protagonista y no de sus contendientes. No es una novedad que la inseguridad es un problema en crecimiento en América Latina, las mutaciones de la delincuencia, el narcotráfico y sus tentáculos, pero tampoco es menos cierto que la denominada mano dura ha demostrado no ser la más efectiva a lo largo de la historia. De la misma forma que la corrupción (que ha sido un problema endémico en el Brasil, al que el PT no logró dar solución, en parte lo profundizó), la inseguridad apareció como el caballo de Troya en esta contienda. Como si la inseguridad o la corrupción pudieran ser exterminadas por un personaje solitario, prácticamente sin partido y con un discurso permeado por los viejos fascismos. Este fenómeno tiene incontables causas y aristas. No solo el desencanto o el miedo lo alimentan. También lo hacen la tan mentada posverdad, las noticias falsas, las campañas publicitarias y una peligrosa mezcla de ambas que termina por desordenar cualquier análisis. En los 25 años que Bolsonaro fue legislador solo presentó 2 proyectos de ley y pasa hoy en día como el político redentor de la República brasileña. Y parecería que sus recursos más burdos son aplaudidos por la multitud menos formada, y obviados por los que comprenden el trasfondo de lo que plantea. Igualmente es digno de considerar las diferencias entre la historia política de Brasil y la de nuestro país, en tanto y en cuanto nos aproxima a errores conceptuales. Bolsonaro ha apoyado la dictadura brasileña y hasta ha aplaudido y felicitado al torturador de Dilma Rousseff, Carlos Alberto Brilhante, en ocasión de votar el impeachment. Mourao también ha tenido palabras halagüeñas con respecto al proceso brasileño, muy diferente al de este lado de la frontera. En 1964 un golpe militar quitó del poder al presidente Joao Goulart, un hombre de pensamiento nacionalista, progresista para aquellos tiempos. Políticas de aumento de los impuestos a la renta, reparto de tierras, exigencias a las empresas multinacionales, pero sobre todo su acercamiento al Pacto de Varsovia y a los países del bloque socialista, lo hicieron acreedor a un golpe de Estado.
Goulart ya había tenido que transar con el poder militar, un poder extremadamente poderoso en Brasil. Aquel gobierno tenía dos ministros que pintan de cuerpo entero la dirección de aquel presidente, Celso Furtado, y nada menos que Darcy Ribeiro. El economista padre del desarrollismo y el antropólogo latinoamericano por antonomasia. Aquel golpe colocó en el poder al general Castelo Branco y se coronó con una nueva constitución formando un gobierno autoritario burocrático a partir de 1969. Dos partidos en una especie de ficción democrática se jugaban el poder, en un juego que siempre ganaba el mismo. El Arena (Alianza Renovadora Nacional) y el MDB (Movimiento Democrático Brasileño). Fueron dándose una línea recta de presidentes del Arena, militares en general, hasta que en 1985 venció en MDB con José Sarney a la cabeza. Ese es el Estado que añora Bolsonaro y esos son los conservadores que lo apoyan. A estos, las élites, no les molesta en lo más mínimo el discurso racista y homófobo del presidente, pero por otra parte eso no explica el caudal de votos del candidato del PSL. La actitud en defensa de la dictadura brasileña parecería no impactar en el caudal de votos de Bolsonaro, y hasta parece pasar inadvertida en medio del voto castigo anti-PT.
Otro punto a considerar es que Bolsonaro es un candidato con un programa y más allá de su personalidad avasallante y su discurso de odio en los medios de comunicación, su futuro ministro de economía es un espécimen del neoliberalismo de la Universidad de Illinois. Pero otro tema que no ha generado mayores reflexiones para este año 1 es que Bolsonaro no tendrá las mayorías que necesitaría para llevar adelante reformas estructurales. Por tanto, si respeta la constitución (la pregunta en los labios de mucha gente), deberá negociar y parecería que Jair Mesías no es de los que negocian, pues negociar es otorgar para recibir. De esta forma el escenario político brasileño se encontrará con una encrucijada que dependerá de la capacidad negociadora de algún protagonismo del gobierno. Observando al vicepresidente Mourao, claramente no será él quien negocie. Por tanto Brasil puede quedar en el limbo o generar nuevas lógicas políticas de alianzas, abriendo definitivamente la grieta. Este año 1 será fundamental para ver hacia dónde se decantan los apoyos.