El 25 de agosto y la difícil asunción del destino propio
Cada 25 de agosto nos referimos a la Declaratoria de la Independencia, proclamada en la Florida una fría mañana de 1825 por un puñado de orientales, erigidos en representantes de la voluntad popular, pero, como ciudadanos comunes y silvestres, ni siquiera nos preocupa interpretar esa declaratoria. Se lo dejamos a los historiadores, que a su vez no siempre hunden el bisturí en las entrañas de su disciplina, en especial ante un tema tan removedor como este (porque lo es, aunque de buenas a primeras pueda no parecerlo). Eso forma parte del intrincado problema de la hermenéutica, de la que se ocupó como pocos el filósofo francés Paul Ricoeur. En su obra “La memoria, la historia, el olvido” desarrolla, entre otros, el eje memoria e imaginación. Se plantea dos preguntas: ¿De qué tenemos recuerdo?, ¿de quién es la memoria?, ¿por qué y de qué manera evocamos, conservamos, desechamos u olvidamos?, ¿quién hace la memoria individual y colectiva y qué papel juega la emotividad de quien recuerda?