El 27 de junio publiqué en redes sociales, como digna ofrenda a fecha tan fatídica para los orientales, el artículo 18 de las Instrucciones del Año XIII: “El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos”. Casi de inmediato apareció una voz que no dudé en calificar como Dementor, a la usanza de la saga de Harry Potter (por lo desconocida, malévola y escurridiza), la cual afirmó que el primer déspota de esta tierra fue Artigas. Esa y otras afirmaciones por el estilo, todas ellas tan ligeras como peligrosas, suelen surgir con una facilidad pasmosa, porque muchas veces se tiende a creer que la historia (o más bien su interpretación en modo de opinología) es fácil de conocer y de abordar. Se reduce, al fin y al cabo, a hechos; pero se olvida en el proceso que, de un millón de hechos, los historiadores terminan seleccionando diez o veinte; y que aún esos diez o veinte son pasados tantas veces por el tamiz de las interpretaciones que se concluye por apartarse, a veces gravemente, de las referencias originales de una acción humana. Eso es lo que sucede con Artigas, especialmente cuando, además de la frivolidad en la interpretación, se añaden ciertas intenciones propias de un Dementor que es, en última instancia, un guardián de las fuerzas oscuras. Bien nos consta que la figura de nuestro máximo prócer fue tomada, o más bien asaltada, por los militares y civiles golpistas, que se propusieron legitimar sus acciones brutales y sus violentos intereses en las palabras y en el pensamiento de Artigas, y para ello se dieron a la temeraria empresa de buscar y rebuscar entre sus frases, hasta que, a fuerza de recortar y deformar, lograron hacerse con dos o tres líneas, no más, que parecían asemejarse a sus propias y tortuosas ideas. Ahora bien, afirmar que Artigas fue nuestro primer déspota revela antes que nada un desconocimiento preocupante. Es cierto que, como conductor de la revolución y como jefe de los orientales, concentró el mayor poder de su tiempo, propio no solamente de su liderazgo y de la urgencia de la hora, sino también de las viejas estructuras políticas de los fueros de algunas comunidades hispánicas, que elegían a sus gobernantes, aunque de reyes se tratara (y este no era el caso, claramente, ya que pocas veces se habrá visto un luchador social tan republicano y tan enemigo de las monarquías como José Artigas). Su poder no estaba tampoco delimitado y precisado en ningún texto legal. Pero jamás, ni una sola vez, pasó por encima de su pueblo. Enormes son las palabras y los hechos que avalan tal afirmación. En cada uno de sus actos cívicos (e incluso en los militares, propios de acciones de guerra signadas siempre por la escasez de recursos y el acorralamiento a que nos sometieron las dos invasiones portuguesas, la de 1811 y la de 1816), se ocupó en convocar a los vecinos representativos de las comunidades, es decir de las villas y pueblos, y remarcó con el mayor énfasis aquellos conceptos emanados de la Ilustración, que tan caros eran a su pensamiento y a su práctica. Así lo hizo en la oración inaugural del Congreso de Abril o de Tres Cruces, en 1813, donde expresó: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”. Y agrega: “Porque yo ofendería altamente vuestro carácter y el mío, vulnerando enormemente vuestros derechos sagrados, si pasase a decidir por mí una materia reservada solo a vosotros”.