El martes que viene se reunirá el primer Consejo de Ministros y se espera una puesta a punto de las condiciones de partida en todas las reparticiones del Estado. Por lo que ha trascendido, no se esperan aún grandes anuncios y, mucho menos, grandes anuncios de grandes políticas. La expectativa está en conocer algunas primeras medidas con señas de identidad; medidas que, además de su impacto objetivo, constituyan verdaderos mensajes a la población, mientras se comienza a delinear el camino que conducirá al proyecto de presupuesto nacional que contendrá todos los proyectos que requieran recursos sustantivos y nuevas asignaciones de los fondos públicos.
Además de eso, seguramente el informe posterior al Consejo de Ministros dé cuenta de la situación real de las dependencias públicas, las conocidas en la transición y las desconocidas hasta después de la asunción, aquellas situaciones de las que, lamentablemente, no informaron los salientes, o se informaron poco o mal. Los pasillos hablan de una herencia sensiblemente peor a la esperada, pero difícilmente eso modere las demandas de la ciudadanía, salvo que se hayan encontrado portentosos cangrejos debajo de las piedras. Y esto último habrá que verlo.
En paralelo a la nueva gestión continúa el tiempo electoral y es probable que oficialismo y oposición continúen con la mirada repartida entre el inicio de la gestión nacional y la campaña electoral por los gobiernos departamentales y municipales. Esa mirada condiciona debates y ocupa muchas de las energías del sistema político, por lo que no puede sorprender esa pesadez en el arranque, como si fuera una dificultad de despegar, y más aún teniendo en cuenta que por primera vez el Gobierno de Uruguay no tiene una mayoría automática en las dos cámaras del Parlamento, por lo que no puede hacer sin negociar nada que requiera de aprobación de leyes en un Poder Legislativo donde la nueva realidad, desconocida por todos, anima a los legisladores –muchos de ellos, novatos– a presentar proyectos a mansalva con la esperanza de que algunos superen los escollos de la indiferencia ajena y se conviertan en verdaderos debates parlamentarios, y aún más: con suerte y viento a favor, en leyes que inmortalicen el aporte a la patria de los representantes que se cuenten entre sus redactores.