Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de {}. Si ya formas parte de la comunidad, .

{# Opciones de Suscripción #} {# DESCOMENTAR AL IMPLEMENTAR: #} {# {% for n, m in this.getPaywallPlans('thinkindot', 'plans') %} {% if (m.tab == "all" or m.tab == "mensual") %} #}

{{m.shortDescription}}

{{m.title}} {{m.price}} mensual
{# {% endif %} {% endfor %} #} {# estos links no sé como se llenarian #}
Columna destacada

Los enemigos que tus amos te inventaron

Si defiendes a tu enemigo y consideras enemigo a quien te defiende, te lavaron el cerebro y la operación fue un éxito.

¿Por qué crees que Xi Jinping, Kim Jong-un y Vladimir Putin son terroristas belicosos a punto de apretar los botones rojos y desatar una guerra nuclear?

El Banco Mundial (que de comunista no tiene mucho) reconoce que desde 1978 China sacó de la pobreza extrema a casi 800 millones de personas. No 8 ni 80. 800 millones de personas. Sin embargo, vos creciste viendo a China, Rusia y Corea del Norte como regímenes opresivos y nadie te habla del “milagro chino”.

Ese milagro tiene una explicación: mientras Estados Unidos apostó a la guerra, China apostó a la tecnología, la industria, el comercio, la infraestructura y el desarrollo. Su modelo combina planificación estatal, empresas públicas y capitalismo de mercado bajo la dirección del Partido Comunista; y el resultado del crecimiento se vuelca en el pueblo, fin y razón de todo.

Donald Trump consiguió que sus aliados europeos y Canadá asumieran el compromiso de destinar hasta el 5 % de su PIB a defensa y seguridad; una exigencia que implica comprometer enormes recursos públicos durante la próxima década en una carrera armamentista demencial. China, en cambio, desarrolló una imponente maquinaria defensiva sin asfixiar a su pueblo.

¿No merece eso, por lo menos, un análisis serio, en lugar de repetir automáticamente que todo lo que viene de China es una amenaza?

¿De qué libertad hablamos?

“Pero allí no tienen libertad”, me han acotado algunos trabajadores de derecha, así que, pues bien: hablemos de libertad.

¿La libertad de América? ¿La libertad de morirse de hambre? ¿La libertad de los paraguayos de ir a llorar frente a las puertas del Ueno Bank, del grupo Vázquez, que los amigos del presidente Santiago Peña vaciaron?

¿La libertad de los jubilados y pensionistas argentinos de hacerse moler a palos por manifestar a favor de la maldita costumbre de pretender comer todos los días?

¿La libertad de los venezolanos de mirar mientras Estados Unidos derroca a su gobierno y les roba su petróleo?

¿La libertad de los hondureños de ver que quien decide qué presidente deben tener y qué narco deben venerar es Estados Unidos? ¿La libertad de los salvadoreños de ir presos por sus tatuajes o ser juzgados colectivamente? ¿La libertad de los colombianos de callar cuando el presidente Abelardo de la Espriella comienza a entregar la administración de las instituciones educativas a los privados y los programas educativos a las iglesias?

¿La libertad de que Meta decida por ti qué contenido debe ser viralizado y cuál bloqueado?

La libertad del continente americano es una farsa, tanto como el “acuerdo” firmado por Groenlandia para que Estados Unidos se haga cargo de su defensa; un acuerdo precedido por la amenaza de que terminarían aceptando por las buenas o por las otras.

En América, la vivienda propia es un lujo, un sueño que millones de trabajadores no alcanzarán jamás. En China es un derecho. En Uruguay es sólo una fantasía plasmada en el artículo 45 de la Constitución. El que vive pagando un alquiler carece de poder de ahorro; por lo tanto, su posibilidad de progresar es casi nula. ¿Qué libertad tiene el que vive al día?

¿Quiénes son los monstruos?

Ah, sí… Los chinos, rusos y norcoreanos son un peligro; pero dime qué gobierno en nuestro continente ha sido derrocado por estas potencias y en qué elecciones han intervenido. La respuesta es cero. ¿Por qué te aterran los chinos, norcoreanos, rusos y árabes cuando los verdaderos terroristas son los Gobiernos de Israel y Estados Unidos?

Estados Unidos ha intervenido militarmente en numerosos países, ha respaldado gobiernos autoritarios y ha protagonizado operaciones que contradicen su discurso de defensor universal de la democracia. Hollywood, entretanto, nos enseñó a identificar al héroe con la bandera estadounidense y al enemigo con cualquier bandera que se le oponga.

Te inyectaron un miedo irracional al comunismo. Te dijeron que si ganaba la izquierda se llevarían a tus hijos a Cuba, a Rusia o a China. Que te quitarían tu casa, que te sacarían los ahorros, que impondrían una dictadura.

Ese miedo fue utilizado para justificar persecuciones, proscripciones y golpes de Estado. En Uruguay, el 27 de junio de 1973, Juan María Bordaberry disolvió las cámaras y dio comienzo a la dictadura blanquicoloradamilitar. ¡Nos asustaron con una dictadura imaginaria y terminamos padeciendo una real!

Eso sí, todo edulcorado por medios como el diario El País y zambas como “Disculpe”, porque hasta la música es una herramienta útil para el lavado colectivo de cerebros.

Ya en el extremo del ridículo te vendieron la película de que Cuba es una amenaza. Pero mientras ese Estado tan peligroso envía médicos y maestros a varios países, Estados Unidos envía marines y naves de guerra.

Es todo tan surrealista que le dieron el Premio Nóbel de la Paz a una belicosa como María Corina Machado y la vendieron como una especie de Juana de Arco o madre Teresa; y ya en un verdadero atentado contra la inteligencia, la venezolana vendepatria se lo traspasó a Donald Trump.

Unicef informó el 7 de octubre de 2026 que más de 340 niñas y niños habían sido reportados muertos en Gaza desde el comienzo del alto el fuego de octubre de 2025. Además, contabilizaba al menos 21.700 niños muertos desde el inicio de la guerra, hasta el 30 de junio de 2026. Israel siempre usa los pactos de alto el fuego para que el enemigo baje la guardia y atacarlo.

Es monstruoso, pero dirigentes blancos como la senadora Graciela Bianchi te han convencido de que bombardear niñas y niños está bien porque debajo de sus escuelas y hospitales se esconden terroristas. Es tan irracional el argumento de la exdocente que no da ni para analizarlo. Su podredumbre moral se explica sola.

El producto mejor logrado de la oligarquía: el pobre de derecha

El lavado de cerebro no termina en la política internacional; también funciona en tu vida cotidiana. Te enseñaron a desconfiar de los sindicatos, aunque disfrutes de conquistas que costaron décadas de organización y sacrificio: la jornada de ocho horas, las vacaciones pagas, los aguinaldos, la seguridad social y los derechos laborales.

Muchos de esos compañeros que desprecias se comieron palos, balas, gaseadas y calabozo para que la situación de tu familia mejorara. Sin embargo, te convencieron de que los sindicatos son el problema. Que la culpa del conflicto en el puerto era de los trabajadores, no de los empresarios.

Te hablan del déficit fiscal y te dicen que hay que ajustar, y cuando hablan de ajustes se refieren a recortar la inversión social; pero jamás recortar los privilegios de los de arriba, porque, como dijo Luis Lacalle Pou, no hay que tocar a los malla oro, porque son los que nos van a sacar adelante cuando todo mejore. Pues bien, las cosas mejoraron; pero sólo para ellos, y el único derrame que sintieron varios trabajadores fue un derrame cerebral, porque el sistema de la derecha no busca una economía distributiva.

Blancos y colorados nos ponen a Paraguay como ejemplo, porque compite con nosotros en atracción de inversores gracias a bajos impuestos y mano de obra barata. Además, cualquier abuso empresarial contra la ley, los trabajadores o el medio ambiente, se soluciona fácilmente con una coima, porque Paraguay es el país más corrupto del que tenga conocimiento.

¿Realmente queremos competir paraguayisando nuestra economía, o queremos una sociedad que compita mediante educación, tecnología, productividad y mejores salarios? No confundamos el crecimiento de la riqueza con su distribución. Un país puede producir más y, sin embargo, dejar atrás a millones de personas para beneficiar a un puñado de poderosos.

El mecanismo para instalar estas ideas es antiguo: medios de comunicación, discursos políticos, determinadas instituciones religiosas y tradiciones utilizadas como herramientas de poder. Y hay tres palabras que suelen aparecer juntas: patria, familia y propiedad.

La patria es de todos, no solamente de quienes tienen apellidos ilustres, grandes propiedades o cuentas bancarias. La propiedad privada merece protección jurídica, pero eso no significa que debamos renunciar a preguntar cómo se construyeron las grandes fortunas, cómo se distribuye la riqueza y quiénes se benefician de las reglas económicas.

Y la familia merece respeto, pero no puede ser una institución de sometimiento, donde el hombre mande y la mujer obedezca, donde la autoridad se imponga a gritos o golpes del macho dominante y a ese energúmeno se le llame guapo. Guapo es el que protege a su familia, no el que la agrede y aterroriza.

En una pareja, si hay amor, ninguno manda. Los dos obedecen.

No es casualidad que la violencia doméstica no forme parte de los discursos de campaña de la derecha.

La información no es sólo un derecho: es una obligación

Muchas personas que no tienen propiedades importantes, que viven de un salario y llegan con dificultad a fin de mes, terminan defendiendo como propios los intereses de quienes concentran la riqueza. Un trabajador que no conoce la historia de sus derechos puede terminar combatiendo a quienes lo defienden y defendiendo a quienes lo exprimen.

Las familias nacionalistas quieren mano de obra barata, como en Paraguay, y eso es lo que defiende el Partido Nacional, fiel representante de la oligarquía. Es increíble que haya trabajadores que voten a este partido. Recuerdo a Luis Lacalle Pou argumentando en contra de la Ley de Ocho Horas para los trabajadores rurales. Pues, creer o reventar, hay peones que lo votan.

El Frente Amplio, durante su primer gobierno, aprobó en 2006 la Ley 18.065 de Trabajo Doméstico, que reconoció derechos laborales históricamente negados a miles de trabajadoras: jornada máxima de ocho horas, descanso semanal, salario mínimo, seguridad social, indemnización por despido y derecho a la negociación colectiva. Fue un avance histórico en materia de justicia social: el trabajo doméstico dejó de ser una actividad prácticamente desprotegida y sus trabajadoras comenzaron a tener derechos laborales reconocidos, como cualquier otro trabajador.

Increíblemente, muchas fueron las empleadas domésticas que votaron a Luis, o sea al Partido Nacional, o sea, a favor de los intereses de las familias que toda su vida las mantuvieron sometidas.

Necesitamos cambiar de urgencia este modelo y hablarle a la gente de una revolución justa, necesaria e impostergable. Pacífica, claro está. No hablamos de una revolución de fusiles, sino de mentes y corazones.

Si todos los de abajo comprendieran la importancia de informarse, otro gallo cantaría.

La información no es solo un derecho; es una obligación. El día que los trabajadores comprendan que su mayor poder no está en lo que poseen, sino en su capacidad de organizarse, informarse y decidir, muchas cosas empezarán a cambiar.

La primera revolución que necesitamos es la de las ideas; porque quien no piensa por sí mismo termina viviendo y luchando por las ideas de otros.

Más Leídas

Seguí Leyendo