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Columna destacada | pausas

Pausas de recaudación

Las nuevas pausas vienen con la excusa de favorecer la salud de los jugadores, una fuerza de trabajo muy bien paga en la élite pero tratada como fuerza bruta a la que se le puede sacar más plusvalor.

La FIFA hace mucho tiempo que colocó el interés de su capital a plazo fijo, más que en el juego y el deporte, en el rendimiento de las dimensiones de espectáculo y negocio que también se expresan en el fútbol. La federación de asociaciones nacionales funciona como una poderosa empresa transnacional que, además, impone una jerarquía supraestatal, por encima o por fuera, de la regulación de los Estados nación y de cualquier unión de países, incluyendo a la mismísima Organización de Naciones Unidas. De hecho, la FIFA tiene más integrantes que la ONU, está más organizada y posee bastante más poder de lobby o mandato autoritario, por no decir dictatorial.

No está mal quejarnos contra semejante empresa que expresa la concentración de poder propia del sistema capitalista. Sin embargo, para que no suene demasiado hipócrita también habría que recordar que gracias a esa arbitrariedad impune de la FIFA fue que Uruguay organizó el primer mundial de fútbol en 1930 que era codiciado por la Italia fascista de Mussolini y varias potencias europeas más. De haberse impuesto el peso de los prepotentes Estados beligerantes del momento, ni por asomo Jules Rimet hubiera mantenido su promesa de homenajear al doble campeón olímpico. Y esa fue la razón del desaire europeo al mundial uruguayo.

Por su parte, los enormes conglomerados mediáticos vinculados a la televisación (por las varias plataformas en que fluye hoy lo audiovisual) imponen sus reglas de la ley de mayor tasa de ganancia que la zafra mundialista aporta a un deporte devenido industria del entretenimiento. Una vuelta de tuerca más son las recientes "pausas de hidratación", cortes para sumar minutos de facturación en las nuevas tandas comerciales impuestas.

En los avisos publicitarios diseñados en formatos de 10 segundos, para que quepan más con oferta diversificada y accesible a más avisadores, no faltan las empresas de apuestas, auténticas estafas que harían sonrojar a las mafias de los peores casinos y disparan la ludopatía con la que después deben lidiar los sistemas de salud públicos. Tampoco falta la publicidad de empresas multinacionales expertas en depredar y contaminar aunque funden fundaciones por el ambiente, obtengan sellos verdes y construyan escuelitas autosustentables sobre alguna ruta para darle visibilidad a su filantropía que chorrea sangre.

Las nuevas pausas vienen con la excusa de favorecer la salud de los jugadores, una fuerza de trabajo muy bien paga en la élite pero tratada como fuerza bruta a la que se le puede sacar más plusvalor. De hecho, la manida hidratación ya ocurre en las demás interrupciones en las que los asistentes alcanzan agua o algún energizante a todo aquel que la pida por señas.

Estas pausas son denunciadas por directores técnicos que alertan por la transmutación en cuatro cuartos, repitiendo la lógica impuesta en el básquetbol, sin que nadie extrañe mucho los dos tiempos. Pero esta detención implica mayor discrecionalidad del árbitro para determinar el parate, aumentando peligrosamente su incidencia en beneficiar o perjudicar a los equipos en función del estado de ánimo o del estado del juego.

Desde los albores de la televisión a mediados del siglo XX, se pueden concebir tres grandes etapas de la publicidad en relación al medio televisivo: la paleopublicidad, la neopublicidad y la hyperpublicidad. Esas tres etapas, señaladas por Inma Gordillo en Los discursos de las narrativas audiovisuales, se diferenciaban en cómo evolucionaron los modos de narrar en función de un mensaje de marca y en relación a los avances tecnológicos disponibles. Así se pasó de aquellas placas fijas con palabras, dibujos y logos, pasando por la combinación de imágenes, voces en off y sobreimpresiones, o la introducción de los famosos PNT (propaganda no tradicional en boca de quienes aparecían en pantalla) hasta la vertiginosa puesta en escena del lenguaje cinematográfico más sofisticado en los spots, ahora con inteligencia artificial que ahorra presupuestos a golpes de pastiche y robo de derechos de autor.

Sin embargo, esta vuelta de tuerca de las pausas introducidas por la FIFA remiten a lo más primitivo de la televisión capitalista: ampliar la tanda sumando minutos de avisos, algo que todas las regulaciones buscaron evitar dada la abusiva práctica de quienes detentan su poder en favor del lucro a cualquier precio.

El juego en la televisión

"En la TV, la realidad, cualquier realidad, se vuelve espectáculo”, afirmaba Jean Cazeneuve en su libro “Homo telespectator” (1979). El maridaje entre fútbol y televisión alcanza su clímax cada cuatro años, cuando se multiplica la audiencia global. Lo que se fomenta es una audiencia que mira encuentros aunque los suyos no jueguen, con el usual récord de espectadores del partido final. Cada cita del Mundial de Fútbol expande, además, la paradoja de una imagen que glorifica el movimiento de los cuerpos en acción observados por miles de millones de seres cada vez más sedentarios ante una pantalla, que es lo único que adelgaza su grosor, en oposición al aumento del volumen abdominal y el peso corporal por la ingestión de productos de comida rápida incentivados hasta el hartazgo. Claro, para los que tienen para comer.

La exigencia de captar audiencias a través de un lenguaje atrayente ha llevado al audiovisual a cumplir con aquello que Antonin Artaud le reclamaba al teatro: “Violentas escenas que quebranten o hipnoticen la sensibilidad del espectador como si fuera arrastrado por un torbellino de fuerzas superiores”.

El espectáculo televisivo tiene características particulares en relación al efecto de fascinación operado en el televidente. Distintos estudios han comprobado la facilidad con que el espectador es capturado por una emisión que él mismo considera mediocre, como si hiciera falta un gran esfuerzo para arrancarle de esa contemplación.

Sucede que esa misma pasividad es la que facilita la posibilidad de dejarse llevar a otro mundo, a otro estado, donde todo se realiza sin su intervención. En el cine también sucede, pero en un contexto ajeno a la cotidianidad. El espectáculo en la sala oscura corta el cordón umbilical de nuestra existencia. La TV, el tótem de nuestro tiempo como le llamó Eduardo Galeano, consigue que despeguemos pero mantiene nuestros contactos habituales mientras contemplamos lo espectacular y nos convertimos en televidentes sin dejar de ser lo que somos, como lo decía Paul Virilio: “Ese mundo al que todo llega sin que haya que partir”. Con los smartphones, esa ecuación se subvierte pero reafirmando el hipnotismo en pantalla individual y en plena movilidad.

Mirar es optar

La TV manipula la realidad. No inventa la realidad del juego pero puede ocultarla. Sin embargo, la manipulación no radica en su capacidad de esconder lo sucedido, lo que bien puede realizar y realiza a menudo con los hechos políticos trascendentales y profundos, incluso mostrándolos, sino que está más vinculada al manejo de los códigos del lenguaje audiovisual.

La realidad vista en pantalla es real y, a la vez, virtual. Conserva la realidad del juego, en tanto teatro vivo, pero le agrega la factura técnica del cine, su cadena secuencial armada por el montaje. La producción televisiva "proporciona un medio de registro y exhibición que permite mostrar al mismo tiempo que modular la realidad. Esta última característica es la que indica su compleja capacidad de transmisión”, decía Alfonso Lans.

No se trata del montaje clásico, físico, producto del pegar un trozo a otro de filme en la moviola, sino uno virtual y hecho en vivo y que parece no ser ni estar, pero está. Lo que vemos en pantalla es fruto de un collage de segmentos de realidad captados por múltiples cámaras "ponchadas" por un director que decide cuál imagen se emite. Es el juego de la fragmentación como proceso de construcción de una nueva realidad. No se miente pero ese todo no es totalmente verdad. O, más bien, es una de las muchas verdades posibles de armar. En cada encuentro de fútbol hay muchos partidos posibles de mostrar.

La discontinuidad de puntos de vista mantiene una continuidad narrativa, más que la del juego, la del medio. La narración audiovisual se establece según sus propios códigos televisivos, no siempre sobre los futbolísticos. Esta discontinuidad no afecta la unidad temporal, a veces sí, pero su utilización está basada en la imprescindible variedad y riqueza compositiva en función de la captación de la atención del televidente a través de ese interés visual extra.

El ejemplo más claro son la cantidad de insertos que se han ido incorporando, tanto de primerísimos planos detalle de acciones de juego junto a otros elementos fuera de campo (de la cancha, no del plano) compuesto por primeros planos de técnicos, hinchas o dirigentes y exjugadores en el palco y sin que exista ninguna texto que indique quiénes son. Una audiencia conocedora puede recordarlos pero la mayoría ignora quiénes son si el relator no les menciona.

En el caso de los directores técnicos, con sus primerísimos primeros planos se llega al absurdo de enfocar a un ser que corre y grita desbocado dando órdenes inaudibles o indescifrables para la mayoría de sus dirigidos, o, en el caso opuesto, cabizbajos como un Bielsa sentado sobre una heladerita mirando el pasto, para escándalo de todo ese ejército de comunicadores de lo superficial que inunda el discurso televisivo que rodea al fútbol.

Otro elemento cinematográfico es la proliferación, desde hace muchos años, de cámaras en movimiento, ya sean las tomas con steadycam sobre el borde de la cancha cerca de las áreas como las de cámaras con toma cenital que recorren el campo colgadas de tensores con capacidad de llevarlas a cualquier punto sobre el terreno de juego. Incluso han agregado una GoPro adosada al juez para sumar ese punto de vista de cámara subjetiva.

Pero la TV no solo modifica la forma del juego que se ve, sobre todo, cambia la forma de ver el juego. Transforma al hincha en telespectador, no ya de su propio cuadro sino en testigo del enfrentamiento de equipos con los que no tiene nada que ver, pero ve. Deja de ser hincha para transformarse en consumidor. Un consumidor no segmentado y abierto a comprar más productos.

Y, sobre todo, el producto fútbol como objeto de entretenimiento, como un producto maleable, programable y producido como cualquier telefilme y al que se lo puede valorar por su interés argumental, por la articulación de sus secuencias, por lo inesperado del desenlace o la calidad profesional de los actores. Es la conversión del hincha religioso en un espectador secularizado, pero a quien el dios del mercado atrapa con una nueva fidelidad, la del ritual del fútbol vuelto mercancía y envuelto en el fetiche de su propia alienación.

Si a eso se le suman las pencas en las que cualquiera que no sabe nada de fobal, no ya sobre la ley del orsay sino siquiera qué diablos es un óbol, pero celebra un resultado que pronosticó por azar para terminar transfigurado en una suerte de simio capaz de gritar desaforado y con voz ronca ¡Uzbekistán nomá!

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