Maggi sabía mucho, pero pensaba más, y tenía la capacidad de convertir en pensamiento puro, fundante, primigenio, cualquier cosa de este mundo. En esto se diferencia del experto. El papel de estos especialistas es esencial, lo digo desde ya. Los expertos nos salvan a diario, gracias a sus conocimientos técnicos y a su investigación. Pero más allá de sus áreas concretas se despliega la vastedad de un mundo en el que campean las incertidumbres. La actitud de la curiosidad perpetua, la duda, la sospecha, el desafío de hacer frente a la urdimbre de los problemas más o menos inasibles que nos acechan segundo a segundo, sigue constituyendo el caudal del que se nutre, en definitiva, toda posibilidad de existir y toda posibilidad de comprender, de modos nuevos e incesantes. Pensar, y pensar a fondo, sin reservas y sin miedos, supone no solamente desafiar a los dogmas, sino ante todo construir alternativas frente a la racionalidad instrumental de la experticia, y por qué no, socavar sus fundamentos en todo aquello susceptible de ser mirado desde diferentes enfoques; pues el conocimiento experto, en algunos sentidos, encierra el peligro de eliminar el pensamiento crítico. Peor aún; si acatamos ciegamente la estadística fría y el dato neutro de las gráficas, las definiciones y los esquemas, podemos llegar a naturalizar determinados órdenes y sistemas, en lugar de problematizarlos. Podemos descifrar teorías y explicaciones técnicas, pero no podemos discutirlas, y ello sucede porque el papel de los especialistas no consiste en cuestionar sino en mostrar resultados, evidencias, paradigmas o consensos momentáneos, avalados por tal o cual comunidad académica. Esto, que no es malo en sí mismo, es sin embargo limitado. De ahí la importancia del pensamiento crítico, libre, que explora, interroga, desmenuza, y en ocasiones se dedica a patear los tableros. Maggi es, en tal sentido, un intelectual universal, y por qué no, disfuncional, en cuanto a su alejamiento de cualquier clasificación o enrolamiento. Maggi huyó siempre de los lenguajes herméticos, técnicos o alineados a tal o cual concepción. Yo diría que se despachó a fondo contra todo andamiaje, contra toda estructura preestablecida, en el campo que fuere, y lo hizo con un regocijo inocultable. Desarrolló una autonomía crítica y una perspectiva universalista que le permitía, junto a un método muy personal de despliegue de las ideas, abordar casi cualquier cuestión de este mundo, y hacerlo con gracia, con carnadura y con sentido. Tal vez conjeturó demasiado, a veces. Tal vez su audacia especulativa lo llevó a caminar al borde de algún abismo lindante con el delirio, la ficción divertida, el juego de la imaginación. Y sin embargo era capaz de realizar análisis de una envidiable lucidez, como lo hizo cuando habló de Onetti (no recuerdo que nadie, en mi modesta opinión, se haya referido a la obra de Onetti de un modo tan brillante). Podía desenvolver un ovillo en apariencia inextricable, y seguía y seguía desenredándolo, hasta profundidades insospechadas. Por eso, también, lo suyo era la polémica, el debate incansable, el diálogo en su más pura raíz socrática. Le encantaba desafiar todas las dimensiones preestablecidas, lo cual le granjeó, por cierto, críticas demoledoras provenientes de diversas tiendas y disciplinas. Es que no se afiliaba a ningún poder, a ninguna institución, a ningún cargo, a ninguna ideología más o menos rígida, funcional a determinados intereses, que a veces explícitos y otras veces son ocultos, y que suelen encerrar contradicciones más o menos miserables.