Yo creo que la cosa va mucho más allá. China, que todo lo ve y todo lo analiza, no parece dispuesta a entrar en la dinámica de la ya caduca Guerra Fría entre el capitalismo a lo yanqui y el socialismo a la soviética. No. No le interesa amoldarse a semejantes esquemas, en los que jamás quiso entrar, sino barajar y dar de nuevo, en el más completo sentido. Sabe que está rozando la cumbre de la economía mundial, y esto no es nada nuevo, si pensamos que desde hace dos mil años se considera la cumbre de la civilización, a despecho de los mezquinos desprecios occidentales. Si hubiera un fin de la historia, éste no tendría su centro en Estados Unidos, ni siquiera en Europa occidental o en Rusia, sino en la vieja y temible China. Ahora resulta que a nosotros, los uruguayos, también nos deslumbra. Ahora resulta que no importa el “palo” ideológico de nadie, con tal de que se nos asegure la “fariña”, según descarnada expresión que supo usar un político uruguayo del siglo XIX. Deberíamos reflexionar en esto. A la hora de encresparnos de furia contra el pseudo comunismo de algunos países latinoamericanos, no vacilamos en condenar a tal o cual régimen, tachándolo de dictadura. Tampoco vacilamos en ponernos del lado de Estados Unidos, aunque sea de manera pasiva o implícita, en su criminal carrera bélica contra sus “enemigos”, en el mundo entero y más específicamente en Oriente Medio, y en este, su “patio trasero”. Los mismos que se hicieron cómplices del bloqueo a Cuba -por dictatorial, por comunista, por violadora de los derechos humanos- miraron para el costado cuando Estados Unidos apoyó a Pinochet en Chile, y hoy sostienen fervorosos sueños de prosperidad en relación al gigante chino.
Mientras tanto, Biden se desespera. “Debemos demostrar que la democracia aún funciona”, dijo en su primer discurso ante el congreso como presidente. Poco después, en su primera gira internacional, dijo que “mi viaje a Europa va de que Estados Unidos reanime las democracias del mundo”. Pero esta vieja retórica está gastada. Nadie cree, en el fondo, que Estados Unidos sea capaz de liderar transformación alguna, y mucho menos lo cree la Unión Europea, que ahora se acordó de América Latina, en la que ya puso la mira China, con beneplácitos variados por parte de algunos gobiernos, entre ellos el nuestro. Así las cosas, a nadie se le ocurre que América Latina pueda, por fin, bastarse a sí misma; mirar para adentro y aprovechar la oportunidad de crisis para esbozar, al menos, un intento de unión que redunde en provecho propio. Si hay un fin de la historia, ése podría ser el fin de las rémoras coloniales, que los americanos llevamos tatuadas a sangre y fuego en el pecho y en la conciencia. Se trata de la construcción de un proyecto narrativo divergente de la línea dominante, la cual ha sido desde siempre la injerencia extranjera con fines de expoliación. Un proyecto arduo y en buena medida utópico, pero no imposible, ya que la utopía no significa únicamente un sueño impracticable. Fue Bolívar quien más avanzó en los planes integracionistas de la que denominó América Meridional, para distinguirla de su homónima del norte. En su Carta de Jamaica, de 1815, dijo que “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un sólo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse”. Sea cual sea el rumbo que decida tomar América en pos de su fortalecimiento y de su unión, es evidente que el mayor obstáculo para lograrlo no depende de la diversidad de climas, geografía o de culturas, porque entonces también habría sido imposible para China o para Rusia, o para la misma Unión Europea. La mayor piedra en el zapato es nuestra cabeza, nuestra rémora colonial, que nos impide mirarnos a nosotros mismos y nos obliga a rendir culto a quien sea, con tal de que provenga del extranjero. El atrevimiento de tomar decisiones en interés de nuestro propio destino ya se ha pagado con sangre, pero no deberíamos resignarnos a ser los eternos títeres del vasto escenario mundial, y mucho menos en la presente coyuntura de crisis de los grandes relatos (ya no del comunismo, sino de la democracia liberal capitalista) y de los roles supremos en ese asunto de mandar en el mundo. Para que algún día América Latina se vuelva vieja de veras y logre asumir sus propias riendas, hay que comenzar desde ahora la tarea.