Otra actitud equivocada fue la de salir a matar al mensajero, cuando la información estaba en la propia declaración jurada del presidente. Está bien hacer notar las incoherencias de medios y periodistas que hicieron la plancha durante los escandalosos cinco mejores años que vivimos con el gobierno anterior, pero esa no es vara para medirte. La derecha no es espejo ni medida de nada para la izquierda, mucho menos en términos de ética. Sabiendo, eso sí, que la izquierda también tiene su prontuario, y aunque sea menor en comparación, lo que importa es cómo se actúa al descubrirlos. Y en eso tampoco hemos sido perfectos.
Que la derecha uruguaya esté hasta el cuello de prácticas corruptas y de pésimos negocios contra el Estado para favorecer a empresarios privados, incluyendo la entrega del puerto o el pasaporte para un líder narco, no justifica ni reduce un acto que esté reñido con el buen proceder en la función pública, desde el más llano puesto hasta la máxima autoridad. Con la salvedad de que la dimensión de un hecho se agiganta cuando más alto es el nivel jerárquico de responsabilidad.
Otro aspecto llamativo es la pretensión de que no se hable o se dé por terminado un tema. Eso se intenta usualmente desde el poder, cualquier poder, y ha sido la tónica dominante desde tiempos inmemoriales, reproduciendo un autoritarismo feroz como también torpe, más allá de los múltiples buenos resultados que tantas veces se logró imponer por la fuerza o el manejo de las altas esferas. También porque semejante pretensión de determinar de qué se habla es una noción ingenua, mucho más tomando en cuenta cómo circula la información en el mundo actual.
Es una fantasía conservadora, aunque a veces es enarbolada por la izquierda, el pretender que una sociedad sea monotemática. En ese delirio, bastante autoritario también, hay quienes sueñan con que se discuta solo un tema, como si alguien o un grupo de iluminados pudiera decidir cuál es, o peor, creer que eso es capaz de funcionar. Es intentar tapar el sol con un dedo. Dicho esto con todas las manipulaciones de la información que existen.
En una sociedad, y desde hace mucho, se habla de muchos temas a la vez y si bien la relevancia que adquieren no es natural, sino una construcción social producto de una correlación de fuerzas, el poder mediático suele imponer lo que le conviene. Aun así, aunque no parezca, la gente habla todo el tiempo de muchos temas, incluso cuando no lo parece.
La erosión de Orsi
Ante los hechos consumados, resta exigir que no se hagan más declaraciones a medias que esconden lo que saldrá a la luz un momento después, reduciendo una declaración que apela a la verdad y a la honestidad, a su mínima expresión. Una cosa es que la derecha rebaje la palabra emitida. Otra muy distinta es que la erosión del discurso que pretende ser genuino, honesto y verídico, armado para para poner punto final, sea propiciada por lo que se sigue omitiendo y salta a la luz. La oposición hace su trabajo de desgaste, pero que nadie se confunda, el objetivo no es erosionar a Orsi sino al gobierno del Frente Amplio, minando su futuro. Es más, más de uno en la derecha cree que Orsi les es funcional.
Ante la secuencia de medias respuestas y medias verdades, no faltaron quienes salieron a repetir que ya todo estaba aclarado y a otra cosa mariposa. Es como si no aprendieran que esa actitud no aporta nada sino que les muestra como seres irreflexivos, solo capaces de repetir lo que se ordena y manda. Aquí es bueno recordar lo que afirmaba Bertolt Bretch en su poema Elogio de la Duda cuando en sus versos decía: "Frente a los irreflexivos que nunca dudan, están los reflexivos que jamás actúan". Siempre pensé que esas palabras se referían a seres distintos con conductas muy diferentes.
Hoy veo que pueden ser las mismas personas las que expresan una y otra actitud. Porque esas posturas irreflexivas siempre estarán en contradicción con el pensamiento de izquierda. Un militante de izquierda debe estar en las antípodas de la obsecuencia y del acatamiento por sumisión y su disciplina orgánica no puede estar reñida con el análisis crítico, la capacidad analítica y la reflexión y acción colectiva. A la vez, la imprescindible reflexión no debe volverse inacción paralizante.
Chacras y feudos
Una de las incógnitas radica en saber y comprender lo que sucede en Presidencia respecto de la conducta del presidente. Sobre esto ya se ha instalado un mar de dudas con todo tipo de hipótesis sobre su comportamiento y es probable que las interpretaciones se multipliquen.
La izquierda tiene su mayor fortaleza no solo en la fuerza real que es capaz de llevar ideas a la práctica, sino también en la diversidad de su conformación doctrinal, con la hipertrofiada fragmentación partidaria que la representa. De hecho, del Frente Amplio, lo que más se valora como diferencia de los recurrentes problemas de otras experiencias de izquierda en el mundo, es la unidad de la diversidad. Quien niegue esto estará negando la fundación del FA y también su trayectoria, con las modificaciones que ha tenido y seguirá teniendo mientras pueda cumplir el papel de la fuerza política de los cambios profundos que la sociedad uruguaya requiere. Dicho esto sabiendo que nada de eso está escrito en piedra y no existe ninguna certeza de que en nuevas etapas históricas se mantenga. Ante tanta irreflexión, más vale ir teniéndolo en cuenta porque proyectarse al futuro, dándolo por hecho, es un acto religioso más que de una profunda fe política expresada en una praxis transformadora. Cualquier autoglorificación al respecto solo nos hará mal y, por eso, toda obsecuencia y escaso espíritu crítico son un síntoma peligroso.
Por lo tanto, hay que aprender de la historia. Dicen que Kierkegaard afirmaba algo así como que la vida solo se puede vivir hacia adelante pero solo se comprende hacia atrás. Pues vale recordar que cada vez que un agrupamiento de la izquierda le erró feo, siempre hubo otros que ayudaron a enderezar el rumbo. La unidad de acción supo ser una experiencia de lucha en el que los aciertos y errores se colectivizaban y todos aprendían de todos. Unos más, otros menos, pero esa labor unitaria, con fuertes debates y contradicciones, permeó a todas las corrientes y es lo que construyó una fuerza política capaz de cambiar la realidad. Y eso, es una tarea que sigue vigente y será siempre un desafío a cumplir si se está a la altura.
Por lo tanto, uno de los temas a analizar y actuar es el del manejo estrecho y sectario del Gobierno y del poder. Cada vez que se formaron feudos y chacras personales o grupales, se cometieron errores graves y basta hacer un poco de memoria para darse cuenta, a menos que se caiga en la negación obtusa. Lo peor es que no es un problema personal de tales o cuales dirigentes, lo que se mella es la herramienta, sea a nivel partidario, sindical, institucional de gobierno o en las más variadas actuaciones a nivel social.
Lealtad bien entendida
A Orsi no lo defienden quienes lo idolatran sino quienes son capaces de debatir y cuestionar sus opiniones y acciones. Y en términos políticos, de una vez por todas se deberá entender que quienes pondrán las manos en el fuego serán sus bases sociales, antes que defensores sectoriales o amistades peligrosas. A condición, claro está, de hablar con respeto y franqueza, duela lo que duela. Y a los que entren en éxtasis con la popularidad presidencial, también serán sus electores de izquierda quienes lo elevarán si el gobierno cumple, antes que cualquier fantasía con la derecha a la que se le rinde tanta pleitesía.
Yamandú Orsi es un muy buen tipo. Tiene muchas cualidades en el trato que lo mantienen como un hombre común capaz de manejarse de forma llana con cualquiera. Dudo que cambie con el cargo. Es honesto y todos sus movimientos confusos con la camioneta partieron del objetivo de ahorrarle plata al Estado durante su uso, incluso depreciando el valor del bien. El problema es que las formas en que los ejecutó muestran confusiones varias, riesgos innecesarios y una escasa o nula reflexión sobre si lo que se quiere hacer bien estaría bien hecho. Y eso deja de ser un problema personal para ser un problema de gobierno, y es una carencia que complica las cosas simples. Hay muchas cosas a rectificar y la causa no admite la menor demora.