La voz oficial china para anunciar el reconocimiento al gobierno que surgió en Afganistán, la colaboración con el pueblo afgano y la manutención de la embajada china en Kabul abierta, fue Hua Chunying, la vocera de Cancillería. Otra mujer, su homóloga rusa, María Sajarova, fue la encargada de hacer lo mismo desde Moscú. Ya Boogie El Aceitoso había demostrado que se puede caminar y masticar chicle a la vez. En este caso, ser antiimperialistas demostrando con énfasis los avances en equidad de géneros, pero Antony Blinken, Jake Sullivan, Mike Pompeo y el propio Biden, los vociferadores del “redespliegue” y las amenazas, compitieron a cuál es más virilmente malsano. Pompeo dijo que Biden debió bombardear las ciudades que iba tomando el Talibán a velocidad de cine mudo (bravuconada de irresponsable y artero, porque el propio Pompeo había negociado con el Talibán una transición que el Deep incumplió ya en tiempos de Trump). Blinken dijo que se habían retirado antes de que el Talibán los atacara, para no sumar más pérdidas a “los 2.300 muertos que tuvimos en Afganistán” (los otros 250 mil caídos en sus veinte años de ocupación militar directa de Afganistán le resbalaron). Y Biden… Biden fue, desde luego, el más careta, echándole la culpa al ejército y a las fuerzas de seguridad afganas “que no supieron defender a su país”. A dos años de la gloriosa ofensiva talibán, China está construyendo la primera carretera de Islamabad (capital de Pakistán) con Tashken (capital de Uzbekistán) pasando por Kabul.
Es evidente que “los 300 mil hombres que entrenaron y adoctrinaron durante veinte años” los yanquis en Afganistán, no tenían nada por qué luchar y, en efecto, no lucharon nada. La mayoría de los 20 mil colaboradores directos con la ocupación, traductores y funcionarios con sus familias, fueron abandonados por la OTAN, cuya mayor preocupación siempre es evitar refugiados en Europa.
Obvio que los 150 mil talibanes armados al principio con kalashnikov, carentes de tecnología de punta, luego reforzados con el armamento yanqui que las tropas gubernamentales iban entregando, les bajaron el umbral tecnológico a las batallas, capturando primero las ciudades en pasos a frontera, donde, desde probablemente agosto de 2020 en que se iniciaron las negociaciones, venían congelando círculos.
Los talibanes fueron imparables en el combate relámpago, al menor costo posible de efusión de sangre, en áreas bien alejadas de la fortaleza pastún que Trump bombardeó en 2019 con MOAB (la mayor bomba después de la atómica), y una vez tomadas Kandahar y Pul-i-Alam, a cincuenta kilómetros de Kabul, lo único que tenían para decirle al enviado de Biden a la ronda de Doha, delante del ruso, el chino y el pakistaní, era “nunca les creímos nada; siempre supimos que no se irían del todo si no los echábamos del todo”.
Parece que lo mismo va a ocurrir en el Dombás y en Novo Rosiyia, donde la humillación de la OTAN va a ser aún mayor, por mucho que los medios hegemónicos maquillen la venta de cara.
Las verdaderas negociaciones del 21 fueron en Moscú (la diplomacia talibán evolucionó notablemente para esta nueva época), en Dushanbe, capital de Tayikistán, a donde se trasladaron el propio canciller Serguéi Lavrov y su homólogo chino Wang Yi, y en Tianjin, próxima a Beijing, en las antípodas chinas de la frontera chino-afgana (la discreción diplomática no es menos proverbial que la paciencia).
En julio de 2021, todos esperaban la batalla de Kabul, hasta el mejor informado de los cronistas internacionales de la zona, Pepe Escobar, en Asia Times. Pero la batalla de Kabul no existió. Los talibanes tenían más de mil círculos congelados en Kabul. No necesitaron entrar. Ganaron la guerra a lo chino, doctrina Lao-Tse, cuando ya la tenían ganada.
Después vimos a las corporaciones mediáticas señalar el nuevo “eje del mal”, que era Talibán-Pakistán-China, mientras insistían en que USA se redesplegaba porque necesitaba “reforzar” alguna otra base militar aislada del territorio, donde bajara en helicóptero con luces apagadas, en la oscuridad nocturna, algún showman que anime la velada, propiamente dicha.
También cambió el talibán, que no programó prohibir el cultivo de amapola en Afganistán, sino sólo la distribución en su país, pero sí habilitar otra salida de la ruta de la seda al mar, vía Afganistán- probablemente con tren bala chino en construcción- hasta Irán, que ya es miembro de pleno derecho de la Organización de Cooperación de Shanghái, mientras los stáns de la ex URSS, tienen todo su aparato de seguridad coordinado por Rusia.
El peligro de terrorismo islámico en los países vecinos de Afganistán, aunque haya terroristas entre las tribus del Talibán, era mayor con USA más presente en el terreno. Las incursiones yihadistas en Xinjiang (provincia occidental de China), implican cruces de montañas extremadamente difíciles desde Afganistán a Tayikistán y luego a una tierra de nadie en el corredor de Wakhan. La vigilancia electrónica de Beijing está rastreando todo lo que se mueve en esa parte del techo del mundo.
El 15 de agosto, lo resumió perfectamente Escobar, “la OTAN acaba de ser humillada cósmicamente en el cementerio de los imperios por un grupo de pastores de cabras, y no por encuentros cercanos con Khinzal (misil supersónico ruso). ¿Lo que queda? Propaganda (…) pero a la OTAN le espera una humillación mayor: Ucrania”.
A dos años de los colaboradores yanquis colgados de los aviones en el aeropuerto de Kabul, Johannesburgo celebra la XV cumbre de los BRICS entre el 22 y el 24 de agosto. Un buen momento para que del imperialismo en huida empiece a colgar el sistema SWIFT y, tras él, el euro y el dólar.