Desde entonces comienza a surgir el corpus ideológico de la Revolución Oriental, cimentado, como afirma Gross Espiell, en 1812, afirmado y definido integralmente en 1813, y extendido hacia la cuestión social (que ni antes ni después volvería a formularse con semejante énfasis y claridad) en 1815. Se trata del “nosotros” elaborado por un pueblo o una comunidad en armas, que configuró de manera implícita, en la rotundidad inapelable de los hechos, esa frase inspirada que un día hará suya cierta corriente de la filosofía de la liberación, y que hasta el propio papa Francisco tomó en 2020: “O nos salvamos todos o no se salva nadie”. Piénsese en el éxodo y se comprenderá su alcance. En ese marco Artigas aparece como el mayor intérprete de un nosotros verdaderamente fundante, y lo hace desde el comienzo hasta el final de su obra pública (1811-1820). El jefe de los Orientales y su pueblo fueron la expresión casi escandalosa de una realidad que nadie quería ver y de una ética que se extiende mucho más allá de su improbable derrota. Ya en la proclama de Mercedes, primera arenga revolucionaria realizada en suelo oriental, dice: “Unión, caros compatriotas, y estad seguros de la victoria… A la empresa, compatriotas, que el triunfo es nuestro; vencer o morir sea nuestra cifra; y tiemblen, tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos del Sud están dispuestos a defender su patria, y a morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio”.
Ninguno de los orientales de entonces era filósofo, sacando acaso al padre Larrañaga y al sacerdote Monterroso, quien pronto sería calificado de apóstata. Pero todos, desde el primero al último, obraron en los hechos con esa voluntad que Arturo Andrés Roig postula como la necesidad de conocerse, en tanto ser humano, hacedor del destino propio, forjador de liberación, latinoamericano, centro y fundamento de la existencia, que es siempre la una y la única oportunidad que cada quien recibe, en este mundo, para hacer o para no hacer algo relativo a su propia condición. El fundamento de todo conocimiento posible, llevado de la teoría a la práctica, implica (de nuevo de la mano de Hegel) tener en cuenta las categorías de pueblo y mundo. No somos solamente individuos aislados, sino sujetos insertos en una pluralidad. Así para Roig no se trata de un “yo”, sino de un “nosotros”, pero no como una agrupación o aglomeración cualesquiera, sino como un cuerpo social dotado de rumbo, voluntad, objetivos y valores especiales y específicos, articulado en los procesos contradictorios y diversos de las relaciones sociales, por medio de las cuales aflora ese “nosotros” como razón de lucha y como identidad compartida.
Tomo, en relación a esto, un fragmento de la Oración Inaugural del Congreso de Tres Cruces, celebrado “delante de Montevideo”, el 4 de abril de 1813, sobre el que invito a reflexionar a los lectores. Allí dijo Artigas: “Ciudadanos: el resultado de la campaña pasada me puso al frente de vosotros por el voto sagrado de vuestra voluntad general. Hemos corrido 17 meses cubiertos de la gloria y la miseria, y tengo la honra de volver a hablaros en la segunda vez que hacéis uso de vuestra soberanía. En ese período yo creo que el resultado correspondía a vuestros designios grandes. El formará la admiración de las edades. Los portugueses no son los señores de nuestro territorio. De nada habrían servido nuestros trabajos si no fuesen marcados con la energía y constancia y no tuviesen por guía los principios inviolables del sistema que hizo su objeto. Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos y ved ahí también todo el premio de mi afán. Ahora en vosotros está él conservarlo. Yo tengo la satisfacción honrosa de presentar de nuevo mis sacrificios y desvelos, si gustáis hacerlo estable”.