Se ha dicho también que el teatro es mentira. Y sin embargo no lo es. Lo único falso que ocurre sobre el escenario es el acto de fumar, de tomarse tres vasos de alcohol o de pegarle un tiro a alguien. Me cuesta suponer que la expresión artística de un sentimiento por parte de un actor pueda catalogarse como una mentira. Sería algo así como sostener que una pintura, una escultura o una canción son mentiras, tanto en su mensaje como en su formato material. El teatro, como todo fenómeno artístico, está situado en una dimensión distinta. No se le pueden aplicar las categorías de lo falso y de lo verdadero. ¿Es falsa o es verdadera la prohibición de simular fumar, por ejemplo? Ni una cosa ni la otra. La prohibición es una norma, un deber ser, y como tal emana de la voluntad de ciertas personas, no de una ley causal o natural. Es verdadera la ley de gravedad. Es falso que el agua hierve a veinte grados.
En el terreno de la lógica, de los razonamientos inductivos y deductivos, del sometimiento de tales razonamientos a la prueba y al método científico, resultará la verdad o la falsedad de los enunciados sobre la realidad. Pero no son ni falsas ni verdaderas las representaciones de la vida humana y sus vicisitudes, y entre tales representaciones -las ideas son representaciones también- se encuentran todas y cada una de las posibles acciones humanas. Las emociones, los sentimientos, las creencias, las pasiones y las pulsiones que andan errando desde hace siglos por el mundo.
El teatro, como cualquier forma de arte, intenta mostrar el drama de la existencia. Intenta indagar en las grandes preguntas, a través de las simples circunstancias de hombres y de mujeres, de su condición sublime o miserable, mezquina o luminosa. Se trata de arte, en suma, y por lo mismo no puede catalogarse como falso o verdadero. Más allá de todo esto, el decreto del Poder Ejecutivo es desgraciado porque representa censura, o sea una intención explícita de interferir y de coartar la libertad de creación y de expresión artística.
En nuestro país, ya que de reglas hablamos, existen normas superiores que consagran los derechos de los ciudadanos a expresar y difundir libremente sus pensamientos, ideas y opiniones, dentro de lo que se incluye toda forma de creación literaria y artística. Y sostener que una expresión artística -como simular fumar sobre un escenario- vulnera otros derechos es delicado. Esto es censura sin vueltas. La censura consiste en ajusticiar al creador porque la obra o algunos de sus elementos nos ha causado disgusto.
Y sí; yo puedo entender que a los cultores del antitabaquismo les parezca horroroso ver subir las espirales del humo en el escenario. Puedo entender su incomodidad, porque yo misma me he sentido incómoda miles de veces frente a multitud de obras de arte. He llorado, he reído, me he indignado y me he quedado pensando. Déjenme decirles que de eso se trata. No estamos en la Edad Media, ni en el Renacimiento, ni en el Antiguo Régimen ni en el siglo XIX, cuando el artista estaba sometido a los caprichos de su cliente o al poder absoluto del Estado. Estamos en el complejo siglo XXI. Venimos de las vanguardias del 900 y del arte del siglo XX, que se caracterizó, como ningún otro, por provocar, transgredir, cuestionar y sobrepasar los límites.
Claro, es posible que los censores no hayan entendido nada. Cuando Marcel Duchamp presentó a la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York un urinario de hombres al que tituló Fuente, y pretendió que se trataba de una obra de arte, ¿qué estaba haciendo? Estaba haciendo uso de una de las funciones más características del arte: provocaba, escandalizaba, movía, cuestionaba. Claro que la provocación suele suscitar reacciones, pero paradójicamente estas sólo logran el efecto contrario, es decir, el aumento exponencial de aquello que pretenden censurar.
Inapropiado, inconveniente, excesivo, suelen ser algunos de los motes que usa la censura. La simulación de fumar, por ejemplo, no debería ser motivo de alarma en sí misma. Más bien habría que preguntarse cómo las volutas de humo reflejan el mundo, cuál es su atmósfera particular, a quién o a quiénes señalan, qué emociones despiertan.
Las buenas obras de arte se valen de múltiples recursos para manifestarse. ¿Uno de ellos podrá ser el cigarrillo, simulado en este caso? ¿Y por qué no? ¿Quién dice lo contrario y con qué legitimación superior lo dice?
Dejémonos de confusiones y de enredos semánticos. Dejémonos de hipocresías y llamemos a las cosas por su nombre. Está bien que se regule, dentro de un orden jurídico, la conducta humana real, contante y sonante. Está bien que se castigue el asesinato -real- de un ser humano. Pero no nos metamos con el arte, por favor. Al respecto existen novedades, por lo menos para los que no entendieron nada. La mala noticia es que el arte nunca dejará de mostrar lo abyecto, lo grotesco, lo inquietante, lo perverso. Si queremos un mundo seguro, bonito, regulado y controlado en sus mínimos detalles, el arte no será nunca nuestro territorio. La buena noticia es que, justamente por eso, el arte es el único recurso que tenemos para poder pensar el mundo de otra manera. Y quién les dice… de repente, recién ahí, cuando podamos pensar de otra manera, empezaremos a mejorar.