Cada 25 de agosto nos referimos a la Declaratoria de la Independencia, proclamada en la Florida una fría mañana de 1825 por un puñado de orientales, erigidos en representantes de la voluntad popular, pero, como ciudadanos comunes y silvestres, ni siquiera nos preocupa interpretar esa declaratoria. Se lo dejamos a los historiadores, que a su vez no siempre hunden el bisturí en las entrañas de su disciplina, en especial ante un tema tan removedor como este (porque lo es, aunque de buenas a primeras pueda no parecerlo). Eso forma parte del intrincado problema de la hermenéutica, de la que se ocupó como pocos el filósofo francés Paul Ricoeur. En su obra “La memoria, la historia, el olvido” desarrolla, entre otros, el eje memoria e imaginación. Se plantea dos preguntas: ¿De qué tenemos recuerdo?, ¿de quién es la memoria?, ¿por qué y de qué manera evocamos, conservamos, desechamos u olvidamos?, ¿quién hace la memoria individual y colectiva y qué papel juega la emotividad de quien recuerda?
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En el caso del 25 de agosto, esa emotividad se vincula a dos imágenes. Una es el óleo de Eduardo Amézaga, sombrío y solemne. El otro es la Piedra Alta, ese promontorio hoy casi escondido debajo de las vigas de acero de un puente. A partir de esto se dispara la imaginación, que es para Pascal el lado menos noble del saber, y el umbral más frágil del pensamiento, pero que sigue siendo poderosa, y hace surgir nuevas interrogantes. ¿Qué sensaciones le provoca a la gente la mención del 25 de agosto?, ¿qué conoce sobre ese hito histórico, sus antecedentes, implicancias y consecuencias de corto, mediano y largo plazo? ¿Tiene alguna relación esa declaratoria con nuestra posterior conversión en un Estado independiente? Y, de no haber sido creado tal Estado, ¿en qué nos habríamos convertido?, ¿en parte de la Argentina actual o en la Liga Federal de los Pueblos Libres, creada por José Artigas?
Los sucesos del 25 de agosto derivan de la Cruzada Libertadora de Juan Antonio Lavalleja, y esa cruzada sólo fue posible por intercesión y cálculo de un grupo de industriales afincados en Buenos Aires, vinculados al capital inglés, que se mostró afín a la expulsión de los brasileños de nuestro territorio. De lo contrario, treinta y tantos hombres poco habrían podido hacer. El programa artiguista había quedado muerto y bien muerto, o eso creían los protagonistas de la hora. En la primera de las tres leyes de la Florida (Independencia, Unión, Pabellón) no se menciona ni por asomo nada que se aproxime a una federación. Por el contrario, lo que se proclama, además de la independencia de la Provincia Oriental, es su unión a las Provincias Unidas, nacidas el 9 de julio de 1816, y erigidas en tradicionales enemigas del sistema federal, caído durante la crisis del año XX. En buen romance, podría decirse que Lavalleja recogió la bandera de nuestra independencia, sólo a efectos de que la provincia volviera al redil del centralismo porteño, contra el que tanto había luchado Artigas. “Su voto general, solemne y decidido, es y debe ser por la unidad con las demás Provincias Argentinas, a las que siempre perteneció”.
El 25 de octubre, el Congreso General Constituyente “la reconoce de hecho incorporada a la República de las Provincias Unidas del Río de la Plata”. Lavalleja se apresuró a dar la noticia a los orientales: “Ya están cumplidos vuestros más ardientes deseos. Ya estamos incorporados a la gran nación Argentina”. Acto seguido, apenas lo supo, Brasil le declaró la guerra a Buenos Aires. Carlos Machado, al comentar estos sucesos, expresa que la fidelidad al artiguismo no supo durar. Sin embargo, esa fidelidad nunca existió en algunos círculos sociales y políticos de la Banda Oriental, los mismos que en 1821 votaron la incorporación de nuestro territorio al reino de Portugal, Brasil y Algarves. Platón dice que el recuerdo es la representación de una ausencia irrecuperable. Es también un asunto de fantasmas y de falsas huellas. El espacio del recuerdo es traicionero y a veces nos conduce de error en error. Al final lo que queda es recogido por una memoria frágil, fragmentada entre lo percibido y lo pensado, lo admitido y lo negado, lo mostrado y lo escondido. Eso es un poco lo que sucede cuando intentamos rememorar (y reconocer, y dilucidar) los sucesos confusos y demasiado entreverados que condujeron a la Declaratoria de la Florida y a la difícil y accidentada asunción de un destino propio.