Las últimas semanas no fueron sencillas para el Gobierno ni para el Frente Amplio (FA). La polémica instalada en torno a la compra de la camioneta Hyundai por parte del presidente Yamandú Orsi despertó todo tipo de ataques, especulaciones opositoras y un cúmulo de errores cometidos desde Torre Ejecutiva que llaman la atención por lo torpes.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
Parte de la oposición política y mediática se abrazó a un tema en principio menor para desgastar la figura presidencial y pegar en uno de los ejes más importantes para la izquierda: la ética, la austeridad y la honestidad. Allí salieron a coro legisladores opositores que se encontraban en las gateras esperando un error para desatar la furia contenida, después de tanto tiempo de estar a la defensiva teniendo que explicar episodios groseros que aún están a examen de la Justicia. Entre ellos, el contrato con Cardama, la gestión en organismos públicos y el papel del expresidente Luis Lacalle Pou en la destrucción de documentación en Torre Ejecutiva referida al narcotraficante Sebastián Marset, hoy encarcelado en EEUU.
Aunque algunos se sorprendan, esto es lo esperable de sectores de la derecha que viven de la carroña política y del desgaste institucional para sacar sus réditos políticos y económicos. Lo llamativo es que connotados dirigentes frenteamplistas crean o hayan creído que una posición suavizada en cuanto al relacionamiento con estos sectores podría ser beneficiosa para el desarrollo del gobierno o para el curso institucional del Uruguay. Esas posiciones en filas de la izquierda fueron las que echaron por tierra la posibilidad de auditorías en ministerios claves para indagar acerca de lo ocurrido en el período anterior; una especie de tregua política inexplicable o resultante de ánimos de compasión inocente o una valoración política muy equivocada. Pero hay algo que reconocerles a estos sectores de la derecha: su capacidad de realizar una tormenta en un vaso de agua sin que se les mueva un pelo y sin que les tiemble el pulso.
Al corazón del problema
Señalar estos aspectos necesarios para el análisis político no impide dejar de emitir juicio sobre el trasfondo del asunto, aunque sea de manera limitada. Y esa limitación en cuanto al manejo de la información fidedigna y de calidad no responde a una falta de indagación periodística por parte de Caras y Caretas, sino que, lisa y llanamente, se debe a que desde el círculo más cercano de Yamandú se entendió que este medio —como otros— no merecía tener la información de primera mano que sí brindó el presidente a un puñado de medios: tres de prensa escrita y un portal web.
Con las cartas vistas y realizada esta aclaración, es notorio que el compañero Orsi cometió un error al aceptar el cuantioso descuento que recibió al comprar su camioneta. No se pretende aquí valorar las intenciones, pero es preciso analizar el hecho en sí. No debería ser una novedad que los referentes frenteamplistas, por lo general, se encuentran sujetos a una exposición política mucho mayor que la que tienen dirigentes de otros partidos políticos. Una parte de esa exposición tiene que ver con que siempre están bajo la lupa y al examen permanente de quienes están al servicio de las operaciones políticas y mediáticas para desgastar al FA.
Pero lo más importante es que, por lo general, la ciudadanía —el pueblo uruguayo— le exige mucho más a los referentes y jerarcas frenteamplistas. Y está bien que así sea, porque la izquierda ha promovido a lo largo de su historia y desde sus inicios la austeridad y la ética en la función pública, bajo la consigna de vivir como vive la mayoría de la gente. Una posición político-ideológica que no nació como oportunismo, sino como convicción frente a un país asediado por la corrupción y por el enriquecimiento de unos pocos a costillas de todos los demás.
No solo eso. La práctica política de vivir como el pueblo uruguayo tiene un componente estrictamente ideológico; es decir, no vivir en una realidad alejada de lo que sucede abajo, como forma de no distorsionar las ideas ni las acciones. Son sobrados los ejemplos de dirigentes políticos frenteamplistas que han hecho de esto una práctica concreta. Tal vez la más conocida sea la de José Mujica, o la de los legisladores del MPP y del PCU que tienen sus sueldos topeados y los donan a sus estructuras políticas o a organizaciones sociales. También pueden contarse por miles los militantes frenteamplistas que asumieron importantes responsabilidades nacionales y departamentales y que no han sacado provecho personal de los espacios a los que fueron promovidos colectivamente.
Errores de cálculo y fango comunicacional
Por eso hace ruido que Orsi haya aceptado el descuento, no por pensar que se trate de un hecho de corrupción ni que se haya cometido delito alguno o tenga vicios de ilegalidad, como bien lo ha explicado el Dr. Jorge Díaz. No pasa por ahí la discusión. El error pasa por no dimensionar adecuadamente las consecuencias que eso podría tener en el debate público, justamente por todo lo señalado con anterioridad.
Luego del hecho, se podría haber explicado sin titubeos y, compartiendo o no lo ocurrido, no tendría más repercusiones que las de un descuento recibido al comprar un bien. Pero la falta de una estrategia de comunicación política integral, las dudas y la soberbia de quienes creen sabérselas todas hundieron al presidente y a la camioneta en un fango durante quince días.
Primero se optó por no hablar nada: solo se limitaron a filtrar informaciones desde Torre Ejecutiva mediante “fuentes” poco claras y tiradas a las hienas como botín, más que como aclaración. Luego se cayó en una verborragia comunicativa durante 48 horas: la salida del presidente en Salto junto a la célebre frase de “cuando hay descuentos me tiro de cabeza” y, el lunes, con el video explicativo de Orsi con fecha de vencimiento. Media hora después había otro asunto por aclarar no previsto en el mensaje presidencial y, por lo tanto, se perdió la posibilidad de cerrar todos los flancos que podrían estar abiertos o sujetos a revisión.
Esto no es todo. Por si fuera poco, el día martes se decide explicar a algunos periodistas con lujo de detalles lo ocurrido en este proceso de compra y se anuncia que donaría la camioneta a la ANEP. Al elegir este mecanismo que excluyó a la mayoría de medios, no solo se le restó potencia al mensaje que se quería difundir desde Torre Ejecutiva, sino que al mismo tiempo generó otra noticia y un malestar notorio de decenas de periodistas que no fueron considerados para acceder a dicha información y que ahora están más enojados que antes.
En este caso también existieron idas y vueltas y argumentos poco claros, entre los cuales se mencionó que era una reunión solo con prensa escrita, lo cual llama la atención porque Caras y Caretas no fue invitada a dicha instancia, como tampoco otros medios ni colegas. Caras y Caretas es un medio escrito con más de 25 años de trayectoria periodística; tiene una revista semanal en versión impresa de distribución nacional, cuenta con un portal web de noticias con cientos de miles de visitas mensuales y con una propuesta de comunicación en programas de streaming que cubren gran parte del día durante toda la semana.
Su perfil periodístico está al servicio de las causas populares, tanto del pueblo uruguayo como de todos los pueblos del mundo que luchan por vivir en un mundo más justo. Es verdad que no se necesita de la invitación a una reunión para ser reconocidos, porque el reconocimiento más importante al medio lo da la gente que diariamente nos elige para informarse a través de sus múltiples plataformas. Justamente por eso deberíamos haber sido convocados. Además, un tema de notorio interés público tendría que haberse manejado con la mayor transparencia posible, invitando a toda la prensa para garantizar el acceso democrático a la información que tiene la ciudadanía.
Es obvio que alguien quiso evitar una conferencia de prensa que pudiera exponer de nuevo a Yamandú porque es obvio que existen dificultades en la exposición y en la confrontación argumental, y entonces se esquivan todas las discordias posibles, lo cual termina en un problema mayor. Menos obvio resulta si lo miramos desde el punto de vista de nuestros lectores y los del colega Brecha, que han sido claramente discriminados hasta el punto que para leer y enterarse de lo que quiso transmitir Yamandú Orsi hace falta suscribirse o eventualmente adquirir a los medios elegidos arbitrariamente para garantizar un intercambio periodístico “serio” con el presidente. Inocultablemente, es un menosprecio inexcusable para todos los medios que no fueron invitados, y en nuestro caso particular a nuestros lectores de izquierda que nos siguen todos los días y que son una columna necesaria y contundente de respaldo a nuestro gobierno frenteamplista. Semejante discriminación, que ojalá no tenga otros alcances, es motivo de dolor y decepción difícil de olvidar.
Conceptualmente, el asunto central es que hay un problema con el acto de gobernar. Gobernar es, en el fondo, una larga negociación con el conflicto. No hay política sin intereses que chocan, sin decisiones que le caen mal a alguien, sin momentos en que hay que pararse frente a algo incómodo y decir algo. Un presidente que sistemáticamente da vuelta la cara no está cuidando la gobernabilidad porque está vaciando su propio liderazgo. Y lo irónico es que la evasión no elimina los conflictos, con suerte los pospone pero a costa de engordarlos y de asegurarse que volverán multiplicados. Lo que hoy intenta esquivar Orsi con un silencio o una ausencia cuidadosamente orquestada, mañana vuelve como crisis que ya no tiene salida prolija. Hay además un efecto político concreto que suele pasarse por alto pero que hoy está quedando expuesto y es que los que están cerca de Yamandú aprenden que no hay conducción firme, los que están enfrente aprenden que la presión rinde y la gente, el pueblo, la base social, el bloque político y el uruguayo medio siente que hay algo que falta, que hay alguien que no termina de estar.
Nadie quiere llorar sobre la leche derramada, pero hay que tratar de dejar las cosas claras. No descubriremos nada al afirmar que existe un creciente hartazgo de la ciudadanía con la política, y eso debería llamarnos a la reflexión. No para quedarse en los análisis puntuales, sino para visualizar los peligros que eso encierra para las democracias, como ya ocurrió en otros momentos y como aún ocurre en muchos países. En el caso de Uruguay, tal vez se deba empezar por asumir con seriedad el momento histórico por el cual estamos atravesando como país y como humanidad, para poner los acentos y la atención en las cosas importantes que de verdad le quitan el sueño a nuestra gente. Y asumir de paso que la revolución y las cosas simples nunca fueron de la mano.